nuevas y agresivas columnas de ataque. Estos fueron el Partido Independiente y la Liga Espartaquista, los batallones de asalto del marxismo revolucionario. Pero cuando el ejército que regresaba del frente se apareció con el aspecto de una esfinge amenazante, el curso nacional de la Revolución tuvo que ser moderado. El grueso de las huestes socialdemócratas se hizo cargo de las posiciones conquistadas, y los independientes y espartaquistas fueron relegados a un lado. Esto no ocurrió sin lucha. Apenas se había producido el cambio cuando aparecieron dos campos contiguos: el partido de la paz y el orden y el grupo del terror sangriento. ¿No era perfectamente natural que la burguesía se pasara a todo babor al campo de la paz y el orden?
El resultado fue que los enemigos de la República cesaron de luchar contra ella, como tal, y ayudaron a sub¬ yugar a aquellos que eran a su vez también enemigos de la República, aunque por razones muy diferentes.
Un resultado posterior fue que todo peligro de que los partidarios del viejo Estado pudieran presentar batalla al nuevo quedó conjurado para siempre.
Si consideramos cómo la Revolución pudo —prescindiendo por completo de los defectos del antiguo Estado, que fueron la causa de ella— tener éxito llegado el momento, llegamos a la siguiente conclusión:
- Se debió al embotamiento de nuestras concepciones del deber y la obediencia, y
- A la timorata pasividad de los Partidos que se supone deben mantener nuestro Estado.
La primera se debía en el fondo a nuestra educación totalmente no nacional y puramente estatal. De ahí provino la falsa comprensión de los medios y los fines.