personajes, por lo cual le regalaron una medalla de oro y un diploma de mérito. La medalla… bueno, la medalla por supuesto se vendió hace tiempo, hm…, pero el diploma de mérito sigue en su baúl y no hace mucho se lo enseñó a nuestra patrona. Y aunque está casi siempre enemistada con la patrona, aun así quería hablarle a alguien de sus honores pasados y de los días felices que ya se fueron. No la condeno por ello, no la culpo, pues lo único que le queda es el recuerdo del pasado, y todo lo demás es polvo y ceniza. Sí, sí, es una mujer de carácter, orgullosa y resuelta. Ella misma friega los suelos y no come más que pan negro, pero no consiente que le falten al respeto. Por eso no quiso pasar por alto la grosería que le dirigió el señor Lebeziátnikov, y así, cuando este le dio una paliza por ello, guardó cama más por la ofensa a sus sentimientos que por los golpes.
Era viuda cuando me casé con ella, con tres hijos, uno más pequeño que el otro. Se había casado con su primer marido, un oficial de infantería, por amor, y se había fugado con él de la casa de su padre. Amaba muchísimo a su marido; pero él se aficionó a las cartas, se metió en líos y con eso murió. Al final solía pegarle; y aunque ella le devolvía los golpes, de lo cual tengo pruebas documentales fidedignas, hasta el día de hoy habla de él entre lágrimas y me lo echa en cara; y me alegro, me alegro de que, aunque solo sea en su imaginación, se considere a sí misma como alguien que alguna vez fue feliz. … Y a su muerte se quedó con tres hijos en una región salvaje y remota donde yo me encontraba por entonces; y se quedó en una pobreza tan desesperada que, aunque he visto altibajos de todas clases, ni siquiera me siento capaz de describirla. Sus parientes le habían dado todos la espalda. Y era orgullosa también, excesivamente orgullosa. … Y entonces, honrado señor, y entonces yo, que por entonces era viudo, con una hija de catorce años que me había dejado mi primera