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Capítulo X: Los signos premonitorios del colapso en el Viejo Imperio

engendraba; la elevación de los funcionarios como cuerpo y del ejército muy por encima de las obligaciones de la política de partidos. Luego, las ventajas debidas a la encarnación personal de la Jefatura del Estado en la persona del Monarca, y el ejemplo de responsabilidad, que recae sobre el Monarca con mayor peso que sobre la contingencia de una mayoría parlamentaria; a esto se debía, en primer y principal lugar, la proverbial pureza de la administración alemana.

El Ejército inculcaba ciertos ideales y la abnegación por la Patria y su grandeza, mientras que en otras profesiones la codicia y el materialismo se habían arraigado con fuerza. Inculcaba la unidad nacional frente a la división en clases, y tal vez su único defecto fue la institución de los voluntarios de un año. Esto constituyó un defecto porque quebrantaba el principio de igualdad absoluta y separaba a los hombres más instruidos de la comunidad militar general; cuando lo contrario habría sido una ventaja.

Considerando la exclusividad de nuestras clases altas y su creciente distanciamiento de su propio pueblo, el Ejército podría haber funcionado como una bendición si hubiera evitado, al menos, aislar a la llamada intelligentsia dentro de sus filas. Fue un fallo que no fuera así; pero ¿qué institución en esta tierra es perfecta? Sin embargo, a pesar de ello, el lado bueno era tan preponderante que los escasos tropiezos estuvieron muy por debajo del promedio de las imperfecciones humanas.

El mayor servicio prestado por el Ejército del viejo Imperio fue que, en una época de recuento general por mayoría de cabezas, situó las cabezas por encima de la mayoría. Frente a la idea judío-democrática de la adoración ciega de las mayorías, el Ejército enarboló la de la fe en la personalidad; pues enseñó aquello que el período posterior más necesitaba. En el lodazal de la blandura y la afeminación general, brotaban cada año en las filas del Ejército 350.000 jóvenes en la plenitud de sus fuerzas, quienes en dos años de instrucción olvidaban la blandura

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