El 24 de febrero de 1920 fue la fecha fijada para la primera gran asamblea de masas del Movimiento, que aún era desconocido. Yo mismo hice los preparativos.
El color que elegimos fue el rojo, por ser el que mejor atrae la atención y el más propenso a excitar e irritar a nuestros adversarios, y por consiguiente, a grabarse con más firmeza en sus mentes y memorias.
La reunión comenzó; a las 7.15 crucé el vestíbulo de la Hofbräuhausfestsaal en el Platzl de Múnich, y el corazón casi se me salía de alegría de tanto gozo. Aquel gran salón —pues entonces me lo parecía— estaba abarrotado y rebosante con un público de casi 2.000 personas.
Cuando el primer orador hubo terminado, me tocó el turno de hablar. En pocos minutos llovieron las interrupciones sobre mí y hubo escenas violentas en el patio de butacas; un puñado de fieles camaradas de guerra y unos pocos adeptos más se enfrentaron a los alborotadores y lograron restablecer la calma al cabo de un rato.
Pude continuar. Media hora más tarde, los aplausos empezaron a ahogar las interrupciones y los abucheos, y finalmente, cuando hube explicado los 25 puntos, tenía ante mí una sala llena de personas unidas en una nueva convicción, una nueva fe, una nueva voluntad.
Se había encendido un fuego de cuyo fulgor debía surgir la espada destinada a devolver la libertad al Sigfrido germánico y la vida a la nación alemana.
En los últimos capítulos describiré en detalle los principios que nos guiaron al establecer nuestro programa.
Las llamadas clases intelectuales se han reído de nosotros y han bromeado sobre nosotros en su intento de encontrar críticas. Pero la eficacia de nuestro programa ha proporcionado la mejor prueba de que nuestras opiniones en aquel entonces eran las correctas.