Entonces perdí toda la paciencia y decidí llevar a cabo una manifestación de protesta por mi propia cuenta y riesgo.
Para el mediodía del miércoles ya había dictado los carteles en diez minutos y había alquilado el Circus Krone para el día siguiente, el 3 de febrero.
En aquellos días era una empresa tremenda. Era bastante dudoso que pudiéramos llenar aquel vasto salón, y existía el riesgo de que la reunión fuera reventada. Una cosa era segura: un fracaso nos retrasaría durante mucho tiempo.
Tuvimos un día para fijar nuestros carteles. Por desgracia, llovió la mañana del jueves, y había razones para temer que mucha gente prefiriera quedarse en casa antes que apresurarse a ir a una reunión bajo la lluvia y la nieve, especialmente cuando era probable que hubiera violencia y asesinatos.
El jueves, dos camiones que alquilé aparecieron cubiertos de rojo tanto como fue posible, y en ellos se fijaron dos banderas; cada uno llevaba a quince o veinte miembros de nuestro Partido; se dio la orden de circular rápidamente por las calles arrojando panfletos: propaganda para la asamblea masiva que se celebraría por la noche. Era la primera vez que unos camiones con banderas circulaban por calles que no estuvieran dominadas por los marxistas.
Al entrar en el gran salón sentí la misma alegría que había experimentado un año antes en la primera reunión en el Hofbrähausfestsaal; pero no fue hasta que hube logrado abrirme paso a través de la sólida muralla de hombres y subido a la tribuna cuando percibí la medida exacta de nuestro éxito.
El salón se extendía ante mí, abarrotado de miles y miles de personas.