El colapso de aquel Ejército no fue la causa de nuestras actuales desgracias, sino meramente la consecuencia de otros crímenes, uno de los cuales dio paso a un nuevo colapso, y esta vez uno evidente.
¿Son las naciones, de hecho, arruinadas alguna vez por la pérdida de una guerra, y solo por eso?
Esto se puede responder muy brevemente.
Siempre ocurre así, si la derrota militar de la nación se ha debido a la pereza, la cobardía, la falta de carácter, en suma, a la indignidad por parte de esa nación.
Si no es así, la derrota militar se convertirá en un acicate para una mayor recuperación en el futuro, y no en la lápida de la nación.
La historia proporciona innumerables ejemplos para demostrar la veracidad de esta afirmación.
La derrota militar de Alemania fue, ¡ay!, no una catástrofe inmerecida, sino un castigo merecido de retribución eterna. La derrota fue más que merecida por nosotros.
Si el frente, abandonado a su suerte, se hubiera realmente desmoronado, y si el desastre nacional se hubiera debido verdaderamente al fracaso, la nación alemana habría aceptado la derrota con un espíritu muy diferente. Habría soportado la desgracia subsiguiente con los dientes apretados, o se habría visto abrumada por el dolor. La rabia y la furia habrían llenado sus corazones contra las jugarretas del destino o contra el enemigo a quien la suerte había dado la victoria. No habría habido ni alegría ni bailes, la cobardía no se habría henchido de orgullo ni habría glorificado la derrota, las tropas combatientes no habrían sido objeto de burla ni sus banderas arrastradas por el fango; pero, sobre todo, no se habría producido jamás ese vergonzoso estado de cosas que indujo a un