Era un problema complejo el que así quedaba resuelto, pues el señor Rogers sabía muy bien que sería inútil intentar vender grandes cantidades de Amalgamated sin que yo lo descubriera, y no se atrevía a pedirme que participara en su complot sin incluir mis propias acciones. Cuando vio que yo tenía la intención de defender a mi criatura, y que aun así estaba tan ansioso por pasar a la segunda sección como para acceder a los deseos del señor Rockefeller, comprendió que la situación era ideal para sus propósitos.
—Déjeme echar un vistazo a esa lista de suscripciones —dije—; y abrí el libro, pues libro era en realidad.
Mis lectores podrán suponer cuán intenso era mi interés en examinar los resultados de mi trabajo. Esta gran pila de hojas de banco ante mí era la lista oficial de la suscripción, cosida en diecisiete secciones de veinte páginas cada una; veintiocho nombres, con ciudad, Estado, direcciones de número de calle y cantidades suscritas por página, todo en tinta y a mano.
—Más vale que se los lleve al hotel y repase bien los nombres y las cantidades —terció el señor Rogers—. Desde luego es una tarea larga, pero es algo que tendrá que afrontar tarde o temprano, y cuanto antes, mejor.
He aquí el eslabón perdido de mi cadena de pruebas, entregado directamente en mis manos sin una sola palabra de persuasión o adulación. La Providencia jugó esa baza por mí con toda seguridad. Oculté mi júbilo charlando a voz en grito y sin parar:
"Tendré que trabajar mucho en esto, enviando circulares y qué sé yo. Habría sido mejor tenerlo a máquina, pero supongo que Stillman no se atrevió a confiárselo a los dactilógrafos. De todos modos, puedo repartir las diecisiete secciones entre diferentes personas y ninguna sabrá la historia completa. Lo guardaré en Boston con los otros papeles, y... ¡vaya!, ¿qué es esto?"