# CONCEPTO Y CONDUCTA
Un cirujano le comentó una vez al autor que entre sus colegas profesionales había notado una conciencia cada vez mayor de lo invisible.
Esto, según afirmaba, se manifestaba en el hecho de que los jóvenes educados desde el surgimiento de la ciencia bacteriológica eran más minuciosos en lo que respecta a la limpieza personal extrema y la esterilización de sus instrumentos que los cirujanos de más edad y a menudo más expertos, cuyos hábitos en estas cuestiones se habían formado antes de que se agudizara la conciencia general de una amenaza invisible.
Esta anécdota ilustra bien la reacción inconsciente de los nuevos conceptos sobre la conducta.
La preocupación por los problemas de la hiperdimensionalidad del espacio no puede dejar de producir cambios profundos en nuestra perspectiva ética de la vida y en nuestra actitud hacia nuestros semejantes. La naturaleza de estos cambios no es difícil de prever.
Aunque el pensamiento de orden superior pone crudamente de manifiesto nuestras limitaciones, conduce sin embargo a la percepción de que esas mismas limitaciones son facultades reprimidas. De este modo nos proporciona un método viable mediante el cual podemos adentrarnos en ese mundo trascendental del que atisbamos tantas perspectivas. Este método consiste primero en tomar conciencia de una limitación, y luego en forzarnos a dramatizar la experiencia que sería la nuestra si la limitación no nos afectara. Descubrimos entonces en nosotros una facultad para trascender la limitación, y al poco tiempo llegamos a vivir en el nuevo modo con la misma facilidad que en el antiguo. El pensamiento, consciente de sus propias limitaciones, conduce a la Nueva Libertad. «¡Conviértete en lo que eres!» es la máxima grabada en el dintel de este nuevo Templo de Iniciación.
DESINTERÉS
La especulación en espacios superiores es una educación en el altruismo, pues exige la eliminación de lo que Hinton denomina elementos propios de la observación. El movimiento diurno del sol es un ejemplo de elemento propio: no tiene nada que ver con el sol y sí todo que ver con el observador.
El sistema ptolemaico fundado sobre esta ilusión atiranizó la mente humana durante siglos, pero quién sabe de cuántas otras ilusiones seguimos siendo víctimas —pues lo peor de un elemento propio es que nunca se sospecha su presencia hasta que se le erradica—.
La Teoría de la Relatividad nos presenta un esfuerzo por librarnos del elemento propio en lo que respecta al espacio y al tiempo. Un hombre egocéntrico no puede hacerle plena justicia a esta teoría: exige de la mente un cierto desapego, y la idea se vuelve clara en la medida en que se alcanza dicho desapego, este altruismo.
De modo que, aunque sería demasiado afirmar que el pensamiento superior vuelve desinteresados a los hombres, al menos agrieta la dura capa en la que habita su egoísmo. Si un hombre se disciplina para abdicar de su punto de vista personal al pensar en el mundo en el que vive, facilita una actitud semejante con respecto a sus semejantes.
# HUMILDAD
Uno de los primeros efectos del pensamiento desinteresado es el exorcismo de toda arrogancia. El esfuerzo por dramatizar la relación de una lombriz de tierra con su entorno nos hace reconocer que su apuro es el nuestro, que solo difiere en grado. Nos estamos ejercitando en la humildad y la mansedumbre, pero de una clase que conduce a un dominio que bien puede hacer que los mansos hereden la tierra.
Hinton era en sí mismo un hombre tan manso que su deseo no se elevaba a la altura de esperar o buscar lo bello o lo bueno: simplemente pedía algo que conocer. Desesperaba de conocer algo de manera definitiva y cierta, excepto las disposiciones en el espacio. Tenemos su testimonio de cuán abundantemente fue satisfecho este hambre y sed de ese conocimiento correcto que es la rectitud.
"Todo lo que quiero hacer —dice— es dar este humilde comienzo de conocimiento y mostrar cuán inevitablemente, por la devoción a él, conduce a verdades maravillosas y muy lejanas, y cuán, por caminos extraños, conduce directamente a la presencia de algunas de las más altas concepciones que las grandes mentes nos han dado".
Aquí habla el hombre bienaventurado a quien se refiere el salmista: «Cuyo deleite está en la ley del Señor, y en su ley medita de día y de noche».
Abandonando una vana búsqueda de abstracciones, y aplicando su sencilla fórmula a la vida, Hinton descubrió que esta le permitía expresar la fe de su corazón en términos conformes a la razón; que conducía de regreso a las enseñanzas de todo instructor e inspirador espiritual de la humanidad, y las iluminaba.
SOLIDARIDAD
Que todos somos miembros de un solo cuerpo, ramas de una misma vid, es una cuestión de fe y de sentimiento; pero con el primer uso del arma del pensamiento superior, la paradoja de lo uno y lo múltiple es susceptible de una resolución tan clara y sencilla que la sublime idea de la solidaridad humana es descendida desde el cielo nebuloso del místico hasta la tierra de la vida cotidiana.
Para nuestro pensamiento espacial ordinario, los hombres están aislados, son distintos, cada uno «una partícula infinitamente repelente», pero concebimos el espacio de manera demasiado estrecha. La visión más amplia admite la idea de que los hombres están relacionados en virtud de una unión superior, de que su aislamiento no es más que un asunto de conciencia limitada.
Aplicando este concepto a la conducta, llegamos a discernir una verdad literal en las palabras del Maestro: «Quien lo haya hecho a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo ha hecho», y «Donde dos o tres están congregados en mi nombre».
Si concebimos a cada individuo como una «rebanada» o sección transversal de un ser superior, cada fragmento aislado por una inhibición de la conciencia que está empeñado en trascender momento a momento, el sacrificio del Logos adquiere un nuevo significado. Esta disyunción en millones de seres humanos se debe a que cada uno puede realizar a Dios en sí mismo. Concebiendo a la humanidad como el cuerpo partido de Dios, nos vemos impulsados a hacer la paz entre sus miembros, y mediante la realización nos convertimos en los Hijos de Dios.
# VIVE ABIERTAMENTE
"Bienaventurados los mansos", "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia". "Bienaventurados los pacificadores."
No sería imposible trazar una relación entre el pensamiento del espacio superior y las otras bienaventuranzas también, pero bastará con simplemente señalar el hecho de que la enseñanza central y esencial del Sermón del Monte, «Alumbrue vuestra luz delante de los hombres», está implícita en la convicción de todo aquel que piensa en el espacio superior: debe vivir abiertamente.
Al morar continuamente en la difícil situación del hombre plano, desnudo, por decirlo así, ante la observación de un ojo que mira hacia abajo sobre su plano, llegamos a comprender nuestra propia exposición. En ese gran mundo todo lo que pensamos, hacemos o imaginamos queda abierto, palpable; no existe tal cosa como el secreto. Imbuidos de esta idea, comenzamos a vivir abiertamente porque debemos hacerlo; pero pronto llegamos a hacerlo porque lo deseamos.
Al hacer que nuestras vidas limitadas sean abiertas y manifiestas las unas para las otras, nos tratamos mutuamente al servicio de la verdad como si todos fuéramos miembros de ese mundo superior. Imitamos, en nuestro mundo, nuestra existencia verdadera en un mundo superior, y así ayudamos a establecer condiciones celestiales sobre la tierra.
# NO RESISTENCIA AL MAL
El problema de la fealdad y del mal parecería a primera vista no tener relación alguna con el tema de la hiperdimensionalidad del espacio, pero existe al menos una relación simbólica.
Esto le fue sugerido al autor por el empeño de dos amigos cuyos intereses eran eminentemente matemáticos en descubrir qué aspecto tendrían ciertas figuras tetradimensionales en el espacio tridimensional. Descubrieron que en un gran número de casos estas secciones transversales, al ser aisladas de este modo, revelaban poco de la simetría y la belleza de sus arquetipos de dimensiones superiores.
Es evidente que una forma bella de nuestro mundo, al atravesar un plano, no mostraría nada de su belleza al habitante del plano, a quien le faltaría la capacidad de percibirla en su totalidad; pues el sentido de la belleza es en gran medida una cuestión de coordinación. Damos los nombres de mal, azar, destino, fealdad, a aquellos aspectos de la vida y del mundo que no logramos percibir en sus verdaderas relaciones, respecto de los cuales nuestra capacidad de correlación se desmorona.
Sin embargo, a menudo descubrimos que, a la luz de un conocimiento más pleno o de una experiencia posterior, la fortuna que parecía mala era en realidad buena fortuna en gestación, que el acto o el encuentro casual era demasiado trascendental en sus consecuencias como para ser considerado otra cosa que no fuera decretado.
El elemento del ego desempeña un papel importante en nuestra idea del bien y del mal, de la fealdad y de la belleza.
"Todas las cosas son tal como a todos se nos aparecen".
El deseo por una mujer la hará hermosa, y el miedo ejercerá una inhibición absoluta sobre el sentido estético. A medida que nos alejamos en el tiempo de los acontecimientos, estos se emancipan cada vez más de la tiranía de nuestros prejuicios y predilecciones personales, y somos capaces de percibirlos con mayor claridad, más tal como se presentan desde el punto de vista de un tiempo superior y un espacio superior.
«Cosas viejas, tristes, lejanas, y batallas de antaño» pierden su agudeza de dolor y adquieren la agudeza de la belleza. El recuerdo del sufrimiento padecido es a menudo lo último de lo que querríamos prescindir, mientras que estamos muy dispuestos a olvidar la felicidad rutinaria.
Dado que comprendemos plenamente solo en retrospectiva, bien puede ser que el presente exista principalmente en aras del futuro. ¡Dejad entonces que los días lleguen con el rostro velado, aceptad sus dones, cuyo valor somos tan poco capaces de tasar!
Hay una verdad profunda y práctica en el dicho de Cristo: "No resistáis al mal". Honrad esta verdad mediante su uso, y dad la bienvenida al destino por muy siniestro que sea su disfraz.
# LO DIVINO INMANENTE
En el hecho de la naturaleza limitada de nuestras percepciones del espacio se halla un eslabón de conexión entre el materialismo y el idealismo. Pues, adentrándonos cada vez más en nuestra observación del mundo material, aquello que al principio sentimos como real se desvanece para convertirse tan solo en el signo exterior de una realidad infinitamente mayor, de la cual nuestras realidades son meras apariencias, y llegamos a convencernos de la existencia de un divino inmanente.
"En Él vivimos, nos movemos y somos."
Nuestro espacio no es más que una limitación de un "espacio para moverse" infinito: "En la casa de mi Padre muchas moradas hay."
Nuestro tiempo no es más que una limitación de la duración infinita: "Antes que Abraham fuese, yo soy."
Nuestro sentido del espacio es la conciencia de que moramos en Él; nuestro sentido del tiempo es la conciencia de que Él mora en nosotros. Ambos son modos de aprehensión de la divinidad: modos que crecen y se expanden. Al concebir un espacio de más de tres dimensiones demostramos que nuestra relación con Dios no es estática, sino dinámica.
Cristo le dijo al paralítico: "Levántate, toma tu lecho y anda". El estrecho concepto del espacio tridimensional es un lecho en el que la mente humana ha yacido tanto tiempo que ha llegado por fin a tornarse inanimada. La voz divina nos vuelve a llamar para demostrar que estamos vivos. Pensando en términos de lo superior, salimos de la tumba del materialismo hacia la luz del sol de ese idealismo cuerdo y vivificante que es el de Cristo.