La actitud adoptada por nuestra burguesía y la forma en que perdonaron al marxismo decidieron desde el principio la suerte de cualquier intento de resistencia activa en el Ruhr. Era una locura intentar luchar contra Francia con ese enemigo mortal en nuestro seno.
Aun en la primavera de 1923 era fácil predecir lo que iba a suceder.
Es inútil discutir si existió o no la posibilidad de un éxito militar contra Francia. Porque si el resultado de la acción alemana en el asunto del Ruhr hubiera sido meramente la destrucción del marxismo en Alemania, el éxito habría estado de nuestro lado.
Alemania, una vez liberada de los enemigos mortales de su vida y de su porvenir, poseería una fuerza que ningún poder en el mundo podría volver a estrangular. El día en que el marxismo sea quebrantado en Alemania, sus cadenas se romperán de verdad.
Pues jamás en nuestra historia hemos sido vencidos por las fuerzas de nuestros enemigos, sino más bien por nuestra propia depravación y por el enemigo en nuestro propio campamento.
Sin embargo, en un gran momento de inspiración, el Cielo le hizo a Alemania el regalo de un gran hombre, el señor Cuno, cuyo método de razonamiento era el siguiente: «Francia está ocupando el Ruhr; ¿qué hay allí? Carbón. ¿Está ocupando Francia el Ruhr por causa de su carbón?». ¿Qué podía ocurrírsele de manera más obvia al señor Cuno que la idea de que una huelga privaría a los franceses del carbón, y que tarde o temprano se marcharían del Ruhr, ya que la empresa no estaba resultando rentable? Ese era el hilo de pensamiento de aquel «sobresaliente» «nacional» «estadista».
Para una huelga necesitaban naturalmente a los marxistas, ya que se trataba en primer lugar de los trabajadores. Así pues, era fundamental poner al obrero (en el cerebro de un estadista burgués como Cuno, es