Por momentos sentía que deliraba. Se hundió en un estado de fiebre y excitación.
«La vieja no tiene ninguna importancia —pensaba, con ardor y de forma inconexa—. ¡La vieja fue un error tal vez, pero no es eso lo que importa! La vieja fue solo una enfermedad… ¡Tuve prisa por traspasar el límite…! ¡No maté a un ser humano, sino a un principio! ¡Maté el principio, pero no traspasé el límite, me quedé de este lado…! Solo fui capaz de matar. Y, al parecer, ni siquiera de eso…
¿Principio? ¿Por qué insultaba a los socialistas ese tonto de Razumijin? Son personas trabajadoras, mercantiles; «la felicidad de todos» es su causa. No, la vida solo me es dada una vez y no la volveré a tener; no quiero esperar a «la felicidad de todos». Quiero vivir yo mismo, o más bien no vivir en absoluto. Sencillamente no podía pasar de largo viendo a mi madre pasar hambre, guardándome el rubí en el bolsillo mientras esperaba «la felicidad de todos». Estoy poniendo mi pequeño ladrillo para la felicidad de todos y así mi corazón está en paz. ¡Ja, ja! ¿Por qué me habéis dejado escapar? Yo solo vivo una vez, yo también quiero. …
—Bah, soy un piojo estético y nada más —añadió de pronto, riendo como un loco—. Sí, indudablemente soy un piojo —prosiguió, aferrándose a la idea, recreándose en ella y jugando con ella con un placer vengativo—. En primer lugar, porque soy capaz de razonar que lo soy; y en segundo lugar, porque desde hace un mes llevo molestando a la benévola Providencia, poniéndola por testigo de que no emprendí esto