Una tetera
El señor y la señora Beresford tomaron posesión de las oficinas de la Agencia Internacional de Detectives pocos días después. Estaban en el segundo piso de un edificio un tanto ruinoso en Bloomsbury.
En la pequeña oficina exterior, Albert abandonó el papel de mayordomo de Long Island y asumió el de recadero, un papel que interpretaba a la perfección. Una bolsa de papel con caramelos, manos manchadas de tinta y la cabeza alborotada era su concepto del personaje.
Desde la antesala, dos puertas conducían a los despachos interiores. En una puerta estaba pintada la inscripción «Clerks». En la otra, «Private».
Detrás de esta última había una habitación pequeña y cómoda, amueblada con un enorme escritorio de oficina, un montón de archivadores con etiquetas artísticas, todos vacíos, y unas sólidas sillas con asiento de cuero.
Detrás del escritorio se sentaba el falso señor Blunt, intentando aparentar que llevaba toda la vida dirigiendo una agencia de detectives. Un teléfono, por supuesto, reposaba junto a su codo. Tuppence y él habían ensayado varios efectos telefónicos ingeniosos, y Albert también tenía sus instrucciones.
En la habitación contigua estaba Tuppence, una máquina de escribir, las mesas y sillas necesarias, de una calidad inferior a las del despacho del Gran Jefe, y un hornillo de gas para preparar té.
No faltaba nada, en realidad, salvo clientes.