Me di cuenta poco a poco de que la prensa socialdemócrata estaba controlada predominantemente por judíos. Yo no le concedía ninguna importancia particular a esta circunstancia por sí sola, pero ocurría exactamente lo mismo con los otros periódicos. Pero había un hecho llamativo: no había ni un solo periódico vinculado a los judíos que pudiera calificarse de genuinamente nacional en el sentido en que mi educación y mis opiniones me lo habían enseñado.
Vencí mis reticencias e intenté leer este tipo de cosas marxistas en la Prensa, pero mi aversión hacia ellas se intensificó a medida que leía; ahora traté de familiarizarme con los compiladores de esa masa de villanía; desde los editores hacia abajo, todos eran judíos.
Me apoderé de todos los panfletos socialdemócratas que pude conseguir y busqué los nombres de sus autores: no eran más que judíos. Anoté los nombres de casi todos los líderes; la gran mayoría eran asimismo miembros del «pueblo elegido»; ya fueran miembros del Reichrat o secretarios de sindicatos, presidentes de organizaciones o agitadores callejeros, se presentaba la misma siniestra imagen. Los nombres de Austerlitz, David, Adler, Ellenbogen, etc., permanecerán siempre en mi memoria.
Una cosa me quedó clara entonces: la dirección del Partido, contra cuyos simpatizantes menores había estado luchando duramente durante meses, estaba casi en su totalidad en manos de una raza extranjera, pues para mi satisfacción íntima supe finalmente que el judío no era alemán.
Fue solo ahora cuando comprendí a fondo al corruptor de nuestra nación.
Cuanto más luchaba contra ellos, mejor aprendía a conocer sus métodos dialécticos. Empezaban por confiar en la estupidez de sus adversarios y, si esto no daba resultado, fingían ellos mismos ser estúpidos. Si aquello tampoco servía, se negaban a comprender lo que se les decía o saltaban de