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Capítulo I: Teoría del mundo y partido

CAPÍTULO I

CONCEPCIÓN DEL MUNDO Y PARTIDO

ESTABA claro que el nuevo Movimiento no podía esperar alcanzar la importancia y la fuerza requeridas para la gran lucha, a menos que lograra desde el principio sembrar en los corazones de sus adeptos la noble convicción de que no estaba proporcionando a la vida política un nuevo lema electoral, sino que presentaba una nueva concepción del mundo como principio.

Debería reflejarse qué motivos tan miserables se hallan normalmente en el fondo de los «programas del Partido», cuando estos se acicalan de vez en cuando y se remodelan.

Hay un motivo que los impulsa constantemente a introducir otros nuevos o a alterar los ya existentes: la ansiedad por el resultado de las próximas elecciones.

Una vez terminadas las elecciones, el diputado —que es elegido por cinco años— va cada mañana a la Cámara, tal vez no justo al interior, pero de todos modos hasta el vestíbulo donde se colocan las listas de asistencia.

Su fatigante servicio en la causa del pueblo lo lleva a estampar su firma, y a cambio de este esfuerzo agotador, repetido a diario, acepta un pequeño honorario como su bien ganada recompensa.

Casi no hay nada tan deprimente como presenciar todo lo que ocurre en el Parlamento en su sobria realidad y tener que contemplar esta constante y repetida traición.

No es probable que semejante terreno intelectual produzca en el campo de la burguesía la fuerza necesaria para combatir a las fuerzas organizadas del marxismo. En efecto, los caballeros del Parlamento no le están prestando una seria atención.

Viendo que para todos los Partidos de la llamada tendencia burguesa la política consiste en realidad enteramente en la pugna por el escaño de cada cual en el Parlamento, en la cual las convicciones y los principios se arrojan por la borda como lastre de arena según las exigencias del momento, sus programas se determinan naturalmente y su fuerza se calcula —al revés, por supuesto— en función de lo mismo. Carecen de esa gran atracción magnética a la que las masas solo responden bajo la impresión urgente de ideas grandes y elevadas, en calidad de fe indiscutible combinada con un fanático valor de combate. Mas en un tiempo en que un bando, plenamente armado con armas mil veces criminales, ataca un orden de cosas existente, el otro bando solo puede ofrecer resistencia si este último adopta una nueva forma de fe —en nuestro caso política— y rechaza una actitud defensiva débil y tímida en favor de un ataque audaz e implacable.

El concepto de «popular» (völkisch) parece tan indefinido y carente de límites en la práctica, y tan susceptible de interpretaciones tan diversas como la palabra «religioso».

Ambos encierran ciertas creencias básicas. Y, sin embargo, a pesar de su suprema importancia, son tan vagos en su forma que no superan el valor de una opinión que más o menos debe admitirse, hasta que se fijan como elementos básicos dentro del marco de un partido político.

Pues el mero sentimiento, o el deseo de la humanidad, es tan incapaz de convertir en realidades los ideales mundiales y las exigencias que de ellos surgen, como lo es de conquistar la libertad merced a un anhelo universal por ella.

No, no es sino hasta que el impulso ideal hacia la independencia adopta una organización de combate en forma de fuerza militar cuando los deseos de una nación pueden convertirse en una noble realización.

Cualquier ideal mundial, por mil veces que sea correcto y altamente provechoso para la humanidad, carecerá aún de fuerza para la vida de una nación, hasta que sus principios se conviertan en la base de un Movimiento de lucha capaz de sostenerse como Partido hasta que la acción sea coronada por el triunfo, y hasta que sus dogmas de Partido se conviertan en una nueva ley básica del Estado para toda la comunidad.

La actitud ordinaria actual ante la política se basa, en general, en la noción de que la fuerza creadora y civilizadora debe ser un atributo del Estado, que este no participa en los asuntos que afectan a la raza, sino que es un producto de la necesidad económica o, en el mejor de los casos, un resultado natural de las fuerzas políticas.

Llevada a su conclusión lógica, esta actitud básica no solo conduce a una tergiversación de las causas raciales, sino también a no asignar a la personalidad su debido valor.

Pues la negación de que exista una diferencia entre las razas en lo que respecta a su capacidad para forjar la cultura conducirá necesariamente a extender ese gran error a los juicios que se emiten sobre la personalidad del individuo. A la suposición de que todas las razas son iguales en cuanto al carácter le seguirá una forma similar de considerar a las naciones, y así sucesivamente hasta llegar a los individuos.

Así, el marxismo internacional en sí mismo no es más que una concepción general del mundo —sostenida en realidad desde hace muchísimo tiempo— llevada adelante por el judío Karl Marx bajo la forma de una confesión definida de fe política. Sin los cimientos de un proceso de envenenamiento semejante que ya estuviera operando de manera general, el extraordinario éxito político de dichas doctrinas habría sido imposible.

Karl Marx era en realidad simplemente uno entre millones que reconoció con la mirada segura de un profeta, en el cieno de un mundo en corrupción, el veneno esencial, y lo extrajo como por artes mágicas, en una solución concentrada para traer una destrucción más rápida a la existencia independiente de las naciones libres en esta tierra. Y todo para servir a su propia raza.

De este modo, la doctrina marxista es el compendio intelectual de las cosmovisiones generalmente vigentes hoy en día.

En esta parte del mundo, la cultura y la civilización humanas están inextricablemente ligadas a la presencia del elemento ario. Si este se extinguiera o pereciera, el negro velo de un período carente de cultura descendería una vez más sobre el globo.

Para cualquiera que contemple el mundo con ojos naciona¬ listas5, cualquier brecha en la existencia de la civilización huma¬ na, efectuada por la destrucción de la raza que la mantie¬ ne, se presentaría bajo la luz del más maldito de los crímenes.

Quien se atreva a poner su mano sobre la imagen más noble de Dios está pecando contra el bondadoso Creador de esa maravilla y está prestando ayuda en su expulsión del Paraíso.

Todos somos conscientes de que en un futuro lejano la humanidad tendrá que enfrentarse a problemas para hacer frente a los cuales habrá que convocar a alguna raza altísima como líder del mundo, apoyada por las fuerzas de todo el globo.

La organización de una política mundial solo puede efectuarse en todo momento mediante su enunciación definida y clara; los principios de un partido político que se encuentra en proceso de formación son para él lo mismo que el dogma para una religión.

Por consiguiente, la política nacionalista debe disponer de un instrumento que ofrezca la posibilidad de defenderla por la fuerza —tal como ahora la organización del Partido Marxista abre el camino al internacionalismo—. Este es el fin que persigue el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

Comprendí entonces que mi tarea especial era extraer las ideas centrales de la masa de material amorfo de una concepción del mundo universal y remoldearlas en una forma más o menos dogmática que, al estar claramente perfilada y esquematizada, fuera capaz de unir firmemente a todos aquellos que se adherían a ella.

En otras palabras: el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán se encarga de adaptar los principios esenciales de una concepción del mundo nacional universal y, teniendo debidamente en cuenta las posibilidades prácticas, los tiempos, la provisión de material humano y sus debilidades, formular a partir de ellos un credo político que sea en el futuro la condición preliminar para el triunfo final de dicha concepción del mundo, una vez que tales métodos hayan hecho posible una organización rígida de grandes masas de personas.

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