EL ESTADO
YA en 1920-21 se lanzó contra nuestro joven Movimiento una acusación por parte del mundo burgués —hoy ya anticuada— de que nuestra actitud hacia el Estado era de rechazo; a partir de esto, los políticos de partido de todos los colores argumentaban que era correcto luchar para aplastar por todos los medios posibles al joven e incómodo adalid de una nueva teoría del mundo. Olvidaban adrede que el mundo burgués mismo sostiene que el Estado ya no es un cuerpo homogéneo, que no existe ni puede existir una definición coherente de la palabra.
Y, sin embargo, en nuestras Escuelas Superiores Estatales se sientan instructores, bajo la forma de conferenciantes de Derecho Político, que deben buscar una explicación para la existencia más o menos afortunada del Estado que les paga. Cuanto peor es la constitución de un Estado, más necias, ampulosas e incomprensibles son las definiciones de su razón de ser. ¿Cómo pudo, por ejemplo, escribir en una ocasión un profesor imperial-regio sobre el significado y el fin del Estado, en un país cuya existencia estatal es la mayor monstruosidad del siglo XX? ¡Una tarea difícil, en verdad!
Es posible distinguir tres grupos entre ellos:
Primero, el grupo de aquellos que ven al Estado como una agrupación más o menos voluntaria de personas bajo una administración gubernamental. Para ellos, la mera existencia del Estado constituye su derecho a una inviolabilidad santificada. En apoyo de esta loca concepción del cerebro