Aprendí entonces algo sobre este «amigo del hombre». Con los años mis opiniones se ampliaron y profundizaron, pero nunca encontré razones para modificarlas.
A medida que fui adquiriendo una mayor comprensión de los aspectos externos de la socialdemocracia, aumentó mi anhelo por entender el núcleo interno de sus doctrinas.
La literatura oficial del Partido era casi inútil para mi propósito. Al tratar cuestiones económicas, sus afirmaciones y argumentos son incorrectos, y en lo que respecta al objetivo político, son falaces. De ahí que me sintiera intensamente repelido por los modernos métodos mezquinos de expresión y escritura.
Por fin comprendí la conexión entre esta doctrina de destrucción y el carácter de una raza * que hasta entonces me era casi desconocida.
La comprensión de los judíos es la única clave para la comprensión de los fines internos, y por tanto reales, de la Socialdemocracia.
Comprender esa raza es levantar el velo de las falsas concepciones sobre los objetivos y el significado de este partido, y el sinsentido del marxismo surge haciendo muecas de entre la niebla y la bruma de las frases sociales.
Es difícil, si no imposible, hoy en día, para mí decir cuándo la palabra «judío» empezó por primera vez a sugerirme ideas especiales.
No tengo recuerdo alguno de haber siquiera oído la palabra en casa durante la vida de mi padre. Creo que el viejo caballero la habría considerado una cultura anticuada, si es que mencionaba el término de alguna manera especial.
Sus opiniones en vida eran más o las menos las de un ciudadano del mundo, y se combinaban en él con un fuerte sentimiento de nacionalidad que también tuvo su efecto en mí.