Es, por supuesto, obvio que la agitación contra Prusia no tenía nada que ver con el federalismo.
Las «actividades federativas» resultan de lo más inapropiadas cuando su objetivo es disolver o desmembrar otra Confederación.
Pues un auténtico federalista, para quien la concepción del Imperio de Bismarck no sea una frase vacía, no podría, al mismo tiempo, desear cercenar partes del Estado prusiano, creado y perfeccionado por Bismarck, ni podría apoyar públicamente tales aspiraciones separatistas.
Esto resulta tanto más increíble cuanto que la batalla librada por estos autodenominados federalistas iba dirigida contra el elemento de Prusia que menos puede considerarse vinculado a la democracia de noviembre. Pues sus calumnias y ataques no se dirigían contra los padres de la Constitución de Weimar, compuestos en su mayoría por alemanes del sur y judíos, sino contra los representantes de la vieja Prusia conservadora, las antípodas mismas de la Constitución de Weimar.
No debemos sorprendernos de que tuvieran especial cuidado en no ofender a los judíos; pero esto quizá dé la clave para resolver todo el enigma. El objetivo del judío era incitar a los elementos «nacionales» en Alemania unos contra otros, enfrentar a la Baviera conservadora con la Prusia conservadora. Y tuvo éxito.
En el invierno de 1918 el antisemitismo empezó a echar raíces en toda Alemania. El judío volvió a sus viejos métodos. Con asombrosa presteza lanzó la antorcha de la discordia al Movimiento popular y abrió una nueva brecha. En plantear la cuestión ultramontana y en las disputas derivadas de ella residía, tal como estaban las cosas entonces, la única posibilidad de ocupar la atención pública con otros problemas, para así frenar el ataque