Hubo un tiempo en que estuvo de moda hablar con desprecio de las trincheras y su utilidad. Las líneas de cordón de la frontera francesa, que habían sido vulneradas a menudo; el campamento atrincherado de Breslau en el que el duque de Bevern fue derrotado, la batalla de Torgau y varios otros casos condujeron a este juicio sobre su valor; y las victorias de Federico el Grande, obtenidas mediante el principio del movimiento y el uso de la ofensiva, arrojaron una nueva luz sobre toda clase de acción defensiva, todo combate en posición fija, particularmente en las trincheras, y las desacreditaron aún más.
Ciertamente, cuando unos pocos miles de hombres deben defender varios kilómetros de territorio, y cuando las trincheras no son más que zanjas invertidas, no valen nada y constituyen una trampa peligrosa debido a la confianza que se deposita en ellas.
Pero ¿no es incoherente, o más bien absurdo, extender esta opinión incluso a la idea de la fortificación de campaña, con un espíritu puramente fanfarrón (como hace Tempelhof)? ¿Cuál sería el objetivo de las trincheras en general, sino fortalecer la defensa?
No, no solo la razón, sino también la experiencia, en cientos y miles de casos, demuestran que una trinchera bien trazada, suficientemente guarnecida y bien defendida debe ser considerada, por regla general, como un punto inexpugnable, y así es también vista por el atacante.
Partiendo de este punto acerca de la eficacia de una sola trinchera, sostenemos que no puede caber duda de que el ataque a un campamento atrincherado es una empresa sumamente difícil, y una en la que, por lo general, será imposible que el asaltante tenga éxito.
Es propio de la naturaleza de un campamento atrincherado el estar débilmente guarnecido; pero con buenos obstáculos naturales del terreno y fuertes obras de campaña, es posible desafiar a fuerzas superiores.
Federico el Grande consideró el ataque al campamento de Pirna como impracticable, a pesar de tener bajo su mando el doble de la fuerza de la guarnición; y aunque desde entonces se ha afirmado, aquí y allá, que era perfectamente posible haberlo tomado, la única prueba en favor de esta aseveración se funda en el mal estado de las tropas sajonas; un argumento que no merma en absoluto el valor de los atrincheramientos.
Pero cabe preguntarse si aquellos que desde entonces han sostenido no solo la viabilidad, sino también la facilidad del ataque, se habrían decidido a ejecutarlo en aquel momento.
Por consiguiente, pensamos que el ataque a un campamento atrincherado pertenece a la categoría de medios bastante excepcionales por parte del atacante. Solo si las trincheras se han levantado apresuradamente, no están terminadas y menos aún fortalecidas con obstáculos para impedir que se aproximen a ellas, o cuando, como ocurre a menudo en su conjunto, todo el campamento es solo un esbozo de lo que debía haber sido, una ruina a medias, entonces puede ser aconsejable un ataque contra él y, al mismo tiempo, convertirse en el camino para lograr una fácil victoria sobre el enemigo.