porque esperan divertirse, es prueba de que en realidad no tienen ningún impulso interior por aprender.
Es totalmente diferente con el modo escrito de expresión humana. Nadie, a menos que esté intensamente interesado en las ideas progresistas, se molestará con libros serios. Eso me lleva a otro descubrimiento hecho después de muchos años de actividad pública.
Es este: A pesar de todas las pretensiones de la educación, el alumno aceptará solo aquello que su mente anhela. Esta verdad ya es reconocida por la mayoría de los educadores modernos en relación con la mente inmadura. Pienso que es igualmente verdad respecto al adulto.
Los anarquistas o revolucionarios no se pueden hacer más que los músicos. Todo lo que se puede hacer es sembrar las semillas del pensamiento. Si algo vital se desarrollará depende en gran medida de la fertilidad del suelo humano, aunque no se debe pasar por alto la calidad de la semilla intelectual.
En las reuniones, el público se distrae con mil elementos secundarios.
El orador, por muy elocuente que sea, no puede escapar a la inquietud de la multitud, con el inevitable resultado de que no logrará echar raíces. Con toda probabilidad, ni siquiera le hará justicia a su propia capacidad.
La relación entre el escritor y el lector es más íntima.
Es verdad, los libros son solo lo que queremos que sean; más bien, lo que leemos en ellos. El hecho de que podamos hacerlo demuestra la importancia de la expresión escrita frente a la oral. Es esta certeza la que me ha impulsado a reunir en un solo volumen mis ideas sobre diversos temas de importancia individual y social. Representan las luchas mentales y espirituales de veintiún años —las conclusiones obtenidas tras muchos cambios y revisiones internas—.