De modo que todo había sido en vano. En vano todos los sacrificios y privaciones, en vano el hambre y la sed durante muchos meses sin fin, en vano las horas que pasamos cumpliendo nuestro deber, presos del miedo a la muerte, ¡y en vano la muerte de dos millones de hombres!
¿Y nuestra patria? Pero ¿era este el único sacrificio que se nos exigiría soportar? ¿Valía menos la Alemania del pasado de lo que pensábamos? ¿No tenía ninguna obligación con su propia historia? ¿Éramos dignos de revestirnos con la gloria del pasado? ¿Ante qué luz podría presentarse este acto como justificación ante las generaciones futuras?
¡Miserables y depravados criminales! Cuanto más intentaba en aquel momento hacerme una idea clara de aquel tremendo suceso, más me sonrojaba de ardiente rabia y vergüenza. ¿Qué era todo el dolor de mis ojos en comparación con esta miseria?
Hubo días horribles y peores noches por venir. Sabía que todo estaba perdido. En esas noches surgió mi odio contra los autores de aquel acto.
El emperador Guillermo había sido el primer emperador alemán en ofrecer la mano de amistad a los líderes del marxismo, sin imaginar que los canallas carecen de honor. Mientras sostenían la mano imperial entre las suyas, su otra mano ya estaba buscando el puñal.
Con los judíos no hay regateo; existe meramente el duro «O esto o lo otro».
Decidí convertirme en político.