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Capítulo XIII: La política alemana de alianzas después de la guerra

La nación alemana, por lo demás, no tiene ningún derecho moral a quejarse de la actitud adoptada por el resto del mundo hasta que no haya castigado a los criminales que vendieron y traicionaron a su propio país.

¿Es concebible que quienes representan los verdaderos intereses de las naciones con las que es posible una alianza logren imponer sus puntos de vista contra la voluntad del enemigo mortal de los Estados nacionales libres?

La lucha librada por la Italia fascista contra las tres fuerzas principales de la judería —de manera inconsciente, quizás, aunque yo personalmente no lo crea— es la mejor de las pruebas de que se le están arrancando los colmillos venenosos a ese poder externo y superior al Estado, aun cuando sea por medios indirectos.

Las sociedades secretas están prohibidas, la prensa internacional y supranacional es perseguida, y el marxismo internacional ha sido destruido.

Aun en Inglaterra se libra una lucha continua entre los representantes de los intereses del Estado británico y la dictadura mundial judía.

Se vio después de la guerra, por primera vez, cuán estrechamente incidían estas fuerzas opuestas entre sí en la actitud del liderazgo del Estado británico, por un lado, y de la prensa, por el otro, hacia el problema de Japón. Directamente al terminar la guerra, la vieja irritación mutua entre Estados Unidos y Japón comenzó a reaparecer. Los lazos de parentesco no pudieron evitar que surgiera un cierto sentimiento de celosa ansiedad contra la unión americana en todos los ámbitos de la economía y la política internacionales. Es comprensible que Gran Bretaña repasara con ansiedad la lista de sus antiguas alianzas y viera llegar un momento en que la consigna ya no sería

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