En la escuela, tampoco encontré motivos que me llevaran a alterar la imagen que había recibido en casa.
En la Realschule conocí a un muchacho judío, a quien todos tratábamos con mucha consideración; pero habiendo aprendido algo por diversas experiencias en lo que respecta a su reticencia, no confiábamos especialmente en él.
No fue hasta que tuve catorce o quince años cuando me encontré frecuentemente con la palabra «judío», en parte en relación con conversaciones políticas. Entonces empecé a sentir cierta antipatía hacia ella y no pude librarme de un sentimiento incómodo que se apoderaba de mí cuando se discutían diferencias religiosas en mi presencia. Por entonces, no veía la cuestión bajo ningún otro aspecto.
Linz poseía muy pocos judíos. A lo largo de los siglos se habían vuelto europeos en su aspecto exterior y semejantes a las demás personas; de hecho, los consideraba alemanes.
Lo erróneo de esta concepción no me resultó evidente, ya que el único rasgo distintivo que veía en ellos era su religión desconocida.
Como pensaba que eran perseguidos por ese motivo, mi aversión hacia los comentarios en su contra casi se convirtió en repugnancia. No tenía la menor idea de la existencia de una hostilidad judía deliberada.
Luego llegué a Viena. Confundido por la masa de impresiones arquitectónicas y abrumado por la dureza de mi propio destino, al principio no me percaté de la estratificación de la gente dentro de aquella inmensa ciudad. Aunque Viena contaba entonces con unos doscientos mil judíos entre su población de dos millones, no logré verlos. Durante las primeras semanas mis ojos y mi mente fueron incapaces de asimilar el torbellino de valores e ideas. Solo cuando me fui tranquilizando poco a poco y las imágenes confusas empezaron a aclararse, obtuve una visión más profunda de este nuevo mundo y topé con la cuestión judía.