El intento realizado desde Londres a principios de siglo para lograr un acercamiento con Alemania se debió ante todo a este sentimiento.
Pero a los alemanes les molestaba la idea de «tener que sacarle las castañas del fuego a Inglaterra», como si fuera posible una alianza sobre otra base que no fuera la de la reciprocidad. Sobre ese principio se habrían podido hacer negocios muy bien con Whitehall. La diplomacia británica era lo suficientemente inteligente como para saber que no cabía esperar nada sin reciprocidad.
Imaginemos que Alemania, con una hábil política exterior, hubiera desempeñado el papel que Japón desempeñó en 1904; apenas podemos calcular las consecuencias que eso habría tenido para Alemania.
Nunca habría habido una Guerra Mundial. Ese método, sin embargo, jamás se adoptó en absoluto.
Aún quedaba la posibilidad: la industria y el comercio mundial, el poderío marítimo y las colonias.
Si una política de adquisición territorial en Europa solo podía perseguirse en alianza con Gran Bretaña contra Rusia, una política de colonias y comercio mundial, por otra parte, solo era concebible en alianza con Rusia contra Gran Bretaña.
En este caso habrían debido sacar su conclusión sin piedad, y haber mandado a Austria a paseo.
Adoptaron una fórmula de «conquista económica pacífica del mundo», destinada a destruir para siempre la política de fuerza que habían seguido hasta entonces. Tal vez no estaban del todo seguros de sí mismos en los momentos en que llegaban amenazas bastante incomprensibles desde la Gran Bretaña.