de la juventud y adquirían cuerpos fuertes como el acero. Solo mediante esos dos años de obediencia aprendía un joven a mandar. Al soldado disciplinado se le conocía por su forma de andar.
Esta fue la escuela de la nación alemana, y no sin razón se concentró en ella el odio inveterado de aquellos cuya envidia y codicia exigían que el Estado fuera impotente y sus ciudadanos desarmados.
A la forma del Estado y al Ejército se sumó el incomparable cuerpo de funcionarios del antiguo Imperio.
Alemania era el país mejor organizado y mejor adminis¬ trado del mundo.
Por mucho que se pudiera tachar a los funcionarios del Estado alemán de burócratas pedantes, esto no era mejor en otros Estados; al contrario, era peor.
Otros Estados no poseían esa maravillosa solidez del aparato ni el carácter de incorruptible honor de quienes pertenecían a él.
Más valía ser un tanto pedante, si se era honrado y fiel, que ilustrado y moderno si, al mismo tiempo, se era inferior en el carácter y —como ocurre a menudo hoy en día— ignorante e incompetente.
El organismo oficial y la maquinaria administrativa alemanes se distinguían especialmente por su independencia respecto a los gobiernos individuales, cuyas ideas políticas pasajeras no podían afectar la posición de los funcionarios del Estado alemán. La Revolución alteró todo esto fundamentalmente. Las consideraciones partidistas suplantaron a la capacidad y a la competencia, y un carácter íntegro e independiente constituía más una desventaja que una recomendación.
Sobre estos tres —la forma del Estado, el Ejército y el cuerpo de funcionarios— descansaba la maravillosa fuerza y eficacia del antiguo Imperio.