sino la barbarie y el caos subsiguiente. Algunos, naturalmente, se reirán de esto, pero este planeta vagó por el éter durante millones de años desprovisto de humanidad, y solo podrá volver a hacerlo si los hombres olvidan que deben su existencia superior MI LUCHA I 2 I no a las ideas de un ideólogo demencial, sino a la comprensión y a la aplicación despiadada de leyes naturales milenarias.
Todo cuanto admiramos en esta tierra —la ciencia, el arte, la destreza técnica y la invención— es el producto creativo de solo un pequeño número de naciones y, originalmente, tal vez de una sola raza. Toda esta cultura depende de ellas para su propia existencia. Si son arruinadas, se llevan consigo a la tumba toda la belleza de esta tierra.
Si dividimos a la raza humana en tres categorías —fundadores, conservadores y destructores de la cultura—, únicamente el tronco ario puede considerarse como representante de la primera categoría.
Las razas arias —a menudo en número absurdamente pequeño— derriban a naciones extranjeras y, favorecidas por el número de personas de categoría inferior de que disponen para ayudarlas, proceden a desarrollar, de acuerdo con las condiciones especiales de vida en los territorios adquiridos —fertilidad, clima, etc.—, las cualidades de intelecto y organización que yacen latentes en ellas. En el transcurso de unos pocos siglos crean culturas marcadas originalmente con su