En la enseñanza de la historia debe considerarse la reducción de la materia por enseñar. Pues la historia no se estudia meramente para descubrir lo que sucedió, sino para que proporcione instrucción para el futuro y la existencia continuada de nuestra propia nación.
No debe haber separación del estudio de lo antiguo. Concebida rectamente en grandes líneas, la historia romana sigue siendo la mejor instrucción, no solo para el presente sino para todos los períodos.
Es deber del Estado nacional velar por que eventualmente se escriba una Historia del Mundo, en la cual la cuestión de la Raza ocupe una posición prominente.
El poco valor que la enseñanza escolar actual, especialmente en las escuelas secundarias, concede a las profesiones de la vida posterior queda demostrado sobradamente por el hecho de que hombres procedentes de tres tipos de escuelas completamente diferentes puedan acceder a la misma profesión. Lo que cuenta, por tanto, es únicamente la educación general, y no la especialización intensiva. Pero es evidente que los casos que exigen conocimientos especializados no pueden ser atendidos en el plan de estudios de nuestras escuelas secundarias tal como son hoy.
El Estado nacional no debe perder tiempo en eliminar tales imperfecciones.
La segunda alteración requerida por nuestro sistema escolar es la siguiente:
Debe efectuarse una tajante separación entre la formación técnica general y la especializada. Dado que esta última amenaza con hundirse cada vez más al servicio de Mamón, la educación general, al menos en su concepción ideal, debe seguir actuando como su contrapeso. Debemos aferrarnos al principio de que la industria, la ciencia técnica y el comercio solo pueden florecer mientras una comunidad nacional, dotada