y gatos, sino más bien a elevar la condición del hombre, y en la que un hombre practique silenciosamente la renuncia con conocimiento, mientras que otro se regocije sacrificándose y dando.
Esto no debería ser imposible en un mundo donde cientos de miles de hombres se entregan voluntariamente al celibato, atados por nada más que los mandamientos de una Iglesia.
Si una generación padece bajo deficiencias que conoce y, de hecho, admite, y si se contenta, como ocurre hoy con nuestro mundo burgués, con declarar a la ligera que no se puede hacer nada al respecto, semejante sociedad está condenada a la destrucción.
No, todos nosotros debemos negarnos a ceder ante este engaño. Nuestra burguesía actual es hoy demasiado mala e incapaz para afrontar ninguna gran tarea en favor de la humanidad.
Es demasiado mala —no, en mi opinión, por una depravación deliberada, sino por una indolencia colosal y todo lo que de ella se deriva.
Hace tiempo que los clubes políticos que circulan bajo el nombre genérico de Partidos Burgueses han dejado de ser otra cosa que sociedades que representan a determinadas clases y profesiones, y no tienen nada mejor que hacer que defender intereses egoístas lo mejor que pueden.
Es evidente que un gremio de políticos burgueses como el nuestro sirve para cualquier cosa menos para luchar; especialmente cuando el otro bando no está compuesto por tenderos cautos, sino por masas proletarias, violentamente exaltadas y absolutamente decididas.
Es deber del Estado convertir a los jóvenes vástagos de la raza en instrumentos dignos para la perpetuación posterior de la misma.
Con miras a esto, el Estado nacional debe orientar su labor educativa, en primer lugar, no tanto hacia el bombardeo de meros conocimientos