- Escrito en 1924
CAPÍTULO IV
MUNICH
EN la primavera de 1912 fui a Munich.
¡Un pueblo alemán! ¡Qué diferente de Viena! Me sentí mal cuando pensé en aquella Babilonia de razas. También el dialecto, que era casi igual al mío y me recordaba a mi propia juventud con sus vínculos con la Baja Baviera. De mil maneras me era o se me volvió querido. Pertenezco a ese pueblo más que a cualquier otro lugar del mundo, y esto se debe a que está inseparablemente ligado a mi propio desarrollo.
En Austria, los únicos partidarios de la idea de la alianza eran los Habsburgo y los alemanes. En los primeros obedecía a la coacción y al cálculo, y en los segundos a una fácil credulidad y a la estupidez política. Fácil credulidad, porque se imaginaban que harían un gran servicio al Imperio alemán por medio de la Triple Alianza, que lo fortalecería y le proporcionaría