—Me pregunto cuáles serán los nuestros, quiero decir —dijo Tuppence—. ¿Qué me dices de esa Colombina de allí con el Mefistófeles rojo?
“Imagino al malvado mandarín y a la dama que se hace llamar Acorazado; más bien un Crucero rápido, diría yo”.
—¿Verdad que tiene ingenio? —dijo Tuppence—. ¡Todo a base de un traguito! ¿Quién es esta que entra vestida de la Reina de Corazones?; bastante bien logrado el disfraz, la verdad.
La muchacha en cuestión pasó al reservado de al lado acompañada de su acompañante, que era «el caballero vestido con papel de periódico» de Alicia en el país de las maravillas. Ambos llevaban máscaras; parecía ser una costumbre bastante común en el As de Espadas.
“Estoy segura de que estamos en un auténtico antro de iniquidad —dijo Tuppence con cara de satisfacción—. Escándalos a nuestro alrededor. Menudo alboroto monta todo el mundo”.
Un grito, como de protesta, resonó desde el reservado de al lado y fue ahogado por la fuerte risa de un hombre.
Todo el mundo reía y cantaba. Las voces chillonas de las muchachas se elevaban por encima del estruendo de sus acompañantes masculinos.
—¿Y qué hay de aquella pastora? —exigió saber Tommy—. La del francés cómico. Podrían ser los nuestros.
—Cualquiera podría serlo —confesó Tuppence—. No voy a comerme la cabeza. Lo importante es que nos lo estamos pasando bien.
—Podría habérmelo pasado mejor con otro disfraz —se quejó Tommy—. No te haces una idea del calor que da este.
—Anímate —dijo Tuppence—. Estás preciosa.