una muchacha de la edad de Tuppence, alta y morena, con el rostro bastante demacrado y una mirada desdeñosa.
—Ropa barata y llamativa —comentó Tuppence—. Hazla pasar, Tommy.
En otro minuto, la joven le estrechaba la mano al célebre señor Blunt, mientras Tuppence se sentaba al lado con los ojos modestamente baja, y libreta y lápiz en mano.
“Mi secretaria confidencial, la señorita Robinson”, dijo el señor Blunt con un ademán de la mano. “Puede hablar con total libertad frente a ella”.
Luego se recostó durante un minuto, entrecerró los ojos y comentó con tono cansado: “A esta hora del día los autobuses deben de ir abarratados para viajar en ellos”.
—Vine en taxi —dijo la muchacha.
—¡Oh! —dijo Tommy agraviado. Sus ojos se posaron con reproche en un billete de autobús azul que sobresalía de su guante. Los ojos de la muchacha siguieron su mirada, y ella sonrió y lo retiró.
“¿Te refieres a esto? Lo recogí en la acera. Un vecinito nuestro los colecciona”.
Tuppence tosió, y Tommy le dirigió una mirada cargada de hostilidad.
—Debemos ponernos manos a la obra —dijo con presteza—. Necesita usted de nuestros servicios, señorita… —?
—Kingston Bruce es mi nombre —dijo la joven—. Vivimos en Wimbledon. Anoche, una dama que se hospeda con nosotros perdió una valiosa perla rosa. El señor St. Vincent también