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nydus/Anarchism and Other EssaysPublic
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MINORÍAS VERSUS MAYORÍAS

Si tuviera que dar un resumen de la tendencia de nuestros tiempos, diría: la Cantidad. La multitud, el espíritu de masas, domina en todas partes, destruyendo la calidad. Toda nuestra vida —la producción, la política y la educación— descansa sobre la cantidad, sobre los números.

El trabajador que antes se enorgullecía de la esmero y calidad de su labor ha sido reemplazado por autómatas carentes de cerebro e incompetentes, que producen enormes cantidades de cosas, sin valor para ellos mismos y por lo general perjudiciales para el resto de la humanidad. Así, la cantidad, en vez de aumentar las comodidades y la paz de la vida, no ha hecho más que incrementar la carga del hombre.

En la política, no cuenta más que la cantidad. En proporción a su incremento, sin embargo, los principios, los ideales, la justicia y la rectitud quedan completamente anegados por la masa de los números.

En la lucha por la supremacía, los diversos partidos políticos se superan unos a otros en tretas, engaños, astucia y turbias maquinaciones, confiados en que aquel que triunfe será a buen seguro aclamado por la mayoría como el vencedor. Ese es el único dios: el Éxito. A qué precio, a qué terrible coste para el carácter, carece de importancia. No tenemos que ir muy lejos en busca de pruebas que corroboren esta triste realidad.

Never before did the corruption, the complete rottenness of our government stand so thoroughly exposed; never before were the American people brought face to face with the Judas nature of that political body, which has claimed for years to be absolutely beyond reproach, as the mainstay of our institutions, the true protector of the rights and liberties of the people.

Yet when the crimes of that party became so brazen that even the blind could see them, it needed but to muster up its minions, and its supremacy was assured.

Thus the very victims, duped, betrayed, outraged a hundred times, decided, not against, but in favor of the victor.

Bewildered, the few asked how could the majority betray the traditions of American liberty? Where was its judgment, its reasoning capacity? That is just it, the majority cannot reason; it has no judgment.

Lacking utterly in originality and moral courage, the majority has always placed its destiny in the hands of others. Incapable of standing responsibilities, it has followed its leaders even unto destruction. Dr. Stockman was right: "The most dangerous enemies of truth and justice in our midst are the compact majorities, the damned compact majority."

Without ambition or initiative, the compact mass hates nothing so much as innovation. It has always opposed, condemned, and hounded the innovator, the pioneer of a new truth.

El eslogan que se repite con frecuencia en nuestra época, entre todos los políticos, socialistas incluidos, es que la nuestra es una era de individualismo, de la minoría. Solo aquellos que no escrutan bajo la superficie pueden dejarse llevar por esta opinión.

¿Acaso los pocos no han acumulado la riqueza del mundo? ¿No son los amos, los reyes absolutos de la situación?

Su éxito, sin embargo, no se debe al individualismo, sino a la inercia, la cobardía, la sumisión absoluta de la masa. Esta última solo quiere ser dominada, ser guiada, ser coaccionada.

En cuanto al individualismo, en ningún momento de la historia humana ha tenido menos posibilidades de expresión, menos oportunidades de afirmarse de manera normal y saludable.

El educador individual imbuido de honestidad en sus propósitos, el artista o escritor de ideas originales, el científico o explorador independiente, los pioneros intransigentes de los cambios sociales son acorralados a diario por hombres cuyo saber y capacidad creativa se han vuelto decrépitos con la edad.

Los educadores del tipo de Ferrer no son tolerados en ninguna parte, mientras que los dietistas de alimento predigerido, al estilo de los profesores Eliot y Butler, son los exitosos perpetuadores de una era de don nadie, de autómatas.

En el mundo literario y dramático, los Humphrey Ward y los Clyde Fitch son los ídolos de las masas, mientras que muy pocos conocen o aprecian la belleza y el genio de un Emerson, un Thoreau, un Whitman; de un Ibsen, un Hauptmann, un Butler Yeats o un Stephen Phillips. Son como estrellas solitarias, mucho más allá del horizonte de la multitud.

Los editores, los empresarios teatrales y los críticos no piden la calidad inherente al arte creativo, sino: ¿se venderá bien?, ¿se adaptará al paladar del pueblo?

Ay, este paladar es como un vertedero; saborea cualquier cosa que no requiera masticación mental.

Como resultado, lo mediocre, lo ordinario, lo corriente representa la principal producción literaria.

¿Hace falta decir que en el arte nos enfrentamos a los mismos tristes hechos?

No hay más que inspeccionar nuestros parques y vías públicas para percatarse de la atrocidad y la vulgaridad de la producción artística industrial. Ciertamente, solo el gusto de las mayorías toleraría semejante ultraje al arte. Falsa en su concepción y bárbara en su ejecución, la estatuaria que infesta las ciudades americanas guarda tanta relación con el verdadero arte como un tótem con un Miguel Ángel.

Sin embargo, ese es el único arte que triunfa. El verdadero genio artístico, el que no se rebaja a complacer las nociones aceptadas, el que ejerce la originalidad y se esfuerza por ser fiel a la vida, lleva una existencia oscura y desgraciada. Su obra puede convertirse algún día en la moda pasajera de la muchedumbre, pero no hasta que la sangre de su corazón se haya agotado; no hasta que el pionero haya dejado de existir y una turba carente de ideales y de visión haya dado muerte al legado del maestro.

Se dice que el artista de hoy no puede crear porque, a la manera de Prometeo, está encadenado a la roca de la necesidad económica.

Esto, sin embargo, es verdad respecto al arte en todas las épocas. Miguel Ángel dependía de su santo patrón no menos que el escultor o el pintor de hoy, salvo que los mecenas del arte de aquellos días estaban muy lejos del mundanal ruido. Se sentían honrados de que se les permitiera adorar en el santuario del maestro.

El protector del arte de nuestro tiempo conoce un solo criterio, un solo valor: el dólar. No le preocupa la calidad de ninguna gran obra, sino la cantidad de dólares que su compra implica.

Así, el financista en LES AFFAIRES SONT LES AFFAIRES de Mirbeau señala una disposición desdibujada de colores diciendo: «Mira qué gran obra; costó 50 000 francos». Justo como nuestros propios parvenus. Las cifras fabulosas pagadas por sus grandes descubrimientos artísticos deben compensar la pobreza de su gusto.

The most unpardonable sin in society is independence of thought.

That this should be so terribly apparent in a country whose symbol is democracy, is very significant of the tremendous power of the majority.

Wendell Phillips dijo hace cincuenta años:

"En nuestro país de absoluta igualdad democrática, la opinión pública no solo es omnipotente, sino omnipresente. No hay refugio contra su tiranía, no hay escondite que alcance su alcance, y el resultado es que si tomas la vieja linterna griega y vas a buscar entre cien, no encontrarás un solo estadounidense que no tenga, o que al menos se imagine que tiene, algo que ganar o perder en su ambición, su vida social o sus negocios, a partir de la buena opinión y los votos de quienes lo rodean. Y la consecuencia es que, en vez de ser una masa de individuos, cada uno soltando sin miedo su propia convicción, como nación en comparación con otras naciones somos una masa de cobardes. Más que cualquier otro pueblo, nos tememos los unos a los otros".

Evidentemente, no hemos avanzado mucho desde la condición a la que se enfrentó Wendell Phillips.

Hoy, como entonces, la opinión pública es el tirano omnipresente; hoy, como entonces, la mayoría representa a una masa de cobardes, dispuesta a aceptar aquel que refleja su propia pobreza de alma y mente. Eso explica el surgimiento sin precedentes de un hombre como Roosevelt. Él encarna el peor elemento de la psicología de masas. Político al fin, sabe que a la mayoría le importan poco los ideales o la integridad. Lo que anhela es el espectáculo. No importa si se trata de una exposición canina, una pelea de boxeo, el linchamiento de un «negro», la redada de algún delincuente de poca monta, la exposición matrimonial de una heredera, o las piruetas acrobáticas de un expresidente. Cuanto más espantosas sean las contorsiones mentales, mayor será el deleite y los bravos de la masa. Así, pobre en ideales y vulgar de alma, Roosevelt sigue siendo el hombre del momento.

On the other hand, men towering high above such political pygmies, men of refinement, of culture, of ability, are jeered into silence as mollycoddles. It is absurd to claim that ours is the era of individualism.

Ours is merely a more poignant repetition of the phenomenon of all history: every effort for progress, for enlightenment, for science, for religious, political, and economic liberty, emanates from the minority, and not from the mass. Today, as ever, the few are misunderstood, hounded, imprisoned, tortured, and killed.

El principio de fraternidad expuesto por el agitador de Nazaret conservó el germen de vida, de verdad y de justicia, en tanto fue la luz de los pocos.

En el momento en que la mayoría se apoderó de él, ese gran principio se convirtió en un shibboleth y en un presagio de sangre y fuego, propagando el sufrimiento y el desastre.

El ataque a la omnipotencia de Roma fue como una salida de sol en medio de la oscuridad de la noche, solo en tanto fue realizado por las figuras colosales de un Hus, un Calvino o un Lutero. Sin embargo, cuando la masa se sumó a la procesión contra el monstruo católico, no fue menos cruel ni menos sanguinaria que su enemiga. ¡Ay de los herejes, de la minoría, que no quisieran inclinarse ante sus dictados!

Tras un celo, una resistencia y un sacrificio infinitos, la mente humana está por fin libre del fantasma religioso; la minoría ha seguido adelante en busca de nuevas conquistas, y la mayoría se va quedando atrás, lastrada por una verdad envejecida que se ha vuelto falsa.

Políticamente, la raza humana estaría todavía en la más absoluta esclavitud, de no ser por los John Ball, los Wat Tyler, los Tell, los innumerables gigantes individuales que lucharon palmo a palmo contra el poder de reyes y tiranos.

De no haber sido por los pioneros individuales, el mundo nunca se habría visto sacudido hasta sus cimientos por esa tremenda ola que fue la Revolución Francesa. Los grandes acontecimientos suelen estar precedidos por cosas aparentemente pequeñas. Así, la elocuencia y el fuego de Camille Desmoulins fueron como la trompeta ante Jericó, que redujo a escombros ese emblema de tortura, de abuso, de horror: la Bastilla.

Siempre, en todos los períodos, unos pocos han sido los abanderados de una gran idea, de un esfuerzo liberador. No así la masa, cuyo peso de plomo no la deja avanzar.

La verdad de esto se confirma en Rusia con mayor fuerza que en ninguna otra parte. Miles de vidas ya han sido consumidas por ese sangriento régimen, y sin embargo, el monstruo en el trono no se sacia.

¿Cómo es posible tal cosa cuando las ideas, la cultura, la literatura, cuando las emociones más profundas y nobles gimen bajo el yugo de hierro? La mayoría, esa masa compacta, inmóvil y adormecida, el campesino ruso, después de un siglo de lucha, de sacrificio, de indescriptible miseria, todavía cree que la cuerda que estrangula a «el hombre de las manos blancas»1 trae buena suerte.

En la lucha estadounidense por la libertad, la mayoría no fue un obstáculo menor. Hasta el día de hoy, las ideas de Jefferson, de Patrick Henry, de Thomas Paine, son negadas y vendidas por su posteridad. Las masas no quieren saber nada de ellas.

La grandeza y el valor venerados en Lincoln han sido olvidados en los hombres que crearon el trasfondo para el panorama de aquella época. Los verdaderos santos patronos de los hombres de raza negra estuvieron representados en ese puñado de luchadores en Boston: Lloyd Garrison, Wendell Phillips, Thoreau, Margaret Fuller y Theodore Parker, cuyo gran valor y firmeza culminaron en ese gigante sombrío, John Brown.

Su celo incansable, su elocuencia y perseverancia socavaron la fortaleza de los señores sureños. Lincoln y sus secuaces solo los siguieron cuando la abolición se hubo convertido en un asunto práctico, reconocido como tal por todos.

Hace unos cincuenta años, una idea semejante a un meteoro hizo su aparición en el horizonte social del mundo, una idea tan de largo alcance, tan revolucionaria, tan abarcadora que sembró el terror en los corazones de los tiranos de todas partes.

Por otra parte, esa idea fue un presagio de alegría, de júbilo, de esperanza para los millones. Los pioneros conocían las dificultades en su camino, conocían la oposición, la persecución, las penurias que les saldrían al encuentro, pero orgullosos y sin miedo emprendieron su marcha hacia adelante, siempre hacia adelante.

Ahora esa idea se ha convertido en una consigna popular. Casi todo el mundo es socialista hoy:

  • el hombre rico, así como su pobre víctima;
  • los defensores de la ley y la autoridad, así como sus desafortunados culpables;
  • el librepensador, así como el perpetuador de las falsedades religiosas;
  • la dama elegante, así como la obrera textil.

¿Por qué no? Ahora que la verdad de hace cincuenta años se ha convertido en mentira, ahora que ha sido despojada de toda su imaginación juvenil, y ha sido privada de su vigor, de su fuerza, de su ideal revolucionario, ¿por qué no? Ahora que ya no es una bella visión, sino un «plan práctico y viable», que descansa en la voluntad de la mayoría, ¿por qué no?

Con la misma astucia y agudeza políticas, a la masa se la adula, se la malimaña, se la engaña a diario. Se canta su alabanza en muchas tonalidades: la pobre mayoría, la ultrajada, la maltratada, la mayoría gigante, con tal de que nos siga.

¿Quién no ha oído antes esta letanía? ¿Quién no conoce este estribillo invariable de todos los políticos?

Que la masa sangra, que es robada y explotada, lo sé tan bien como nuestros buscadores de votos. Pero insisto en que no es el puñado de parásitos, sino la masa misma la que es responsable de este horrible estado de cosas. Se aferra a sus amos, ama el látigo y es la primera en gritar ¡Crucifícale! en cuanto se alza una voz de protesta contra la santidad de la autoridad capitalista o cualquier otra institución carcomida.

Sin embargo, ¿cuánto tiempo existirían la autoridad y la propiedad privada si no fuera por la disposición de la masa a convertirse en soldados, policías, carceleros y verdugos?

Los demagogos socialistas lo saben tan bien como yo, pero sostienen el mito de las virtudes de la mayoría, porque su propio plan de vida implica la perpetuación del poder. ¿Y cómo podría adquirirse este último sin números?

Sí, el poder, la autoridad, la coerción y la dependencia descansan en la masa, pero nunca la libertad, nunca el libre desarrollo del individuo, nunca el nacimiento de una sociedad libre.

No porque no sienta empatía por los oprimidos, los desheredados de la tierra; no porque no conozca la vergüenza, el horror, la indignidad de las vidas que lleva la gente, repudio a la mayoría como fuerza creadora para el bien. ¡Oh, no, no! Sino porque sé muy bien que como masa compacta nunca ha defendido la justicia ni la igualdad. Ha reprimido la voz humana, domeñado el espíritu humano, encadenado el cuerpo humano. Como masa, su objetivo siempre ha sido hacer la vida uniforme, gris y monótona como el desierto. Como masa, será siempre la aniquiladora de la individualidad, de la libre iniciativa, de la originalidad. Por ello creo, junto con Emerson, que «las masas son crudas, cojas, perniciosas en sus demandas e influencia, y no necesitan ser aduladas, sino aleccionadas. No deseo cederles nada, sino adiestrarlas, dividirlas y desmembrarlas, y extraer de ellas a los individuos. ¡Las masas! La calamidad son las masas. No deseo ninguna masa en absoluto, sino únicamente hombres honrados, mujeres encantadoras, dulces y consumadas».

En otras palabras, la verdad viva y vital del bienestar social y económico se convertirá en realidad únicamente a través del celo, el valor y la determinación implacable de minorías inteligentes, y no a través de las masas.

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