El modo de librar un combate nocturno, y lo que atañe a los detalles de su desarrollo, es un tema táctico; aquí solo lo examinamos en la medida en que, en su totalidad, se presenta como un medio estratégico especial.
Fundamentalmente, todo ataque nocturno no es más que una forma más vehemente de sorpresa. Ahora bien, a primera vista, un ataque así parece sumamente ventajoso, pues suponemos que el enemigo es tomado por sorpresa y que el atacante, naturalmente, está preparado para todo lo que pueda suceder. ¡Qué desigualdad!
La imaginación se pinta a sí misma un cuadro de la más completa confusión en un bando, y en el otro, al atacante ocupado únicamente en cosechar los frutos de su ventaja. De ahí la constante creación de proyectos para ataques nocturnos por parte de quienes no tienen que dirigirlos y no tienen ninguna responsabilidad, mientras que estos ataques rara vez tienen lugar en la realidad.
Estos esquemas ideales se basan todos en la hipótesis de que el atacante conoce las disposiciones del defensor porque estas se han tomado y anunciado de antemano, y no han podido pasar desapercibidas en sus reconocimientos e indagaciones; y que, por otra parte, las medidas del atacante, al tomarse solo en el momento de la ejecución, no pueden ser conocidas por el enemigo. Pero esto último no es siempre enteramente así, y menos aún lo es lo primero. Si no estamos tan cerca del enemigo como para tenerlo completamente a la vista, como los austriacos a Federico el Grande antes de la batalla de Hochkirch (1758), todo lo que sabemos de su posición ha de ser siempre imperfecto, ya que se obtiene mediante reconocimientos, patrullas, información de prisioneros y espías, fuentes en las que no se puede depositar una firme confianza porque la inteligencia así obtenida es siempre de fecha más o menos antigua, y la posición del enemigo puede haber cambiado entretanto. Además, con la táctica y el modo de acampar de tiempos pasados era mucho más fácil que ahora examinar la posición del enemigo. Una línea de tiendas es mucho más fácil de distinguir que una línea de chozas o un bivac; y un campamento en una línea de frente, desplegada completa y regularmente, también es más fácil que uno de divisiones formadas en columnas, el método empleado a menudo en la actualidad. Podemos tener el terreno en el que acampa una división de ese modo completamente a la vista y, sin embargo, no ser capaces de llegar a ninguna idea precisa.
Pero la posición por sí sola no es todo lo que queremos saber; las medidas que el defensor puede tomar en el curso del combate son igual de importantes y no consisten de ningún modo en meros disparos al azar.
Estas medidas también hacen que los ataques nocturnos sean más difíciles en las guerras modernas que antes, porque en estas campañas tienen una ventaja sobre las ya adoptadas.
En nuestros combates, la posición del defensor es más provisional que definitiva y, por esa razón, el defensor es más capaz de sorprender a su adversario con golpes inesperados de lo que podía hacerlo antes.(*)
Por tanto, lo que el atacante sabe de la defensa antes de un ataque nocturno es rara vez o nunca suficiente para suplir la falta de observación directa.
Pero el defensor tiene de su parte otra pequeña ventaja también, y es que se encuentra más como en su propio hogar que el atacante en el terreno que constituye su posición y, por consiguiente, al igual que el habitante de una habitación, encontrará el camino en la oscuridad con mayor facilidad que un extraño. Sabe mejor dónde encontrar cada parte de su fuerza y, por lo tanto, puede llegar a ella más fácilmente que su adversario.
De esto se deduce que el asaltante en un combate nocturno echa de menos sus ojos exactamente igual que el defensor, y que, por consiguiente, solo razones particulares pueden hacer aconsejable un ataque nocturno.
Ahora bien, estas razones surgen principalmente en relación con las partes subordinadas de un ejército, rara vez con el ejército mismo; de ello se deduce que un ataque nocturno también, por regla general, solo puede tener lugar con combates secundarios, y raras veces con grandes batallas.
Podemos atacar una porción del ejército enemigo con una fuerza muy superior, envolviéndola en consecuencia con la mira de capturarla por entero, o bien de infligirle una pérdida muy grave mediante un combate desigual, siempre y cuando las demás circunstancias nos sean favorables.
Pero un plan semejante jamás puede tener éxito salvo mediante una gran sorpresa, porque ninguna parte fraccionaria del ejército enemigo entablaría un combate tan desigual, sino que optaría por retirarse. No obstante, una sorpresa a gran escala, excepto en raras ocasiones en un terreno muy cerrado, solo puede llevarse a cabo de noche.
Si por lo tanto deseamos obtener semejante ventaja a partir de la disposición defectuosa de una parte del ejército enemigo, entonces debemos valernos de la noche, a fin de cuentas, para concluir la fase preliminar, aun si el combate en sí no comenzara sino hacia el alba.
Esto es, por consiguiente, lo que ocurre en todas las pequeñas empresas nocturnas contra puestos avanzados y otros pequeños destacamentos, siendo el objetivo principal, invariablemente mediante un número superior y rodeando su posición, envolverlo de forma inesperada en un combate tan desventajoso que no pueda zafarse de él sin sufrir una gran pérdida.
Cuanto mayor es el cuerpo atacado, más difícil es la empresa, porque una fuerza fuerte tiene mayores recursos en su interior para mantener la lucha el tiempo suficiente para que llegue ayuda.
Por tal razón, la totalidad del ejército enemigo no puede ser nunca, en circunstancias ordinarias, el objetivo de un ataque de este tipo, pues aunque no tenga que esperar ayuda de ninguna parte fuera de sí mismo, contiene no obstante en su interior medios suficientes para repeler ataques por varios flancos, especialmente hoy en día, en que todos, desde el principio, están preparados para esta forma de ataque tan habitual.
Que el enemigo pueda atacarnos por varios flancos con éxito depende por lo general de condiciones muy distintas a la de que se haga de forma imprevista; sin entrar aquí en la naturaleza de dichas condiciones, nos limitamos a observar que al envolvimiento de un enemigo van asociados tanto grandes resultados como grandes peligros; por consiguiente, si dejamos de lado las circunstancias especiales, nada lo justifica a no ser una gran superioridad, justamente la misma que emplearíamos contra una fracción del ejército enemigo.
Pero el giro y cerco de una pequeña fracción del enemigo, y en particular en la oscuridad de la noche, también es más factible por esta razón: que cualquiera que sea nuestra apuesta en ello, y por muy superior que sea la fuerza utilizada, probablemente solo constituya una porción limitada de nuestro ejército, y podemos arriesgar eso antes que el todo en el riesgo de una gran empresa. Además, la mayor parte o tal vez el todo sirve como apoyo y punto de reunión para la porción arriesgada, lo cual reduce de nuevo en gran medida el peligro de la empresa.
No solo el riesgo, sino también la dificultad de ejecución limita las empresas nocturnas a pequeños cuerpos. Así como la sorpresa es su verdadera esencia, la aproximación sigilosa es también la condición principal de su ejecución; pero esto se logra más fácilmente con pequeños cuerpos que con grandes, y para las columnas de todo un Ejército resulta rara vez practicable.
Por esta razón, tales empresas se dirigen por lo general únicamente contra puestos avanzados aislados, y solo pueden ser factibles contra cuerpos mayores si estos carecen de suficientes puestos avanzados, como le ocurrió a Federico el Grande en Hochkirch.(*)
Esto sucederá con menor frecuencia en el futuro a los Ejércitos mismos que a las divisiones menores.
En los últimos tiempos, en que la guerra se ha llevado a cabo con tanta mayor rapidez y vigor, ha ocurrido en consecuencia a menudo que los ejércitos han acampado muy cerca unos de otros, sin contar con un sistema muy fuerte de puestos avanzados, porque esas circunstancias se han presentado por lo general justo en la crisis que precede a una gran decisión.
Pero entonces en tales ocasiones la disposición para el combate por ambas partes es también más perfecta; por otra parte, en guerras anteriores era una práctica frecuente que los ejércitos levantasen campamentos a la vista unos de otros, cuando no tenían otro objeto que el de mantenerse mutuamente en jaque, por consiguiente durante un período más largo. Cuán a menudo Federico el Grande estuvo durante semanas tan cerca de los austríacos que ambos habrían podido intercambiar cañonazos entre sí.
Pero estas prácticas, ciertamente más favorables para los ataques nocturnos, se han abandonado en los últimos tiempos; y los ejércitos, ya no considerados en cuanto a su subsistencia y necesidades de acampada como cuerpos independientes y completos en sí mismos, encuentran necesario mantener por lo general una marcha de distancia entre ellos y el enemigo.
Si tenemos ahora presente en particular el ataque nocturno de un ejército, se deduce que rara vez pueden presentarse motivos suficientes para ello, y que estos se encuadran en una u otra de las siguientes clases.
- Un grado inusual de descuido o audacia que rara vez ocurre, y cuando lo hace se compensa con una gran superioridad en la fuerza moral.
- Un pánico en el ejército enemigo, o en general tal grado de superioridad en la fuerza moral por nuestra parte, que esto sea suficiente para suplir el lugar de la dirección en la acción.
- Abrirse paso a través de un ejército enemigo de fuerza superior, que nos mantiene envueltos, porque en esto todo depende de la sorpresa, y el objetivo de simplemente abrirse paso a la fuerza, permite una concentración de fuerzas mucho mayor.
- Finalmente, en casos desesperados, cuando nuestras fuerzas tienen una desproporción tal con respecto a las del enemigo que no vemos posibilidad de éxito, excepto mediante una audacia extraordinaria.
Pero en todos estos casos sigue existiendo la condición de que el ejército enemigo está ante nuestros ojos y no protegido por ninguna vanguardia.
Por lo demás, la mayoría de los combates nocturnos se desarrollan de tal manera que terminan con la luz del día, de modo que solo la aproximación y el primer ataque se realizan al amparo de la oscuridad, porque el atacante puede así aprovechar mejor las consecuencias del estado de confusión en que sume a su adversario; y los combates de esta índole que no comienzan hasta el amanecer, en los que la noche, por tanto, solo se utiliza para la aproximación, no deben considerarse combates nocturnos.