propio carácter de la tierra y del pueblo que han conquistado. Con el tiempo, sin embargo, los conquistadores pecan contra el principio de mantener la sangre pura (principio al que se adhirieron al principio) y empiezan a mezclarse con los habitantes originarios a los que han subyugado, terminando así su propia existencia como pueblo singular; pues al pecado cometido en el Paraíso le siguió inevitablemente la expulsión.
Desde todos los tiempos las naciones creadoras lo han sido de parte a parte, lo perciban o no los observadores superficiales.
Nada más que la realización consumada impone el reconocimiento a semejantes pueblos, pues la mayoría de los hombres en este mundo son incapaces de percibir el genio en sí mismo, sino únicamente los signos externos de este en forma de inventos, descubrimientos, edificios, pinturas, etc. Incluso entonces pasa mucho tiempo antes de que lleguen a comprenderlo.
Del mismo modo que en la vida de un gran individuo, el genio, o en verdad cualquier característica poco común, se esfuerza, bajo el estímulo de alicientes especiales, por manifestarse en la práctica, así, en la vida de las naciones, la aplicación real de las fuerzas creadoras que hay en ellas no se produce sino a la llamada de ciertas circunstancias definidas.
Vemos esto con mayor claridad en la raza que fue y es la portadora del desarrollo cultural humano: los arios.