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nydus/Terrorism and Communism (1920)Public
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Terrorismo y Comunismo

León Trotsky

Si, en el primer periodo de la revolución soviética, la ira principal del mundo burgués se dirigió contra nuestra barbarie y nuestra sed de sangre, más tarde, cuando ese argumento, por el uso frecuente, se hubo embotado y perdió su fuerza, se nos hizo responsables principalmente de la desorganización económica del país.

En armonía con su misión actual, Kautsky traduce metódicamente al lenguaje del pseudomarxismo todas las acusaciones burguesas contra el Gobierno soviético por destruir la vida industrial de Rusia.

  • Los bolcheviques comenzaron la socialización sin un plan.
  • Socializaron lo que no estaba listo para la socialización.
  • La clase obrera rusa, en conjunto, aún no está preparada para la administración de la industria; y así sucesivamente, y así sucesivamente.

Repitiendo y combinando estas acusaciones, Kautsky, con obtusa terquedad, oculta la causa real de nuestra desorganización económica: la carnicería imperialista, la guerra civil y el bloqueo.

La Rusia soviética, desde los primeros meses de su existencia, se vio privada de carbón, petróleo, metal y algodón. Primero los imperialismos austro-alemán y luego el de la Entente, con la asistencia de los Guardias Blancos rusos, arrancaron a la Rusia soviética la región carbonífera y metalúrgica del Donetz, los distritos petroleros del Cáucaso, Turkestán con su algodón, los Urales con sus más ricos yacimientos de metales, y Siberia con su pan y su carne. El área del Donetz solía abastecer a nuestra industria con el 94 por ciento de su carbón y el 74 por ciento de su mineral en bruto. Los Urales abastecían el 20 por ciento restante del mineral y el 4 por ciento del carbón. Ambas regiones, durante la guerra civil, quedaron separadas de nosotros. Nos vimos privados de quinientos millones de puds de carbón importados del extranjero. Simultáneamente, nos quedamos sin petróleo: los yacimientos petrolíferos, todos y cada uno, pasaron a manos de nuestros enemigos.

Hay que tener una jeta de bronce para hablar, ante estos hechos, de la influencia destructiva de una socialización «prematura», «bárbarora», etc.

Una industria que carece por completo de combustible y materias primas —ya pertenezca esa industria a un trust capitalista o al Estado obrero, ya estén sus fábricas socializadas o no—, sus chimeneas no echarán humo en ningún caso sin carbón ni petróleo.

Algo se podría aprender sobre esto, por ejemplo, en Austria; y a fin de cuentas, en la propia Alemania.

Una fábrica de tejidos administrada según los mejores métodos kautskianos —si es que admitimos que algo en absoluto puede ser administrado por métodos kautskianos, excepto el propio tintero— no producirá estampados si no se le suministra algodón. Y nosotros nos vimos privados simultáneamente tanto del algodón de Turkestán como del estadounidense. Además, como ya se ha señalado, no teníamos combustible.

Por supuesto, el bloqueo y la guerra civil fueron el resultado de la revolución proletaria en Rusia. Pero de ello no se deduce en absoluto que la terrible devastación causada por el bloqueo anglo-americano-francés y las campañas de rapiña de Kolchak y Denikin deba achacarse al descrédito de los métodos soviéticos de organización económica.

La guerra imperialista que precedió a la revolución, con sus exigencias materiales y técnicas que todo lo devoraban, impuso a nuestra joven industria una tensión mucho mayor que a la industria de los países capitalistas más poderosos.

Nuestro transporte sufrió de manera particularmente grave. La explotación de los ferrocarriles aumentó considerablemente; el desgaste, correspondientemente; mientras que las reparaciones se redujeron al mínimo estricto.

La hora inevitable de Némesis se vio abodiacida por la crisis de combustible. Nuestra pérdida casi simultánea del carbón del Donetz, del carbón extranjero y del petróleo del Cáucaso nos obligó, en el ámbito del transporte, a recurrir a la madera. Y, como las reservas de combustible de madera no estaban calculadas en absoluto con vistas a esta situación, tuvimos que alimentar nuestras calderas con madera verde recién almacenada, lo que ejerce un efecto sumamente destructivo sobre los mecanismos de unas locomotoras que ya estaban desgastadas.

Vemos, en consecuencia, que las razones principales del colapso del transporte precedieron a noviembre de 1917. Pero incluso aquellas razones que están directa o indirectamente vinculadas con la Revolución de Noviembre entran en la categoría de las consecuencias políticas de la revolución; y bajo ningún concepto afectan a los métodos económicos socialistas.

La influencia de los disturbios políticos en la esfera económica no se limitó únicamente a las cuestiones de transporte y combustible. Si la industria mundial, durante la última década, se estaba convirtiendo cada vez más en un solo organismo, con mayor razón se aplica esto directamente a la industria nacional.

Por otra parte, la guerra y la revolución rompían mecánicamente y desgarraban la industria rusa en todas direcciones. La ruina industrial de Polonia, la periferia báltica y, más tarde, de Petrogrado, comenzó bajo el zarismo y continuó bajo Kerenski, abarcando regiones cada vez más nuevas.

Las interminables evacuaciones, simultáneas a la destrucción de la industria, significaban necesariamente también la destrucción del transporte. Durante la guerra civil, con sus frentes cambiantes, las evacuaciones adquirieron un carácter más febril y, por consiguiente, aún más destructivo. Cada bando evacuaba temporal o permanentemente este o aquel centro industrial y tomaba todas las medidas posibles para garantizar que las empresas industriales más importantes no pudieran ser utilizadas por el enemigo: todas las máquinas valiosas eran retiradas, o al menos sus partes más delicadas, junto con los técnicos y los mejores trabajadores.

A la evacuación le seguía una reevacuación, que no pocas veces completaba la destrucción tanto de los bienes trasladados como de los ferrocarriles. Algunas zonas industriales importantísimas —especialmente en Ucrania y en los Urales— cambiaron de manos varias veces.

A esto hay que añadir que, en el momento en que la destrucción de equipos técnicos se llevaba a cabo a una escala sin precedentes, el suministro de maquinaria del extranjero, que hasta entonces había desempeñado un papel decisivo en nuestra industria, había cesado por completo.

Pero no solo los elementos muertos de la producción —edificios, máquinas, rieles, combustible y materias primas— sufrieron terribles pérdidas bajo los golpes combinados de la guerra y la revolución.

No menos, si no más, sufrió el factor principal de la industria, su fuerza creativa viva: el proletariado.

  • El proletariado estaba consolidando la revolución de noviembre, construyendo y defendiendo el aparato del poder soviético y librando una lucha incesante contra la Guardia Blanca.
  • Los obreros calificados son, por regla general, los más avanzados al mismo tiempo.
  • La guerra civil arrancó a muchas decenas de miles de los mejores trabajadores durante mucho tiempo del trabajo productivo, devorando a muchos miles de ellos para siempre.
  • La revolución socialista colocó la carga principal de sus sacrificios sobre la vanguardia proletaria y, en consecuencia, sobre la industria.

Toda la atención del Estado soviético ha estado dirigida, durante los dos años y medio de su existencia, al problema de la defensa militar. Las mejores fuerzas y sus principales recursos fueron entregados al frente.

En todo caso, la lucha de clases asesta golpes a la industria. Esa acusación, mucho antes que a Kautsky, le fue dirigida a esta por todos los filósofos de la armonía social.

Durante las huelgas económicas simples, los trabajadores consumen y no producen. Aún más poderosos son, por lo tanto, los golpes asestados a la vida económica por la lucha de clases en su forma más severa: bajo la forma de conflictos armados.

Pero resulta bastante claro que la guerra civil no puede clasificarse bajo el rubro de los métodos económicos socialistas.

Las razones enumeradas más arriba son más que suficientes para explicar la difícil situación económica de la Rusia soviética.

No hay combustible, no hay metal, no hay algodón, el transporte está destruido, el equipo técnico se encuentra desorganizado, la fuerza de trabajo viva está dispersa por todo el país y un alto porcentaje de ella se ha perdido en el frente; ¿acaso hay necesidad de buscar razones suplementarias en el utopismo económico de los bolcheviques para explicar la caída de nuestra industria?

Por el contrario, cada una de las razones citadas por sí sola basta para plantear la pregunta: ¿cómo es posible en absoluto que, en tales condiciones, las fábricas y los talleres sigan funcionando?

Y, sin embargo, continúan principalmente bajo la forma de industria de guerra, la cual vive actualmente a expensas del resto. El Gobierno soviético se vio obligado a recrearla, al igual que el ejército, a partir de fragmentos.

La industria de guerra, restablecida bajo estas condiciones de dificultad sin precedentes, ha cumplido y está cumpliendo con su deber: el Ejército Rojo está vestido, calzado, equipado con su fusil, su ametralladora, su cañón, su bala, su obús, su aeroplano y todo lo demás que requiere.

Tan pronto como alboreó la paz —tras la destrucción de Kolchak, Yúdenich y Denikin— nos planteamos el problema de la organización económica de la forma más amplia posible.

Y ya, en el transcurso de tres o cuatro meses de intenso trabajo en este ámbito, ha quedado claro, sin la menor sombra de duda, que, gracias a su íntima conexión con las masas populares, a la elasticidad de su aparato y a su propia iniciativa revolucionaria, el Gobierno soviético dispone de tales recursos y métodos para la reconstrucción económica como ningún otro gobierno ha tenido jamás ni tiene hoy en día.

Es verdad que ante nosotros surgieron cuestiones y dificultades totalmente nuevas en la esfera de la organización del trabajo. La teoría socialista no tenía respuestas para estas preguntas, ni podía tenerlas. Tuvimos que encontrar la solución en la práctica y ponerla a prueba en la práctica.

El kautskianismo está toda una época rezagado respecto a los gigantescos problemas económicos que está resolviendo actualmente el Gobierno Soviético. Bajo la forma del menchevismo, nos pone obstáculos constantemente en el camino, oponiéndose a las medidas prácticas de nuestra reconstrucción económica con prejuicios burgueses y escepticismo burocrático-intelectual.

Para introducir al lector en la esencia misma de las cuestiones de la organización del trabajo, tal como se presentan actualmente ante nosotros, citamos a continuación el informe del autor de este libro en el III Congreso Panruso de Sindicatos. Con el objeto de lograr la más completa elucidación posible de la cuestión, el texto del discurso se complementa con considerables extractos de los informes del autor en el Congreso Panruso de Consejos Económicos y en el IX Congreso del Partido Comunista.

Informe sobre la Organización del Trabajo

Camaradas, la guerra civil interna está llegando a su fin. En el frente occidental, la situación sigue sin decidirse. Es posible que la burguesía polaca desafíe a su destino... Pero incluso en este caso —que no buscamos— la guerra no exigirá de nosotros esa concentración devoradora de fuerzas que nos impuso la lucha simultánea en cuatro frentes.

La terrible presión de la guerra se va debilitando. Las necesidades y los problemas económicos ocupan cada vez más el primer plano. La historia nos conduce, en toda la línea, hacia nuestro problema fundamental: la organización del trabajo sobre nuevas bases sociales.

La organización del trabajo es, en su esencia, la organización de la nueva sociedad: toda forma histórica de sociedad es, en su fundamento, una forma de organización del trabajo. Mientras que toda forma de sociedad anterior fue una organización del trabajo en interés de una minoría, la cual organizó su aparato estatal para la opresión de la abrumadora mayoría de los trabajadores, nosotros estamos realizando el primer intento en la historia universal de organizar el trabajo en interés de la propia mayoría trabajadora.

Esto, sin embargo, no excluye el elemento de coacción en todas sus formas, tanto las más suaves como las extremadamente severas. El elemento de coacción estatal no solo no desaparece de la escena histórica, sino que, por el contrario, seguirá desempeñando, durante un período considerable, un papel extremadamente prominente.

Como regla general, el hombre se esfuerza por evitar el trabajo. El amor por el trabajo no es en absoluto una característica innata: es creado por la presión económica y la educación social.

Se puede decir incluso que el hombre es un animal bastante perezoso. En realidad, sobre esta cualidad se funda en gran medida todo el progreso humano; porque si el hombre no se esforzara por gastar su energía económicamente, no buscara recibir la mayor cantidad posible de productos a cambio de una pequeña cantidad de energía, no habría existido el desarrollo técnico ni la cultura social.

Parecería entonces, desde este punto de vista, que la pereza humana es una fuerza progresista. El viejo Antonio Labriola, el marxista italiano, solía incluso imaginar al hombre del futuro como un «genio feliz y perezoso».

No debemos, sin embargo, sacar la conclusión de que el partido y los sindicatos deban propagar esta cualidad en su agitación como un deber moral. No, no. Ya tenemos bastante con la que hay.

El problema que se le plantea a la organización social es precisamente el de encuadrar la «pereza» dentro de unos límites definidos, disciplinarla y agrupar a la humanidad con la ayuda de métodos y medidas inventados por la propia humanidad.

# Servicio de Trabajo Obligatorio

La clave de la organización económica es la fuerza de trabajo, calificada, elementalmente capacitada, semicalificada, no capacitada o no calificada.

Elaborar métodos para su registro exacto, su movilización, distribución y aplicación productiva significa resolver prácticamente el problema de la construcción económica.

Este es un problema para toda una época; un problema gigantesco. Su dificultad se ve intensificada por el hecho de que tenemos que reconstruir el trabajo sobre bases socialistas en condiciones de una pobreza hasta ahora desconocida y de una miseria aterradora.

Cuanto más gastado está nuestro parque de maquinaria, más desorganizados se vuelven nuestros ferrocarriles, cuantas menos esperanzas nos quedan de recibir máquinas en una medida significativa del extranjero en un futuro próximo, mayor es la importancia que adquiere la cuestión de la fuerza de trabajo viva.

A primera vista parecería que abunda. ¿Pero cómo vamos a disponer de ella? ¿Cómo vamos a aplicarla? ¿Cómo vamos a organizarla productivamente?

Ya con la limpieza de los ventisqueros en las vías férreas, nos enfrentamos a dificultades muy grandes. Era absolutamente imposible superar esas dificultades mediante la compra de fuerza de trabajo en el mercado, con el insignificante poder adquisitivo actual del dinero y en la más absoluta ausencia de productos manufacturados.

Nuestras necesidades de combustible no pueden satisfacerse, ni siquiera parcialmente, sin una aplicación masiva, a una escala hasta ahora desconocida, de fuerza de trabajo para las labores en madera, combustible, turba y pizarra combustible.

La guerra civil ha causado estragos en nuestros ferrocarriles, nuestros puentes, nuestros edificios, nuestras estaciones. Necesitamos de inmediato decenas y cientos de miles de manos para restablecer el orden en todo esto.

Para la producción a gran escala en nuestras empresas madereras, de turba y de otro tipo, necesitamos viviendas para nuestros trabajadores, aunque solo sean chozas provisionales. De ahí, nuevamente, la necesidad de dedicar una cantidad considerable de fuerza de trabajo a los trabajos de construcción. Se requieren muchos trabajadores para organizar la navegación fluvial; y así sucesivamente...

La industria capitalista utiliza fuerza de trabajo auxiliar a gran escala, bajo la forma de campesinos empleados en la industria solo durante una parte del año.

La aldea, estrangulada por las garras de la falta de tierras, siempre arrojaba al mercado un cierto excedente de fuerza de trabajo. El Estado la obligaba a hacer esto mediante su demanda de impuestos. El mercado ofrecía al campesino manufacturas.

Hoy no tenemos nada de esto. La aldea ha adquirido más tierra; no hay suficiente maquinaria agrícola; se necesitan trabajadores para la tierra; la industria actualmente apenas puede dar nada a la aldea; y el mercado ya no ejerce una influencia atractiva sobre la fuerza de trabajo.

Sin embargo, se requiere fuerza de trabajo; se requiere más que nunca antes. No solo el obrero, sino también el campesino, deben dar su energía al Estado soviético para garantizar que la Rusia laboriosa, y con ella las masas trabajadoras, no sean aplastadas. El único modo de atraer la fuerza de trabajo necesaria para nuestros problemas económicos es introducir el servicio de trabajo obligatorio.

El principio mismo del servicio de trabajo obligatorio es para el comunista totalmente indiscutible.

“El que no trabaja, no come”.

Y como todos deben comer, todos están obligados a trabajar.

El servicio de trabajo obligatorio está esbozado en nuestra Constitución y en nuestro Código de Trabajo. Pero hasta ahora siempre ha permanecido como un mero principio. Su aplicación ha tenido siempre un carácter accidental, parcial y episódico.

Solo ahora, cuando a lo largo de toda la línea hemos llegado a la cuestión del renacimiento económico del país, se han planteado ante nosotros los problemas del servicio de trabajo obligatorio de la manera más concreta posible.

La única solución a las dificultades económicas que es correcta desde el punto de vista tanto del principio como de la práctica consiste en tratar a la población de todo el país como el reservorio de la fuerza de trabajo necesaria —un reservorio casi inagotable— e introducir un orden estricto en la labor de su registro, movilización y utilización.

¿Cómo hemos de comenzar en la práctica la utilización de la fuerza de trabajo sobre la base del servicio militar obligatorio?

Hasta ahora solo el Departamento de Guerra ha tenido experiencia en la esfera del registro, movilización, formación y transferencia de un lugar a otro de grandes masas.

Estos métodos y principios técnicos fueron heredados por nuestro Departamento de Guerra, en una medida considerable, del pasado.

En la esfera económica no existe semejante herencia; puesto que en dicha esfera existía el principio de la propiedad privada, y la fuerza de trabajo entraba en cada fábrica separadamente desde el mercado. Es consecuentemente natural que nos veamos obligados, al menos durante el primer período, a hacer uso del aparato del Ministerio de la Guerra a gran escala para las movilizaciones de trabajo.

Hemos creado organizaciones especiales para la aplicación del principio del servicio de trabajo obligatorio en el centro y en las regiones: en las provincias, en los distritos y en las zonas rurales ya tenemos comités de trabajo obligatorio en funcionamiento.

Se apoyan en su mayor parte en los órganos centrales y locales del Departamento de Guerra.

Nuestros centros económicos —el Consejo Económico Supremo, el Comisariado del Pueblo de Agricultura, el Comisariado del Pueblo de Vías y Comunicaciones, el Comisariado del Pueblo de Alimentación— elaboran estimaciones de la mano de obra que necesitan.

El Comité Principal para el Servicio de Trabajo Obligatorio recibe estas estimaciones, las coordina, las armoniza con los recursos locales de mano de obra, da las instrucciones correspondientes a sus órganos locales y, a través de ellos, lleva a cabo las movilizaciones laborales.

Dentro de los límites de las regiones, provincias y distritos, los organismos locales realizan este trabajo de forma independiente, con el objetivo de satisfacer las necesidades económicas locales.

Toda esta organización se encuentra actualmente en estado embrionario. Todavía es muy imperfecta. Pero el rumbo que hemos adoptado es indudablemente el correcto.

Si la organización de la nueva sociedad puede reducirse fundamentalmente a la reorganización del trabajo, la organización del trabajo significa a su vez la correcta introducción del servicio laboral general.

Este problema no se resuelve en modo alguno mediante medidas de carácter puramente departamental y administrativo.

Toca los cimientos mismos de la vida económica y de la estructura social.

Entra en conflicto con los hábitos psicológicos y los prejuicios más arraigados.

La introducción del servicio laboral obligatorio presupone, por una parte, una obra colosal de educación y, por la otra, el mayor cuidado posible en el método práctico adoptado.

La utilización de la fuerza de trabajo debe ser sumamente económica.

En nuestras movilizaciones laborales tenemos que contar con las condiciones económicas y sociales de cada región, y con las exigencias de la ocupación principal de la población local, es decir, de la agricultura.

Tenemos que aprovechar, de ser posible, las ocupaciones auxiliares anteriores y las industrias a tiempo parcial de la población local.

Tenemos que velar por que el traslado de la fuerza de trabajo movilizada se efectúe a través de las distancias más cortas posibles, es decir, hacia los sectores más cercanos del frente laboral.

Debemos velar por que el número de trabajadores movilizados corresponda a la magnitud de nuestro problema económico.

Debemos velar por que los trabajadores movilizados estén provistos a su debido tiempo de los instrumentos de producción necesarios y de alimentos.

Debemos velar por que al frente de ellos se coloquen instructores experimentados y eficaces.

Debemos velar por que los trabajadores movilizados se convencerán in situ de que su fuerza de trabajo se utiliza con cautela y economía, y no se malgasta al azar.

Siempre que sea posible, la movilización directa debe ser reemplazada por la tarea laboral, es decir, por la imposición al distrito rural de la obligación de suministrar, por ejemplo, en un tiempo determinado, cierto número de sazhenes cúbicos de madera, o de transportar en carro hasta cierta estación tantos puds de arrabio, etc.

En esta esfera, es fundamental estudiar la experiencia a medida que se acumula con especial cuidado, conceder una gran dosis de elasticidad al aparato económico, prestar mayor atención a los intereses locales y a las peculiaridades sociales de la tradición.

En una palabra, tenemos que completar, mejorar, perfeccionar el sistema, los métodos y los órganos para la movilización de la fuerza de trabajo.

Pero al mismo tiempo es necesario dejar perfectamente claro de una vez por todas que el principio mismo del servicio de trabajo obligatorio ha reemplazado tan radical y permanentemente al principio de la contratación libre como la socialización de los medios de producción ha reemplazado a la propiedad capitalista.

# La militarización del trabajo

La introducción del servicio de trabajo obligatorio es inconcebible sin la aplicación, en mayor o menor grado, de los métodos de militarización del trabajo. Este término nos introduce de inmediato en el terreno de las mayores supersticiones y protestas posibles por parte de la oposición.

Para comprender qué significa la militarización del trabajo en el Estado obrero, y cuáles son sus métodos, uno debe dejar en claro de qué manera el ejército mismo fue militarizado, pues, como todos sabemos, en sus primeros días el ejército no poseía en absoluto las cualidades «militares» necesarias.

Durante estos dos años movilizamos para el Ejército Rojo casi tantos soldados como miembros hay en nuestros sindicatos. Pero los miembros de los sindicatos son obreros, mientras que en el ejército los obreros constituyen alrededor del 15 por ciento, siendo el resto una masa campesina.

Y, a pesar de todo, no nos cabe duda de que el verdadero constructor y «militarizador» del Ejército Rojo ha sido el obrero de vanguardia, impulsado por el partido y la organización sindical.

Siempre que la situación en el frente era difícil, siempre que la masa campesina recientemente movilizada no mostraba la estabilidad suficiente, acudíamos, por un lado, al Comité Central del Partido Comunista y, por el otro, al Consejo Panruso de Sindicatos. De ambas fuentes se enviaba a los obreros de vanguardia al frente, y allí construían el Ejército Rojo a su propia imagen y semejanza, educando, endureciendo y militarizando a la masa campesina.

Este hecho debe tenerse presente hoy con toda la claridad posible, porque arroja la mejor luz posible sobre el significado de la militarización en el Estado de obreros y campesinos.

La militarización del trabajo ha sido planteada más de una vez como consigna y realizada en ramas separadas de la vida económica en los países burgueses, tanto en Occidente como en la Rusia bajo el zarismo.

Pero nuestra militarización se distingue de esos experimentos por sus fines y sus métodos, ni más ni menos que el proletariado consciente organizado para la emancipación se distingue de la burguesía consciente organizada para la explotación.

De la confusión, semiinconsciente y semideliberada, de dos formas históricas diferentes de militarización —la proletaria o socialista y la burguesa— surgen la mayor parte de los prejuicios, errores, protestas y clamores sobre este tema.

Es sobre semejante confusión de significados que se funda toda la postura de los mencheviques, nuestros kautskianos rusos, tal como quedó expresada en su resolución teórica presentada en el presente Congreso de Sindicatos.

Los mencheviques no solo atacaron la militarización del trabajo, sino también el servicio laboral general. Rechazan estos métodos por considerarlos «coactivos». Predican que el servicio laboral general implica una baja productividad del trabajo, mientras que la militarización significa una dispersión sin sentido de la fuerza de trabajo.

“El trabajo obligatorio es siempre trabajo improductivo”, tal es la frase exacta de la resolución menchevique. Esta afirmación nos lleva de lleno a la esencia misma de la cuestión. Pues, como vemos, la cuestión no radica en absoluto en si es prudente o imprudente declarar militarizada esta o aquella fábrica, ni en si resulta útil o no dotar al tribunal revolucionario militar de poderes para castigar a los obreros corrompidos que roban materiales e instrumentos, tan preciosos para nosotros, o que sabotean su trabajo. No, los mencheviques han ido mucho más allá en la cuestión. Al afirmar que el trabajo obligatorio es siempre improductivo, intentan con ello cortar la hierba bajo los pies de nuestra reconstrucción económica en la presente época de transición. Pues está fuera de toda duda que pasar de la anarquía burguesa a la economía socialista sin una dictadura revolucionaria y sin formas obligatorias de organización económica es imposible.

En el primer párrafo de la resolución menchevique se nos dice que estamos viviendo en el período de transición del método capitalista de producción al socialista.

¿Qué significa esto? Y, ante todo, ¿de dónde sale esto? ¿Desde cuándo ha sido esto admitido por nuestros kautskianos?

Nos acusaron —y esto constituía el fundamento de nuestras diferencias— de utopismo socialista; declararon —y esto constituía la esencia de su enseñanza política— que en nuestra época no se puede hablar de la transición al socialismo, que nuestra revolución es una revolución burguesa, que nosotros, los comunistas, nos limitamos a destruir la economía capitalista y que no estamos conduciendo al país hacia adelante, sino que lo estamos haciendo retroceder.

Esta era la diferencia fundamental —la más profunda, la más irreconciliable— de la cual se derivaban todas las demás.

Ahora los mencheviques nos dicen de paso, en el párrafo introductorio de su resolución, como algo que no necesita demostración, que nos encontramos en el período de transición del capitalismo al socialismo.

Y esta admisión bastante inesperada, que, cabría pensar, se parece muchísimo a una capitulación en toda regla, se hace tanto más a la ligera y descuidadamente cuanto que, como demuestra toda la resolución, no impone ninguna obligación revolucionaria a los mencheviques. Siguen siendo prisioneros por completo de la ideología burguesa.

Tras reconocer que nos encontramos en el camino hacia el socialismo, los mencheviques atacan con aún mayor ferocidad aquellos métodos sin los cuales, en las duras y difíciles condiciones de la actualidad, no se puede llevar a cabo la transición al socialismo.

El trabajo obligatorio, se nos dice, es siempre improductivo. Preguntamos qué significa aquí trabajo obligatorio, es decir, ¿a qué clase de trabajo se opone? Obviamente, al trabajo libre.

¿Qué debemos entender, en ese caso, por trabajo libre? Dicha frase fue formulada por los filósofos progresistas de la burguesía, en la lucha contra el trabajo no libre, es decir, contra el trabajo servil de los campesinos y contra el trabajo estandarizado y regulado de los gremios artesanales.

Trabajo libre significaba trabajo que podía ser comprado «libremente» en el mercado; la libertad se reducía a una ficción jurídica, sobre la base de la esclavitud libremente contratada. No conocemos otra forma de trabajo libre en la historia.

Que los muy escasos representantes de los mencheviques en este Congreso nos expliquen qué entienden por trabajo libre, no obligatorio, si no es el mercado de la fuerza de trabajo.

La historia ha conocido el trabajo esclavo. La historia ha conocido el trabajo siervo. La historia ha conocido el trabajo regulado de los gremios artesanales medievales.

En todo el mundo impera ahora el trabajo asalariado, al cual los periodistas vendidos de todos los países oponen, como la forma más alta posible de libertad, a la «esclavitud» soviética.

Nosotros, en cambio, oponemos a la esclavitud capitalista el trabajo socialmente regulado sobre la base de un plan económico, obligatorio para todo el pueblo y, por consiguiente, obligatorio para cada trabajador del país. Sin esto no podemos ni soñar con la transición hacia el socialismo.

El elemento de compulsión material y física puede ser mayor o menor; eso depende de muchas condiciones: del grado de riqueza o pobreza del país, de la herencia del pasado, del nivel general de cultura, del estado del transporte, del aparato administrativo, etcétera, etcétera.

Pero la obligación y, por consiguiente, la compulsión son condiciones esenciales para dominar la anarquía burguesa, para asegurar la socialización de los medios de producción y del trabajo, y para reconstruir la vida económica sobre la base de un plan único.

Para el liberal, la libertad a la larga significa el mercado. Que el capitalista pueda o no comprar fuerza de trabajo a un precio moderado —esa es para él la única medida de la libertad de trabajo. Esa medida es falsa, no sólo en relación con el futuro sino también en relación con el pasado.

Sería absurdo imaginar que, durante la época del derecho de servidumbre, el trabajo se realizaba enteramente bajo la férula de la compulsión física, como si un capataz estuviera con un látigo a espaldas de cada campesino.

Las formas medievales de vida económica surgieron de condiciones de producción definidas, y crearon formas definidas de vida social a las que el campesino se acostumbró y que, en ciertos períodos, consideró justas o, en cualquier caso, inalterables.

Siempre que él, bajo la influencia de un cambio en las condiciones materiales, mostraba hostilidad, el Estado descendía sobre él con su fuerza material, mostrando así el carácter compulsivo de la organización del trabajo.

Los fundamentos de la militarización del trabajo son aquellas formas de coacción estatal sin las cuales la sustitución de la economía capitalista por la socialista seguirá siendo para siempre una mera palabra vacía.

¿Por qué hablamos de militarización? Por supuesto, esto es solo una analogía, pero una analogía de muy rico contenido.

Ninguna organización social, a excepción del ejército, se ha considerado jamás justificada para subordinarse a los ciudadanos en tal medida y para controlarlos con su voluntad por todas partes hasta tal grado como el Estado de la dictadura proletaria se considera justificado para hacerlo, y lo hace.

Solo el ejército —precisamente porque a su manera solía decidir las cuestiones de vida o muerte de las naciones, los Estados y las clases dominantes— estaba dotado de facultades para exigir de cada uno y de todos la sumisión completa a sus problemas, objetivos, normativas y órdenes. Y lo logramos en mayor medida cuanto más coincidían los problemas de la organización militar con los requisitos del desarrollo social.

La cuestión de la vida o la muerte de la Rusia soviética se está decidiendo actualmente en el frente del trabajo; nuestras organizaciones económicas, y junto con ellas nuestras organizaciones profesionales y productivas, tienen el derecho de exigir a sus miembros toda la devoción, la disciplina y el rigor ejecutivo que hasta ahora solo exigía el ejército.

Por otra parte, la relación del capitalista con el trabajador no se funda en absoluto meramente en el contrato «libre», sino que incluye los elementos muy poderosos de la regulación estatal y la compulsión material.

La competencia de capitalista con capitalista confería una realidad cierta y muy limitada a la ficción de la libertad de trabajo; pero esta competencia, reducida a un mínimo por los trusts y los sindicatos, la hemos eliminado finalmente al destruir la propiedad privada de los medios de producción.

La transición al Socialismo, reconocida verbalmente por los mencheviques, significa la transición de la distribución anárquica de la fuerza de trabajo —mediante el juego de la compra y la venta, el movimiento de los precios de mercado y los salarios— a la distribución sistemática de los trabajadores por las organizaciones económicas del condado, de la provincia y de todo el país.

Una forma tal de distribución planificada presupone la subordinación de los distribuidos al plan económico del Estado. Y esta es la esencia del servicio de trabajo obligatorio, que entra inevitablemente en el programa de la organización socialista del trabajo como su elemento fundamental.

Si la vida económica organizada es inconcebible sin el servicio de trabajo obligatorio, este último no puede realizarse sin la abolición de la ficción de la libertad de trabajo y sin la sustitución de esta por el principio obligatorio, complementado por la coacción real.

Que el trabajo libre sea más productivo que el trabajo obligatorio es muy cierto cuando se refiere al periodo de transición de la sociedad feudal a la sociedad burguesa.

Pero hay que ser liberal —o, en la actualidad, kautskiano— para convertir esa verdad en permanente y trasladar su aplicación al periodo de transición del orden burgués al socialista.

Si fuera cierto que el trabajo obligatorio es improductivo siempre y bajo cualquier condición, como afirma la resolución menchevique, todo nuestro trabajo constructivo estaría condenado al fracaso. Pues no podemos tener otro camino hacia el socialismo que la regulación autoritaria de las fuerzas y los recursos económicos del país, y la distribución centralizada de la fuerza de trabajo en armonía con el plan general del Estado.

El Estado obrero se considera facultado para enviar a cada trabajador al lugar donde su trabajo sea necesario. Y ningún socialista serio empezará a negarle al Estado obrero el derecho de echar mano al trabajador que se niega a cumplir con su deber laboral.

Pero el quid de la cuestión es que la vía menchevique de transición hacia el «socialismo» es una vía láctea, sin monopolio del pan, sin abolición del mercado, sin dictadura revolucionaria y sin militarización del trabajo.

Sin servicio laboral general, sin el derecho de ordenar y exigir el cumplimiento de las órdenes, los sindicatos se transformarán en una mera forma sin contenido real; pues el joven Estado socialista necesita de los sindicatos, no para una lucha por mejores condiciones de trabajo —esa es la tarea de las organizaciones sociales y estatales en su conjunto—, sino para organizar a la clase trabajadora con fines de producción, para educar, disciplinar, distribuir, agrupar, retener a ciertas categorías y a ciertos trabajadores en sus puestos por períodos determinados; en una palabra, para ejercer su autoridad, mano a mano con el Estado, con el fin de encuadrar a los trabajadores en el marco de un plan económico único.

Defender, en tales condiciones, la «libertad» del trabajo significa defender la búsqueda infructuosa, desvalida y absolutamente desregulada de mejores condiciones, los cambios asistemáticos y caóticos de fábrica en fábrica, en un país hambriento, en condiciones de terrible desorganización del aparato de transporte y de abastecimiento...

¿Qué otra cosa, sino el colapso total de la clase trabajadora y la completa anarquía económica, podría ser el resultado del estúpido intento de conciliar la libertad burguesa de trabajo con la socialización proletaria de los medios de producción?

En consecuencia, camaradas, la militarización del trabajo, en el sentido fundamental que he indicado, no es la invención de políticos individuales ni un invento de nuestro Departamento de Guerra, sino que representa el método inevitable de organización y disciplinamiento de la fuerza de trabajo durante el período de transición del capitalismo al socialismo.

Y si la distribución forzosa de la fuerza de trabajo, su retención breve o prolongada en determinadas industrias y fábricas, su regulación dentro del marco del plan económico general del Estado —si estas formas de coerción conducen siempre y en todas partes, como afirma la resolución menchevique, a la disminución de la productividad—, entonces pueden alzar un monumento sobre la tumba del socialismo.

Porque no podemos construir el socialismo sobre una producción disminuida. Toda organización social es en su fundamento una organización del trabajo, y si nuestra nueva organización del trabajo conduce a una reducción de su productividad, ello conduce de la manera más fatal a la destrucción de la sociedad socialista que estamos construyendo, por mucho que le demos vueltas y revueltas, cualquiera que sea el método de salvación que inventemos.

Por eso afirmé al principio mismo que el argumento menchevique contra la militarización nos conduce a la cuestión fundamental de la obligación laboral general y de su influencia en la productividad del trabajo.

¿Es verdad que el trabajo obligatorio es siempre improductivo? Debemos responder que eso es el prejuicio liberal más patético y sin valor.

Todo el problema consiste en: ¿quién aplica el principio de coacción, sobre quién y con qué propósito? ¿Qué Estado, qué clase, bajo qué condiciones, por qué métodos?

Incluso la organización de la servidumbre fue, en ciertas condiciones, un paso adelante y condujo al incremento de la productividad del trabajo.

La producción ha crecido enormemente bajo el capitalismo, es decir, en la época de la libre compra y venta de fuerza de trabajo en el mercado. Pero el trabajo libre, junto con la totalidad del capitalismo, entró en la etapa del imperialismo y se hizo saltar por los aires en la guerra imperialista.

Toda la vida económica del mundo entró en un período de anarquía sangrienta, perturbaciones monstruosas, empobrecimiento, extinción y destrucción de masas populares. ¿Podemos, en tales condiciones, hablar de la productividad del trabajo libre, cuando los frutos de ese trabajo son destruidos diez veces más rápido de lo que son creados?

La guerra imperialista, y la que le siguió, demostraron la imposibilidad de que la sociedad siga existiendo sobre los cimientos del trabajo libre.

¿O acaso alguien posee el secreto de cómo separar el trabajo libre del delirium tremens del imperialismo, es decir, de hacer retroceder el reloj del desarrollo social medio siglo o un siglo?

Si resultara que la organización planificada, y por consiguiente obligatoria, del trabajo que está surgiendo para reemplazar al imperialismo condujera al empobrecimiento de la vida económica, significaría la destrucción de toda nuestra cultura y un movimiento retrógrado de la humanidad de regreso a la barbarie y el salvajismo.

Por fortuna, no sólo para la Rusia soviética sino para toda la humanidad, la filosofía de la baja productividad del trabajo obligatorio —«en todas partes y bajo todas las condiciones»— no es sino un eco tardío de viejas melodías liberales. La productividad del trabajo es el significado productivo total de la más compleja combinación de condiciones sociales, y no se mide ni se predetermina en lo más mínimo por la forma jurídica del trabajo.

Toda la historia humana es la historia de la organización y educación del hombre colectivo para el trabajo, con el objeto de alcanzar un nivel superior de productividad.

El hombre, como ya me he permitido señalar, es perezoso; es decir, se esfuerza instintivamente por recibir la mayor cantidad posible de productos por el menor gasto posible de energía.

Sin semejante esfuerzo, no habría existido desarrollo económico. El crecimiento de la civilización se mide por la productividad del trabajo humano, y cada nueva forma de relaciones sociales debe pasar por una prueba en tales líneas.

“Libre”, es decir, la mano de obra contratada libremente, no apareció de golpe en el mundo con todos los atributos de la productividad. Adquirió un alto nivel de productividad solo de manera gradual, como resultado de la aplicación prolongada de métodos de organización del trabajo y de educación laboral.

En esa educación intervinieron los métodos y prácticas más diversos, que además cambiaban de una época a otra.

  • Antes que nada, la burguesía expulsó al campesino de la aldea hacia el camino real a garrotazos, tras haberle robado previamente sus tierras, y cuando este no quería trabajar en la fábrica, le marcaba la frente con hierros hirviendo, lo ahorcaba, lo mandaba a la horca; y, a la larga, le enseñó al vagabundo que había sido expulsado de su aldea a pararse ante el torno de la fábrica.

En esta etapa, como vemos, el trabajo “libre” difiere aún muy poco del trabajo forzado, tanto en sus condiciones materiales como en su aspecto legal.

En diferentes épocas, la burguesía combinó los hierros al rojo vivo de la represión en distintas proporciones con métodos de influencia moral y, ante todo, la enseñanza del sacerdote.

Ya en el siglo XVI, reformó la antigua religión del catolicismo, que defendía el orden feudal, y adaptó para sí una nueva religión en la forma de la Reforma, que combinaba el alma libre con el libre comercio y el trabajo libre.

Halló para sí nuevos sacerdotes, que se convirtieron en los dependientes espirituales, en los piadosos saltimbanquis del mostrador de la burguesía. La escuela, la prensa, la plaza pública y el parlamento fueron adaptados por la burguesía para la conformación moral de la clase trabajadora.

Diferentes formas de salarios —salarios por día, a destrato, por contrato y negociación colectiva—, todas ellas son meramente métodos cambiantes en manos de la burguesía para la movilización laboral del proletariado.

A esto se añaden toda clase de formas para fomentar el trabajo y excitar la ambición.

Por fin, la burguesía aprendió a apoderarse incluso de los sindicatos —es decir, de las organizaciones de la propia clase obrera—, y se sirvió de ellos a gran escala, particularmente en Gran Bretaña, para disciplinar a los trabajadores.

Domesticó a los líderes y, con su ayuda, inoculó a los obreros la ficción de la necesidad de un trabajo orgánico pacífico, de una actitud irreprochable ante sus deberes y de una estricta ejecución de las leyes del Estado burgués.

La cúspide de toda esta obra es el taylorismo, en el cual los elementos de la organización científica del proceso de producción se combinan con los métodos más concentrados del sistema de sweating (explotación intensiva).

De todo lo dicho anteriormente, resulta evidente que la productividad del trabajo libremente contratado no es algo que haya aparecido de golpe, perfeccionado, presentado por la historia en una bandeja de plata.

No, fue el resultado de una política larga y terca de represión, educación, organización y estímulo, aplicada por la burguesía en sus relaciones con la clase trabajadora.

Paso a paso aprendió a exprimir de los trabajadores cada vez más productos del trabajo; y una de sus armas más poderosas resultó ser la proclamación de la contratación libre como la única forma de trabajo libre, normal, sana, productiva y salvadora.

Una forma jurídica de trabajo que garantice por su propia virtud su productividad no se ha conocido en la historia, y no puede ser conocida.

La superestructura jurídica del trabajo corresponde a las relaciones y a las ideas vigentes de la época. La productividad del trabajo se desarrolla, sobre la base del desarrollo de las fuerzas técnicas, mediante la educación laboral, mediante la adaptación gradual de los trabajadores a los métodos modificados de producción y a la nueva forma de relaciones sociales.

La creación de la sociedad socialista significa la organización de los trabajadores sobre nuevos fundamentos, su adaptación a esos fundamentos y su reeducación laboral, con el único e invariable fin del incremento en la productividad del trabajo.

La clase trabajadora, bajo la dirección de su vanguardia, debe reeducarse a sí misma sobre los fundamentos del socialismo. Quien no haya comprendido esto ignora el ABC de la construcción socialista.

¿Qué métodos tenemos, pues, para la reeducación de los trabajadores?

Infinitamente más amplios que los de la burguesía y, además, métodos honestos, directos, abiertos, no infectados ni por la hipocresía ni por la mentira.

La burguesía tuvo que recurrir al engaño, presentando su trabajo como libre, cuando en realidad no era meramente impuesto por la sociedad, sino verdaderamente trabajo esclavo. Pues era el trabajo de la mayoría en interés de la minoría.

Nosotros, por el contrario, organizamos el trabajo en interés de los propios trabajadores y, por lo tanto, no podemos tener motivos para ocultar o enmascarar el carácter socialmente obligatorio de nuestra organización del trabajo.

No necesitamos los cuentos de hadas ni de los sacerdotes, ni de los liberales, ni de los kautskianos. Decimos directa y abiertamente a las masas que solo pueden salvar, reconstruir y llevar a una condición floreciente un país socialista mediante el trabajo duro, la disciplina indiscutible y la exactitud en la ejecución por parte de cada trabajador.

El principal de nuestros recursos es la influencia moral: la propaganda no solo de palabra, sino de obra.

El servicio de trabajo general tiene un carácter obligatorio; pero esto no significa en absoluto que represente una violencia cometida contra la clase obrera.

Si el trabajo obligatorio se topara con la oposición de la mayoría de los trabajadores, resultaría ser un junco roto y, con él, todo el orden soviético.

La militarización del trabajo, cuando los trabajadores se oponen a ella, es la esclavitud estatal de Arakchéiev.

La militarización del trabajo por voluntad de los propios trabajadores es la dictadura socialista.

Que el servicio de trabajo obligatorio y la militarización del trabajo no coartan la voluntad de los trabajadores, como solía hacerlo el trabajo «libre», lo demuestra mejor el florecimiento, sin precedentes en la historia de la humanidad, del voluntariado laboral en forma de «sábbotniks» (sábados comunísticos).

Un fenómeno semejante no se había dado nunca antes, en ninguna parte ni en ningún momento.

Mediante su propio trabajo voluntario, libremente aportado —una vez a la semana y más a menudo—, los trabajadores demuestran claramente no solo su disposición a soportar el yugo del trabajo «obligatorio», sino su afán por entregar al Estado, además de eso, una cierta cantidad de trabajo adicional.

Los «sábbotniks» no son solo una espléndida demostración de solidaridad comunista, sino también la mejor garantía posible para la exitosa introducción del servicio de trabajo general.

Tales tendencias verdaderamente comunistas deben ser mostradas bajo su verdadera luz, ampliadas y desarrolladas con la ayuda de la propaganda.

El arma espiritual principal de la burguesía es la religión; la nuestra es la explicación abierta a las masas de la situación exacta de las cosas, la extensión de los conocimientos científicos y técnicos, y la iniciación de las masas en el plan económico general del Estado, sobre cuya base debe ponerse en juego toda la fuerza de trabajo de que dispone el régimen soviético.

La economía política nos proporcionó la sustancia principal de nuestra agitación en el período que acabamos de dejar: el orden social capitalista era un enigma, y nosotros explicamos ese enigma a las masas.

Hoy, los enigmas sociales son explicados a las masas por el mecanismo mismo del orden soviético, que atrae a las masas a todas las ramas de la administración. La economía política pasará cada vez más al ámbito de la historia. Avanzan y pasan a primer plano las ciencias que estudian la naturaleza y los métodos para subordinarla al hombre.

Los sindicatos deben organizar una labor educativa científica y técnica a la escala más amplia posible, de modo que cada trabajador en su propia rama de la industria encuentre los impulsos para el trabajo teórico del cerebro, y que este último lo devuelva a su vez al trabajo, perfeccionándolo y haciéndole más productivo.

La prensa en su conjunto debe alinearse con los problemas económicos del país —no solo en el sentido en que esto se hace actualmente, es decir, no en el sentido de una mera agitación general en favor de un renacimiento del trabajo—, sino en el sentido de la discusión y ponderación de los problemas y planes económicos concretos, las vías y medios para su solución y, lo más importante de todo, la comprobación y crítica de los resultados ya alcanzados.

Los periódicos deben seguir día a día la producción de las fábricas más importantes y de otras empresas, registrando sus éxitos y fracasos, alentando a unas y poniendo en la picota a otras...

El capitalismo ruso, como consecuencia de su tardanza, de su falta de independencia y de los rasgos parásitos que de ello se derivan, ha tenido mucho menos tiempo que el capitalismo europeo para educar técnicamente a las masas laboriosas, para formarlas y disciplinarlas de cara a la producción.

Ese problema recae ahora por entero sobre las organizaciones industriales del proletariado.

Un buen ingeniero, un buen mecánico y un buen carpintero deben tener en la República Soviética la misma publicidad y la misma fama de las que hasta ahora disfrutaban los agitadores destacados, los combatientes revolucionarios y, en el período más reciente, los comandantes y comisarios más valientes y capaces.

Los líderes mayores y menores del desarrollo técnico deben ocupar una posición central ante los ojos del público. Los malos trabajadores deben avergonzarse de hacer mal su trabajo.

Aún conservamos, y por mucho tiempo conservaremos, el sistema de salarios. Cuanto más avancemos, más se reducirá su importancia a garantizar a todos los miembros de sociedad todos los artículos de primera necesidad para la vida; y con ello dejará de ser un sistema de salarios.

Pero en el presente no somos suficientemente ricos para esto. Nuestro problema principal es elevar la cantidad de productos fabricados, y a este problema debe subordinarse todo lo demás.

En el difícil período actual, el sistema de salarios es para nosotros, ante todo, no un método para garantizar la existencia personal de cada trabajador por separado, sino un método para estimar lo que ese trabajador individual aporta con su labor a la República del Trabajo.

Por consiguiente, los salarios, tanto en forma de dinero como de mercancías, deben ponerse en la conexión más estrecha posible con la productividad del trabajo individual.

Bajo el capitalismo, el sistema de trabajo a destajo y de categorización, la aplicación del sistema Taylor, etc., tienen como objetivo aumentar la explotación de los trabajadores mediante la extracción de plusvalía.

Bajo la producción socialista, el trabajo a destajo, las bonificaciones, etc., tienen como problema aumentar el volumen del producto social y, en consecuencia, elevar el bienestar general.

Aquellos trabajadores que hacen más por el interés general que los demás reciben el derecho a una mayor cantidad de producto social que los perezosos, los descuidados y los desorganizadores.

Finalmente, cuando premia a unos, el Estado Laboral no puede dejar de castigar a otros: aquellos que infringen claramente la solidaridad obrera, socavan la obra común y perjudican gravemente el renacimiento socialista del país.

La represión para el logro de fines económicos es un arma necesaria de la dictadura socialista.

Todas las medidas enumeradas anteriormente —y junto con ellas una serie de otras— deben ayudar al desarrollo de la emulación en la esfera de la producción. Sin esto jamás nos elevaremos por encima del promedio, que es un nivel muy poco satisfactorio.

En la base de la emulación se halla el instinto vital —la lucha por la existencia— que en el orden burgués adquiere el carácter de competencia.

La emulación no desaparecerá ni siquiera en la sociedad socialista desarrollada; pero con la creciente garantía de los requisitos necesarios para la vida, la emulación adquirirá un carácter cada vez menos egoísta y puramente idealista. Se expresará en el afán de prestar el mayor servicio posible a la propia aldea, condado, ciudad o a toda la sociedad, y de recibir a cambio renombre, gratitud, simpatía o, finalmente, la mera satisfacción interna derivada de la conciencia de un trabajo bien hecho.

Pero en el difícil período de transición, en condiciones de extrema escasez de bienes materiales y del estado aún insuficientemente desarrollado de la solidaridad social, la emulación estará inevitablemente ligada, en mayor o menor grado, al afán de garantizar las propias necesidades.

Este, camaradas, es el conjunto de recursos de que dispone el Estado obrero para elevar la productividad del trabajo. Como vemos, aquí no hay una solución hecha. No la hallaremos escrita en ningún libro. Pues no podía existir tal libro. Nosotros recién estamos comenzando, junto con ustedes, a escribir ese libro con el sudor y la sangre de los obreros.

Decimos: hombres y mujeres que trabajan, ustedes han transitado hacia el camino del trabajo regulado. Solo por esa vía construirán la sociedad socialista.

Ante ustedes se plantea un problema que nadie resolverá por ustedes: el problema de aumentar la producción sobre nuevas bases sociales. A menos que resuelvan ese problema, perecerán. Si lo resuelven, elevarán a la humanidad entera de un cabezazo.

# Ejércitos del Trabajo

La cuestión de la aplicación de los ejércitos a fines laborales, que ha adquirido entre nosotros una importancia enórmese desde el punto de vista de los principios, fue abordada por nosotros por la vía de la práctica, no en absoluto sobre los cimientos de consideraciones teóricas.

En ciertas fronteras de la Rusia soviética, habían surgido circunstancias que habían dejado libres a considerables fuerzas militares por un período indefinido. Trasladarlas a otros frentes activos, especialmente en invierno, era difícil a consecuencia del desorden del transporte ferroviario.

Tal, por ejemplo, resultó ser la posición del Tercer Ejército, distribuido por las provincias de los Urales y la región de los Urales. Los principales trabajadores de ese ejército, comprendiendo que aún no podía ser desmovilizado, plantearon por iniciativa propia la cuestión de su traslado al trabajo laboral. Enviaron al centro un proyecto de decreto más o menos elaborado para un ejército de trabajo.

El problema era nuevo y difícil. ¿Trabajarían los soldados rojos? ¿Sería su trabajo suficientemente productivo? ¿Se pagaría a sí mismo?

A este respecto había dudas incluso en nuestras propias filas. Huelga decir que los mencheviques entonaron un coro de oposición. El mismo Abramóvich, en el Congreso de los Consejos Económicos convocado en enero o a principios de febrero —es decir, cuando todo el asunto estaba aún en fase de borrador—, predijo que sufriríamos un fracaso inevitable, ya que toda la empresa carecía de sentido, era una utopía de Arakchéyev, etc., etc.

Nosotros considerábamos el asunto de otro modo. Por supuesto que las dificultades eran grandes, pero no se distinguían en principio de muchas otras dificultades de la obra constructiva soviética.

Consideremos en realidad cuál era el organismo del Tercer Ejército. Tomados en conjunto, una división de fusileros y una división de caballería —un total de quince regimientos— y, además, unidades especiales. Las restantes formaciones militares ya habían sido trasladadas a otros ejércitos y frentes.

Pero el aparato de la administración militar había permanecido intacto hasta entonces, y considerábamos probable que en primavera tendríamos que trasladarlo a lo largo del Volga hacia el frente del Cáucaso, contra Denikin, si para entonces este no estaba definitivamente derrotado.

En conjunto, en el Tercer Ejército quedaban unos 120.000 soldados rojos en puestos administrativos, instituciones, unidades militares, hospitales, etc.

En esta masa general, de composición principalmente campesina, se contaban unos 16.000 comunistas y miembros de la organización de simpatizantes, en una medida considerable obreros de los Urales.

De este modo, en su composición y estructura, el Tercer Ejército representaba a una masa campesina unida en una organización militar bajo la dirección de los obreros de vanguardia.

En el ejército trabajaba un número considerable de especialistas militares, que desempeñaban importantes funciones militares mientras permanecían bajo el control general de los comunistas.

Si consideramos al Tercer Ejército desde este punto de vista general, veremos que representa en miniatura a toda la Rusia soviética.

Ya sea que tomemos al Ejército Rojo en su conjunto, o la organización del régimen soviético en el condado, la provincia o toda la República, incluidos los órganos económicos, encontraremos en todas partes el mismo esquema de organización:

  • millones de campesinos atraídos hacia nuevas formas de vida política, económica y social por los trabajadores organizados, que ocupan una posición de control en todas las esferas de la construcción soviética.

A los puestos que exigen conocimientos especiales, enviamos a expertos de la escuela burguesa. Se les concede la independencia necesaria, pero el control sobre su trabajo permanece en manos de la clase trabajadora, en la persona de su Partido Comunista.

La introducción del servicio de trabajo general es de nuevo concebible para nosotros únicamente como la movilización de la fuerza de trabajo, principalmente campesina, bajo la dirección de los trabajadores más avanzados.

De este modo no hubo, ni podía haber, ningún obstáculo de principio en el camino de la aplicación del ejército al trabajo.

En otras palabras, la oposición de principio a los ejércitos de trabajo, por parte de esos mismos mencheviques, era en realidad oposición al trabajo «obligatorio» en general, y por consiguiente, al servicio laboral general y a los métodos soviéticos de reconstrucción económica en su conjunto. Esta oposición no nos preocupó demasiado.

Naturalmente, el aparato militar como tal no está adaptado directamente al proceso del trabajo. Pero no nos hacíamos ilusiones al respecto.

El control debía permanecer en manos de los órganos económicos apropiados; el ejército suministraba la fuerza de trabajo necesaria en forma de unidades organizadas y compactas, aptas en masa para la ejecución de los tipos de trabajo homogéneos más simples:

  • el despeje de las carreteras de nieve,
  • el almacenamiento de combustible,
  • obras de construcción,
  • organización del transporte,

etc., etc.

Hoy ya tenemos una experiencia considerable en la labor de la aplicación laboral del ejército, y podemos dar no meramente una estimación preliminar o hipotética.

¿Cuáles son las conclusiones que deben extraerse de esa experiencia? Los mencheviques se han apresurado a extraerlas. El mismo Abramóvich, de nuevo, anunció en el Congreso de Mineros que nos habíamos bancarrota, que los ejércitos de trabajo representan formaciones parasitarias, en las que hay 100 funcionarios por cada diez trabajadores.

¿Es esto verdad? No. Esta es la crítica irresponsable y maligna de hombres que están a un lado, no conocen los hechos, recogen solo fragmentos y basura, y están empeñados de una u otra manera, como sea, en declarar nuestra bancarrota o en profetizarla.

En realidad, los ejércitos de trabajo no solo no se han arruinado, sino que, por el contrario, han tenido éxitos importantes, han demostrado su fidelidad, se están desarrollando y son cada vez más fuertes. Precisamente aquellos profetas han ido a la bancarrota, los que predijeron que de todo el plan no saldría nada, que nadie empezaría a trabajar y que los soldados rojos no irían al frente de trabajo, sino que simplemente se dispersarían a sus casas.

Estas críticas estaban dictadas por un escepticismo filisteo, falta de fe en las masas, falta de fe en la iniciativa audaz y en la organización.

Pero ¿no escuchamos exactamente la misma crítica, en el fondo, cuando recurrimos a movilizaciones extensas para problemas militares? Entonces también nos asustaron, nos aterraron con historias de deserciones masivas que eran absolutamente inevitables, según se alegaba, después de la imperialista guerra.

Naturalmente, deserciones las hubo, pero examinadas a la luz de la experiencia, demostraron no ser en absoluto a la escala masiva que se había pronosticado; no destruyeron el ejército; el vínculo moral y organizativo —el voluntarismo comunista y la compulsión estatal combinados— nos permitió llevar a cabo movilizaciones de millones, realizar numerosas formaciones y redistribuciones, y resolver los problemas militares más difíciles. A fin de cuentas, el ejército salió victorioso.

En relación con los problemas laborales, fundándonos en nuestra experiencia militar, aguardábamos los mismos resultados; y no nos equivocamos. Los soldados rojos no se dispersaron cuando fueron transformados del servicio militar al de trabajo, como profetizaban los escépticos. Gracias a nuestra magníficamente organizada agitación, el traspaso en sí tuvo lugar en medio de un gran entusiasmo.

Es verdad que una parte de los soldados intentó abandonar el ejército, pero esto siempre ocurre cuando una gran formación militar es trasladada de un frente a otro, o es enviada de la retaguardia al frente —en general cuando sufre una sacudida— y cuando la deserción potencial se vuelve activa.

Pero de inmediato los departamentos políticos, la prensa, los órganos de lucha contra la deserción, etc., entraron en funciones; y hoy el porcentaje de desertores en nuestros ejércitos de trabajo no es en absoluto superior al de nuestros ejércitos en activo.

La afirmación de que los ejércitos, debido a su estructura interna, solo pueden producir un pequeño porcentaje de trabajadores, es cierta solo hasta cierto punto. En lo que concierne al Tercer Ejército, ya he señalado que conservó todo su aparato de administración junto con un número extremadamente insignificante de unidades militares. Si bien nosotros —debido a consideraciones militares y no económicas— mantuvimos intactos el estado mayor del ejército y su aparato administrativo, el porcentaje de trabajadores producido por el ejército fue en realidad extremadamente bajo. Del número total de 120.000 soldados rojos, el 21% resultó estar empleado en trabajos administrativos y económicos; el 16% se dedicaba a labores cotidianas de detalle (guardias, etc.) en relación con el gran número de instituciones y almacenes del ejército; el número de enfermos, principalmente casos de tifus, junto con el personal médico-sanitario, rondaba el 13%; alrededor del 25% no estaba disponible por diversas razones (destacamento, permisos, ausencias injustificadas, etc.). De este modo, el personal total disponible para el trabajo no constituye más del 23%; este es el máximo que se puede destinar a las labores a partir del ejército dado. En realidad, al principio, solo trabajaba alrededor del 14%, extraído principalmente de las dos divisiones, de infantería y de caballería, que aún permanecían con el ejército.

Pero tan pronto como quedó claro que Denikin había sido aplastado, y que no tendríamos que enviar al Tercer Ejército por el Volga en la primavera para ayudar a las fuerzas en el frente del Cáucaso, procedimos inmediatamente a la disolución del aparatoso aparato del ejército y a una adaptación más regular de las instituciones del ejército a los problemas del trabajo.

Aunque esta labor aún no ha concluido, ya ha tenido tiempo de arrojar resultados muy significativos. En el momento presente (marzo de 1920), el antiguo Tercer Ejército aporta aproximadamente un 38 % de su composición total como trabajadores. En cuanto a las unidades militares de la región militar de los Urales que trabajan codo a codo con él, ya aportan un 49 % de sus efectivos como trabajadores.

Este resultado no es tan malo si lo comparamos con la cantidad de trabajo realizado en fábricas y talleres, entre los cuales, en el caso de muchos hasta hace muy poco, y en el de algunos incluso hoy en día, el ausentismo laboral por motivos legales e ilegales alcanzaba el 50 % y más.

[Desde entonces el porcentaje se ha reducido considerablemente (junio de 1920).]

A esto hay que añadir que a los trabajadores en fábricas y talleres los ayudan con frecuencia los miembros adultos de su familia, mientras que los soldados rojos no tienen otra fuerza auxiliar que ellos mismos.

Si tomamos el caso de los jóvenes de 19 años, que han sido movilizados en los Urales con la ayuda del aparato militar —principalmente para trabajos de leña—, hallaremos que, de su número total, superior a 30.000, más del 75% asiste al trabajo.

Esto constituye ya un gran paso adelante. Demuestra que, utilizando el aparato militar para la movilización y la formación, podemos introducir tales modificaciones en la estructura de las unidades puramente de trabajo que se garantice un aumento enorme en el porcentaje de quienes participan directamente en el proceso material de producción.

Finalmente, en lo que respecta a la productividad del trabajo militar, ahora podemos juzgar también basándonos en la experiencia.

Durante los primeros días, la productividad del trabajo en los principales departamentos de labor, a pesar del gran entusiasmo moral, era en realidad muy baja, y podía parecer completamente descoralizadora al leer los primeros comunicados laborales.

Así, para la preparación de una sazhen cúbica de madera, al principio, había que contar de trece a quince días de trabajo; mientras que la norma —es verdad, raramente alcanzada en la actualidad— se calcula en tres días.

Hay que añadir, además, que los artistas en esta esfera son capaces, en condiciones favorables, de producir una sazhen cúbica por día y por hombre.

¿Qué ocurrió en realidad?

Las unidades militares estaban cuarteladas lejos del bosque que debía ser talado. En muchos casos era necesario marchar hacia el trabajo y de regreso de 6 a 8 verstas, lo cual consumía una parte considerable de la jornada laboral.

No había suficientes hachas y sierras en el lugar. Muchos soldados del Ejército Rojo, nacidos en las llanuras, no conocían los bosques, nunca habían talado árboles, jamás los habían cortado ni aserrado.

Los Comités Provinciales y de los Uyezds de la Madera estaban muy lejos de saber al principio cómo utilizar las unidades militares, cómo dirigirlas adonde se les necesitaba, cómo equiparlas como debían ser equipadas. No es extraño que todo esto tuviera como resultado un nivel de productividad extremadamente bajo.

Pero después de eliminados los defectos más clamorosos en la organización, se lograron resultados mucho más satisfactorios.

Así, según los datos más recientes, en ese mismo Primer Ejército del Trabajo se dedican ahora cuatro días y medio de trabajo a una sazhen de madera, lo cual no está tan lejos del estándar actual.

Lo más reconfortante, sin embargo, es el hecho de que la productividad del trabajo aumenta sistemáticamente, en la medida en que mejoran sus condiciones.

Si bien en cuanto a lo que puede lograrse a este respecto, tenemos una experiencia breve pero muy rica en el Regimiento de Ingenieros de Moscú.

La Dirección General de Ingenieros Militares, que controló este experimento, comenzó por fijar la norma de producción en tres días de trabajo por sazhén cúbico de madera. Esta norma pronto demostró ser superada.

En enero se emplearon en un sazhén cúbico de madera dos días y un tercio de trabajo; en febrero, 2,1; en marzo, 1,5; lo que representa un nivel de productividad extraordinariamente alto.

Este resultado se logró mediante la influencia moral, el registro exacto del trabajo individual de cada hombre, el despertar del orgullo laboral, la distribución de primas a los trabajadores que producían más que el resultado medio —o, para hablar en el lenguaje de los sindicatos, mediante una escala móvil adaptable a todos los cambios individuales en la productividad del trabajo—.

Este experimento, llevado a cabo casi en condiciones de laboratorio, indica claramente el camino por el que debemos avanzar en el futuro.

En la actualidad tenemos en funcionamiento una serie de ejércitos de trabajo: el primero, el de Petrogrado, el ucraniano, el caucásico, el del Volga meridional, el de Reserva.

Este último, como es sabido, contribuyó considerablemente a elevar la capacidad de tráfico del ferrocarril de Kazán-Ekaterimburgo; y, dondequiera que el experimento de la adaptación de las unidades militares a los problemas del trabajo se llevó a cabo con un mínimo de inteligencia, los resultados demostraron que este método es indudablemente viable y correcto.

El prejuicio relativo a la naturaleza inevitablemente parasitaria de la organización militar —bajo todas y cada una de las condiciones— resulta hecho añicos. El Ejército Soviético reproduce en su interior las tendencias del orden social soviético. No debemos pensar en los términos petrificados de la última época: «militarismo», «organización militar», «la improductividad del trabajo obligatorio».

Debemos abordar los fenómenos de la nueva época sin ningún prejuicio y con los ojos bien abiertos; y debemos recordar que el sábado existe para el hombre, y no a la inversa; que todas las formas de organización, incluida la militar, no son más que armas en manos de la clase obrera en el poder, la cual tiene tanto el derecho como la posibilidad de adaptar, alterar y remodelar dichas armas hasta haber alcanzado el resultado requerido. 6NBSP,

# El Plan Económico Único

La aplicación más amplia posible del principio de la obligación laboral general, junto con las medidas de militarización del trabajo, solo puede desempeñar un papel decisivo en el caso de que se apliquen sobre la base de un plan económico único que abarque a todo el país y a todas las ramas de la actividad productiva.

Este plan debe elaborarse para una serie de años, para toda la época que tenemos por delante. Se divide naturalmente en periodos o etapas separados, correspondientes a las etapas inevitables del renacimiento económico del país. Tendremos que empezar por los problemas más simples y al mismo tiempo más fundamentales.

Tenemos ante todo que ofrecer a la clase trabajadora la posibilidad misma de vivir —aunque sea en las condiciones más difíciles— y preservar así nuestros centros industriales y salvar las ciudades. Este es el punto de partida.

Si no deseamos disolver la ciudad en la agricultura y transformar todo el país en un Estado campesino, debemos apoyar nuestro transporte, aun al nivel mínimo, y asegurar pan para las ciudades, combustible y materias primas para la industria, forraje para el ganado. Sin esto no daremos un solo paso adelante.

En consecuencia, la primera parte del plan comprende la mejora del transporte, o, en cualquier caso, la prevención de su mayor deterioro y la preparación de los suministros más necesarios de alimentos, materias primas y combustible. Todo el periodo siguiente estará por entero lleno de la concentración y el esfuerzo de la fuerza de trabajo para resolver estos problemas fundamentales; y solo de este modo sentaremos las bases para todo lo que ha de venir.

Fue un problema de esta índole, por cierto, el que planteamos a nuestros ejércitos de trabajo. Si el primero o los siguientes periodos se medirán por meses o por años, es infructuoso conjeturar en la actualidad. Esto depende de muchas razones, empezando por la situación internacional y terminando por el grado de determinación y firmeza de la clase trabajadora.

El segundo periodo es el periodo de la construcción de maquinaria en interés del transporte y del almacenamiento de materias primas y combustible. Aquí el núcleo está en la locomotora.

En la actualidad, la reparación de locomotoras se lleva a cabo de una manera demasiado anárquica, consumiendo energía y recursos sin medida alguna. Debemos reorganizar la reparación de nuestro material rodante sobre la base de la producción en serie de piezas de repuesto. Hoy, cuando toda la red de ferrocarriles y fábricas está en manos de un solo amo, el Estado de Trabajo, podemos y debemos fijar tipos únicos de locomotoras y vagones para todo el país, estandarizar sus partes constitutivas, incorporar a todas las fábricas necesarias en la labor de la producción en serie de piezas de repuesto, reducir la reparación al simple reemplazo de las piezas gastadas por otras nuevas y, de este modo, hacer posible la construcción de nuevas locomotoras a gran escala a partir de piezas de repuesto.

Ahora que las fuentes de combustible y materia prima vuelven a estar abiertas para nosotros, debemos concentrar nuestra atención exclusiva en la construcción de locomotoras.

El tercer período será el de la construcción de máquinas en interés de la producción de artículos de primera necesidad.

Finalmente, el cuarto período, apoyándose en las conquistas de los tres primeros, nos permitirá iniciar la producción de artículos de importancia personal o secundaria a la escala más amplia posible.

Este plan tiene una gran importancia, no solo como guía general para el trabajo práctico de nuestros órganos económicos, sino también como una línea conforme a la cual debe desarrollarse la propaganda entre las masas trabajadoras en relación con nuestros problemas económicos. Nuestra movilización laboral no entrará en la vida real, no echará raíces, si no despertamos el interés vivo de todo lo honesto, con conciencia de clase e inspirado en la clase trabajadora.

Debemos explicar a las masas toda la verdad sobre nuestra situación y sobre nuestras perspectivas para el futuro; debemos decirles abiertamente que nuestro plan económico, con el máximo de esfuerzo por parte de los trabajadores, no nos dará ni mañana ni pasado mañana una tierra que mana leche y miel: pues durante el primer período nuestra principal labor consistirá en preparar las condiciones para la producción de los medios de producción.

Solo después de haber asegurado, aunque sea a la escala más pequeña posible, la posibilidad de reconstruir los medios de transporte y de producción, pasaremos a la producción de artículos de consumo general.

De este modo, el fruto de su trabajo, que es el objeto directo de los trabajadores, en forma de artículos de consumo personal, llegará solo en la última, la cuarta, etapa de nuestro plan económico; y solo entonces experimentaremos una mejora seria en nuestra vida.

Las masas, que durante un período prolongado seguirán soportando todo el peso del trabajo y de la privación, deben comprender a cabalidad la inevitable lógica interna de este plan económico si han de mostrarse capaces de llevarlo a cabo.

La secuencia de los cuatro períodos económicos delineados anteriormente no debe entenderse de un modo demasiado absoluto.

No nos proponemos, por supuesto, paralizar por completo nuestra industria textil: no podríamos hacer esto tan solo por consideraciones militares.

Pero para que nuestra atención y nuestras fuerzas no se dispersen bajo la presión de requerimientos y necesidades que nos reclaman desde todos los frentes, es fundamental utilizar el plan económico como criterio básico, y separar lo importante y fundamental de lo auxiliar y secundario.

Huelga decir que bajo ningún concepto aspiramos a un estrecho comunismo «nacional»: el levantamiento del bloqueo, y con mucha más razón la revolución europea, introducirían las alteraciones más radicales en nuestro plan económico, acortando las etapas de su desarrollo y uniéndolas. Pero no sabemos cuándo tendrán lugar estos acontecimientos; y debemos actuar de tal manera que podamos resistir y fortalecernos bajo las circunstancias más desfavorables —es decir, ante el desarrollo más lento imaginable de la revolución europea y mundial—.

En caso de que logremos realmente establecer relaciones comerciales con los países capitalistas, volveremos a guiaros por el plan económico esbozado anteriormente.

Cambiaremos parte de nuestras materias primas por locomotoras o por máquinas necesarias, pero bajo ningún concepto por prendas de vestir, botas o productos coloniales: nuestro primer artículo no son los artículos de consumo, sino los instrumentos de transporte y de producción.

Seríamos unos escépticos miopes, y los más típicos cascarrabias burgueses, si imagináramos que el renacimiento de nuestra vida económica adoptará la forma de una transición gradual desde el colapso económico actual hacia las condiciones que precedieron a dicho colapso, es decir, que volveremos a ascender por los mismos peldaños por los que descendimos, y solo tras un cierto período, bastante prolongado, podremos elevar nuestra economía socialista al nivel en que se encontraba en vísperas de la guerra imperialista.

Una concepción semejante no solo no sería consoladora, sino absolutamente incorrecta.

El colapso económico, que destruyó y deshizo a su paso una cantidad incalculable de valores, destruyó también una gran parte de lo que era pobre y podrido, de lo que carecía por completo de sentido; y con ello despejó el camino para un nuevo método de reconstrucción, acorde con el equipamiento técnico de que la economía mundial dispone ahora.

Si el capitalismo ruso no se desarrolló de etapa en etapa, sino saltando sobre una serie de etapas, e instituyó fábricas estadounidenses en medio de estepas primitivas, más posible aún es semejante marcha forzada para la economía socialista.

Después de haber vencido nuestra terrible miseria, de haber acumulado pequeñas reservas de materias primas y alimentos, y de haber mejorado nuestro transporte, podremos saltar por encima de toda una serie de etapas intermedias, beneficiándonos del hecho de que no estamos atados por las cadenas de la propiedad privada y de que, por lo tanto, podemos subordinar todas las empresas y todos los elementos de la vida económica a un único plan estatal.

Así, por ejemplo, podremos indudablemente entrar en el período de electrificación, en todas las ramas principales de la industria y en la esfera del consumo personal, sin pasar por «la era del vapor». El programa de electrificación ya está trazado en una serie de etapas lógicamente consecuentes, correspondientes a las etapas fundamentales del plan económico general.

Una nueva guerra puede retrasar la realización de nuestras intenciones económicas; nuestra energía y nuestra persistencia pueden y deben acelerar el proceso de nuestro renacimiento económico.

Pero, sea cual fuere el ritmo al que los acontecimientos económicos se desarrollen en el futuro, es evidente que en la base de todo nuestro trabajo —movilización laboral, militarización del trabajo, subbótniks y otras formas de voluntariado laboral comunista— debe hallarse un plan económico único.

Y el período que tenemos ante nosotros nos exige la concentración completa de todas nuestras energías en los primeros problemas elementales: alimentos, combustible, materias primas, transporte.

No permitir que nuestra atención se desvíe, no disipar nuestras fuerzas, no malgastar nuestras energías. Tal es el único camino hacia la salvación.

# Gestión colegiada y unipersonal

Los mencheviques intentan detenerse en otra cuestión más que parece favorable a su deseo de aliarse de nuevo con la clase obrera. Esta es la cuestión del método de administración de las empresas industriales: la cuestión del principio colegiado (de consejo) o el unipersonal.

Se nos dice que la transferencia de las fábricas a directores únicos en lugar de a un consejo es un crimen contra la clase obrera y la revolución socialista. Es de destacar que los más entusiastas defensores de la revolución socialista contra el principio de la dirección unipersonal son esos mismos mencheviques que, todavía hace muy poco, consideraban que la idea de una revolución socialista era un insulto a la historia y un crimen contra la clase obrera.

El primero que debe declararse culpable ante la revolución socialista es nuestro Congreso del Partido, que se pronunció a favor del principio de la dirección unipersonal en la administración de la industria, y sobre todo en los grados inferiores, en las fábricas y plantas.

Sería, sin embargo, el mayor error posible considerar esta decisión como un golpe a la independencia de la clase obrera.

La independencia de los trabajadores no está determinada ni medida por si se coloca al frente de una fábrica a tres obreros o a uno, sino por factores y fenómenos de un carácter mucho más profundo:

  • la construcción de los órganos económicos con la asistencia activa de los sindicatos;
  • la edificación de todos los órganos soviéticos por medio de los congresos de los Sóviets, que representan a decenas de millones de trabajadores;
  • la atracción hacia la labor de administración, o de control de la administración, de aquellos que son administrados.

Es en tales cosas donde puede expresarse la independencia de la clase obrera.

Y si la clase obrera, partiendo de los fundamentos de su existencia, llega a través de sus congresos, su partido soviético y su sindicato, a la conclusión de que es mejor poner a una sola persona al frente de una fábrica y no a un consejo, está tomando una decisión dictada por la independencia de la clase obrera.

Puede ser correcta o incorrecta desde el punto de vista de la técnica de la administración, pero no le es impuesta al proletariado, sino que está dictada por su propia voluntad y deseo.

Constituiría, por consiguiente, un gravísimo error confundir la cuestión de la supremacía del proletariado con la cuestión de los consejos de obreros al frente de las fábricas.

La dictadura del proletariado se expresa en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, en la supremacía sobre todo el mecanismo soviético de la voluntad colectiva de los trabajadores, y no en absoluto en la forma en que se administran las empresas económicas individuales.

Aquí es necesario responder a otra acusación dirigida contra los defensores del principio de mando unipersonal. Nuestros oponentes dicen:

“Este es el intento de los militaristas soviéticos de trasladar su experiencia en la esfera militar a la esfera de la economía. Posiblemente en el ejército el principio de mando unipersonal sea satisfactorio, pero no se adapta a la labor económica”.

Tal crítica es incorrecta en todos los sentidos.

No es verdad que en el ejército comenzáramos con el principio unipersonal: aún hoy estamos muy lejos de haberlo adoptado por completo.

Tampoco es verdad que, en defensa de las formas unipersonales de administración de nuestras empresas económicas con la atracción de expertos, nos basáramos únicamente en nuestra experiencia militar.

En realidad, en esta cuestión nos basamos, y seguimos haciéndolo, en puntos de vista puramente marxistas sobre los problemas revolucionarios y las tareas creativas del proletariado cuando este ha tomado el poder en sus propias manos.

La necesidad de utilizar el conocimiento y los métodos técnicos acumulados en el pasado, la necesidad de atraer a expertos y de utilizarlos a gran escala, de tal manera que nuestra técnica no retrocediera sino que avanzara: todo esto fue comprendido y reconocido por nosotros, no sólo desde el mismo comienzo de la revolución, sino incluso mucho antes de octubre.

Considero que si la guerra civil no hubiera despojado a nuestros órganos económicos de todo lo que tenían de más fuerte, de más independiente, de más dotado de iniciativa, sin duda habríamos entrado en la vía de la dirección unipersonal en la esfera de la administración económica mucho antes y de forma mucho menos dolorosa.

Algunos camaradas consideran el aparato de administración industrial ante todo como una escuela.

Esto es, por supuesto, absolutamente erróneo. La tarea de la administración es administrar. Si un hombre desea y es capaz de aprender a administrar, que vaya a la escuela, a los cursos especiales de instrucción: que vaya como ayudante, observando y adquiriendo experiencia; pero el hombre que es nombrado para dirigir una fábrica no va a la escuela, sino a un puesto responsable de administración económica.

Y, aun si miramos esta cuestión bajo la luz limitada, y por tanto incorrecta, de una «escuela», diré que cuando impera el principio unipersonal la escuela es diez veces mejor:

  • porque así como no se puede reemplazar a un buen trabajador por tres trabajadores inmaduros,
  • del mismo modo, al colocar a una junta de tres trabajadores inmaduros en un puesto responsable, se les priva de la posibilidad de percatarse de sus propios defectos.

Cada uno mira a los demás cuando se toman decisiones y culpa a los demás cuando el éxito no llega.

Que no se trata de una cuestión de principio para los adversarios del principio de dirección unipersonal, lo demuestra mejor que nada el hecho de que no exijan el principio colegiado para los talleres, centros de trabajo y minas reales.

Incluso afirman con indignación que solo un loco puede exigir que una junta de tres o cinco personas dirija un taller. Debe haber un director, y solo uno. ¿Por qué?

Si la administración colegiada es una «escuela», ¿por qué no exigimos una escuela elemental? ¿Por qué no habríamos de introducir juntas en los talleres? Y si el principio de principio colegiado no es un evangelio sagrado para los talleres, ¿por qué es obligatorio para las fábricas?

Abramovich said here that, as we have few experts – thanks to the Bolsheviks, he repeats after Kautsky – we shalt replace them by boards of workers.

That is nonsense.

No board of persons who do not know the given business can replace one man who knows it.

  • A board of lawyers will not replace one switchman.
  • A board of patients will not replace the doctor.

The very idea is incorrect. A board in itself does not give knowledge to the ignorant. It can only hide the ignorance of the ignorant.

If a person is appointed to a responsible administrative post, he is under the watch, not only of others but of himself, and sees clearly what he knows and what he does not know. But there is nothing worse than a board of ignorant, badly-prepared workers appointed to a purely practical post, demanding expert knowledge. The members of the board are in a state of perpetual panic and mutual dissatisfaction, and by their helplessness introduce hesitation and chaos into all their work.

La clase obrera está sumamente interesada en elevar su capacidad de administración, es decir, en educarse; pero esto se logra en la esfera de la industria mediante el informe periódico del órgano administrativo de una fábrica ante toda la empresa, y la discusión del plan económico para el año o para el mes en curso.

Todos los obreros que muestran un serio interés por la labor de organización industrial son registrados por los directores de la empresa, o por comisiones especiales; son llevados a través de cursos apropiados estrechamente vinculados con el trabajo práctico de la fábrica misma; y luego son designados, primero para puestos menos responsables y después para puestos de mayor responsabilidad.

De este modo abarcaremos a muchos miles y, en el futuro, a decenas de miles.

Pero la cuestión de los «treses» y de los «cincos» interesa, no a las masas trabajadoras, sino al sector de la burocracia obrera soviética más atrasado, más débil y menos apto para el trabajo independiente. El administrador más adelantado, inteligente y decidido se esfuerza naturalmente por tomar la fábrica en sus manos como un todo, y por demostrar, tanto a sí mismo como a los demás, que es capaz de llevar a cabo su obra.

En cambio, si ese administrador es un debilucho que no se sostiene con mucha firmeza sobre sus pies, intenta asociar a otro consigo mismo, pues en compañía de otro su propia debilidad pasará desapercibida. En un principio colegiado semejante hay un fundamento muy peligroso: la extinción de la responsabilidad personal.

Si un trabajador es capaz pero carece de experiencia, naturalmente requiere un guía: bajo su control aprenderá, y mañana lo designaremos capataz de una pequeña fábrica. Ese es el camino por el cual avanzará.

En un consejo accidental, en el que la fortaleza y la debilidad de cada uno no están claras, el sentimiento de responsabilidad desaparece inevitablemente.

Nuestra resolución habla de un enfoque sistemático del principio de dirección unipersonal —naturalmente, no de un solo plumazo—. Aquí son posibles variantes y combinaciones.

  • Donde el trabajador pueda arreglárselas solo, pongámoslo al frente de la fábrica y démosle un experto como ayudante.
  • Donde haya un buen experto, pongámoslo al frente y démosle como ayudantes a dos o tres trabajadores.
  • Finalmente, donde una «junta» haya demostrado en la práctica su capacidad de trabajo, conservémosla.

Esta es la única actitud seria que debe adoptarse, y solo de este modo llegaremos a la organización correcta de la producción.

Hay otra consideración de carácter social y educativo que me parece sumamente importante.

Nuestra capa dirigente de la clase obrera es demasiado delgada. Esa capa que conoció el trabajo clandestino, que prolongó durante mucho tiempo la lucha revolucionaria, que estuvo en el extranjero, que leyó mucho en las prisiones y en el exilio, que tenía experiencia política y una amplia perspectiva, es el sector más precioso de la clase obrera.

Luego hay una generación más joven que ha estado haciendo conscientemente la revolución, a partir de 1917. Este es un sector muy valioso de la clase obrera.

Dondequiera que pongamos los ojos —en la construcción soviética, en los sindicatos, en el frente de la guerra civil—, en todas partes encontramos que la parte principal es desempeñada por esta capa superior del proletariado. La principal labor del Gobierno soviético durante estos dos años y medio ha consistido en maniobrar y arrojar a la sección más avanzada de los trabajadores de un frente a otro.

Las capas más profundas de la clase trabajadora, surgidas de la masa campesina, tienen una inclinación revolucionaria, pero carecen aún demasiado de iniciativa. La enfermedad de nuestro campesino ruso es el instinto gregario, la ausencia de personalidad: en otras palabras, la misma cualidad que solían ensalzar nuestros narodniks [populistas] reaccionarios, y que León Tolstói ensalzó en el personaje de Platón Karatáyev: el campesino fundiéndose en su comunidad rural, sometiéndose a la tierra.

Es bien evidente que la economía socialista no se funda en Platón Karatáyev, sino en el trabajador pensante dotado de iniciativa.

Esa iniciativa personal es necesario desarrollarla en el trabajador.

La base personal bajo la burguesía significaba el individualismo egoísta y la competencia. La base personal bajo la clase obrera no entra en contradicción ni con la solidaridad ni con la cooperación fraternal.

La solidaridad socialista no puede apoyarse ni en la falta de personalidad ni en el instinto gregario. Y es precisamente la falta de personalidad la que con frecuencia se oculta tras el principio colegiado.

En la clase obrera hay muchas fuerzas, dones y talentos. Deben ser sacados a la luz y desplegados en rivalidad. El principio unipersonal en la esfera administrativa y técnica ayuda a esto. Por eso es superior y más fructífero que el principio colegiado.

# Conclusión del informe

Camaradas, los argumentos de los oradores mencheviques, en particular los de Abramóvich, reflejan ante todo su completo desapego de la vida y de sus problemas.

Un observador se para en la orilla de un río que tiene que cruzar a nado, y delibera sobre las cualidades del agua y sobre la fuerza de la corriente. ¡Tiene que cruzar a nado: esa es su tarea!

Pero nuestro kautskiano se para primero en un pie y luego en el otro.

«No negamos —dice— la necesidad de cruzar a nado, pero al mismo tiempo, como realistas, vemos el peligro —y no solo uno, sino varios: la corriente es rápida, hay piedras sumergidas, la gente está cansada, etc., etc. Pero cuando les dicen que nosotros negamos la necesidad misma de cruzar a nado, eso no es verdad; no, bajo ningún punto de vista. Hace veintitrés años no negábamos la necesidad de cruzar a nado...»

Y sobre esto se edifica todo, de principio a fin.

En primer lugar, dicen los mencheviques, nosotros no negamos, y nunca hemos negado, la necesidad de la autodefensa: en consecuencia, no repudiamos al ejército.

En segundo lugar, no repudiamos en principio el servicio laboral general.

Pero, después de todo, ¿dónde hay alguien en el mundo, a excepción de pequeñas sectas religiosas, que niegue la autodefensa «en principio»?

A pesar de todo, el asunto no avanza ni un solo paso como resultado de vuestra admisión abstracta.

Cuando se trató de una lucha real, y de la creación de un ejército real contra los enemigos reales de la clase trabajadora, ¿qué hicisteis entonces? Os opusisteis, saboteasteis –sin repudiar en principio la autodefensa–. Dijisteis y escribisteis en vuestros periódicos: «¡Abajo la guerra civil!» en el momento en que estábamos rodeados de Guardias Blancas y teníamos el cuchillo en la garganta. Ahora vosotros, aprobando ex post facto nuestra autodefensa victoriosa, trasladáis vuestra mirada crítica a nuevos problemas e intentáis darnos lecciones.

“En general, no repudiamos el principio del servicio laboral general”, decís, “pero... sin coacción legal”.

¡Y sin embargo, en estas mismas palabras hay una monstruosa contradicción interna! La idea misma de “servicio obligatorio” incluye el elemento de coacción. Un hombre está obligado, está atado a hacer algo. Si no lo hace, obviamente sufrirá una coacción, un castigo. Aquí nos acercamos a la cuestión de qué castigo.

Abramovich dice:

«Presión económica, sí; pero no coacción legal».

El camarada Holtzman, representante del Sindicato de Metalúrgicos, demostró de manera excelente toda la escolástica de esta idea. Incluso bajo el capitalismo, es decir, bajo el régimen del trabajo «libre», la presión económica es inseparable de la coacción legal. Con mayor razón ahora.

En mi informe intenté explicar que la adaptación de los trabajadores sobre nuevas bases sociales a las nuevas formas de trabajo, y la consecución de un nivel superior de productividad del trabajo, solo son posibles mediante la aplicación simultánea de diversos métodos: el interés económico, la coacción jurídica, la influencia de una organización económica coordinada internamente, el poder de represión y, en primer y último lugar, la influencia moral, la agitación, la propaganda y la elevación general del nivel cultural,

Solo mediante la combinación de todos estos métodos podremos alcanzar un alto nivel de economía socialista.

Si incluso bajo el capitalismo el interés económico se combina inevitablemente con la coacción jurídica, tras la cual se yergue la fuerza material del Estado, en el Estado soviético —es decir, el Estado de transición hacia el socialismo— no podemos trazar en absoluto un compartimento estanco entre la coacción económica y la jurídica.

Todas nuestras industrias más importantes están en manos del Estado. Cuando le decimos al tornero Ivánov: «Estás obligado a trabajar de inmediato en la fábrica Sormovo; si te niegas, no recibirás tu ración», ¿cómo debemos llamarlo? ¿Presión económica o coacción jurídica?

No puede irse a otra fábrica, pues todas las fábricas están en manos del Estado, el cual no permitirá tal cambio. En consecuencia, la presión económica se funde aquí con la presión de la coacción estatal.

Parece que Abramovich desearía que nosotros, como reguladores de la distribución de la fuerza de trabajo, hiciéramos uso únicamente de medios tales como el aumento de salarios, primas, etc., para atraer a los trabajadores necesarios a nuestras fábricas más importantes. Aparentemente, eso resume todos sus pensamientos sobre el tema.

Pero si planteamos la cuestión de esta manera, cualquier trabajador serio del movimiento sindical comprenderá que se trata de una pura utopía. No podemos esperar una afluencia libre de fuerza de trabajo procedente del mercado, ya que para lograrlo el Estado necesitaría tener en sus manos «reservas de maniobra» suficientemente amplias, en forma de alimentos, vivienda y transporte, es decir, precisamente aquellas condiciones que aún tenemos que crear.

Sin la transferencia sistemáticamente organizada de fuerza de trabajo a escala de masas, de acuerdo con las exigencias de la organización económica, no lograremos nada. Aquí el momento de la coacción surge ante nosotros con toda su fuerza de necesidad económica.

Les leo un telegrama de Ekaterimburgo relacionado con el trabajo del Primer Ejército de Trabajo. Dice que han pasado por el Comité Ural de Servicio de Trabajo más de 4.000 trabajadores. ¿De dónde han aparecido? Principalmente del antiguo Tercer Ejército. No se les permitió ir a sus hogares, sino que fueron enviados a donde se les requería. Del ejército fueron entregados al Comité de Servicio de Trabajo, el cual los distribuyó de acuerdo con sus categorías y los envió a las fábricas.

Esto, desde el punto de vista liberal, es «violencia» contra la libertad del individuo. Sin embargo, una abrumadora mayoría de los trabajadores acudió voluntariamente al frente de trabajo, tal como antes al militar, comprendiendo que el interés común lo exigía. Una parte fue en contra de su voluntad. Estos fueron obligados.

Naturalmente, es bastante claro que el Estado debe, mediante el sistema de primas, ofrecer a los mejores trabajadores mejores condiciones de existencia. Pero esto no solo no excluye, sino que por el contrario presupone, que el Estado y los sindicatos —sin los cuales el Estado soviético no construirá la industria— adquieran nuevos derechos de algún tipo sobre el trabajador.

El trabajador no se limita a regatear con el Estado soviético: no, está subordinado al Estado soviético, bajo sus órdenes en todas direcciones, pues es su Estado.

“Si —dice Abramovich—, se nos dijera simplemente que se trata de una cuestión de disciplina industrial, no habría nada de qué discutir; pero ¿por qué introducir la militarización?”

Naturalmente, en una medida considerable, la cuestión es la de la disciplina de los sindicatos; pero de la nueva disciplina de los nuevos sindicatos, los de producción. Vivimos en un país soviético, donde la clase obrera está en el poder, un hecho que nuestros kautskianos no comprenden.

Cuando el menchevique Rubtzov dijo que en mi informe solo quedaba un fragmento del movimiento sindical, había en ello una cierta cantidad de verdad.

De los sindicatos, tal como él los entiende —es decir, sindicatos del viejo tipo gremial—, en realidad ha quedado muy poco; pero la organización de producción industrial de la clase obrera, en las condiciones de la Rusia soviética, tiene ante sí tareas sumamente grandes.

¿Qué tareas?

Desde luego, no las tareas que implica una lucha contra el Estado en nombre de los intereses del trabajo; sino las tareas que implica la construcción, codo a codo con el Estado, de la economía socialista.

Una forma de unión semejante es, en principio, una nueva organización que se distingue no solo de los sindicatos, sino también de los sindicatos industriales revolucionarios de la sociedad burguesa, del mismo modo que la supremacía del proletariado se distingue de la supremacía de la burguesía.

La unión productiva de la clase obrera gobernante ya no tiene los problemas, los métodos, ni la disciplina del sindicato de lucha de una clase oprimida. Todos nuestros obreros están obligados a ingresar en los sindicatos. Los mencheviques se oponen a esto. Esto es perfectamente comprensible, porque en realidad se oponen a la dictadura del proletariado.

A esto se reduce en última instancia toda la cuestión. Los kautskianos se oponen a la dictadura del proletariado y, por consiguiente, a todas sus consecuencias. La coacción económica y la política no son más que formas de expresión de la dictadura de la clase obrera en dos esferas estrechamente vinculadas.

Es verdad que Abramóvich nos demostró del modo más erudito que bajo el socialismo no habrá coacción, que el principio de coacción contradice el socialismo, que bajo el socialismo nos moverán el sentimiento del deber, el hábito del trabajo, el atractivo de la labor, etc., etc. Esto es indiscutible.

Solo que esta verdad indiscutible debe ampliarse un poco. De hecho, bajo el socialismo no existirá el aparato de coacción en sí, a saber, el Estado: pues este se habrá disuelto por completo en una comuna de producción y consumo.

No obstante, el camino hacia el socialismo pasa por un periodo de la mayor intensificación posible del principio del Estado. Y usted y yo estamos atravesando precisamente ese periodo. Así como una lámpara, antes de apagarse, se enciende en una llama brillante, el Estado, antes de desaparecer, asume la forma de la dictadura del proletariado, es decir, la forma más implacable de Estado, que abarca la vida de los ciudadanos de manera autoritaria en todas las direcciones.

Ahora bien, precisamente ese pequeño e insignificante hecho —dicho paso histórico de la dictadura estatal— Abramóvich, y en su persona todo el menchevismo, no lo advirtió; y en consecuencia, ha tropezado con él.

Ninguna organización, a excepción del ejército, ha controlado jamás al hombre con una compulsión tan severa como lo hace la organización estatal de la clase trabajadora en el período de transición más difícil. Es precisamente por esta razón que hablamos de la militarización del trabajo.

El destino de los mencheviques es arrastrarse a la cola de los acontecimientos y reconocer aquellas partes del programa revolucionario que ya han tenido tiempo de perder toda importancia práctica. Hoy los mencheviques, aunque con reservas, no niegan la legitimidad de las medidas severas contra los guardias blancos y los desertores del Ejército Rojo: se han visto obligados a reconocer esto tras sus propios experimentos lamentables con la «democracia». Aparentemente han comprendido —muy tarde— que, cuando uno está cara a cara con las bandas contrarrevolucionarias, no se puede vivir de frases sobre la gran verdad de que bajo el socialismo no necesitaremos el Terror Rojo.

Pero en la esfera económica, los mencheviques todavía intentan remitirnos a nuestros hijos y, en particular, a nuestros nietos. A pesar de todo, tenemos que reconstruir nuestra vida económica hoy, sin esperar, bajo las circunstancias de una herencia muy dolorosa dejada por la sociedad burguesa y una guerra civil aún inconclusa.

El menchevismo, como todo el kautskismo en general, se ahoga en analogías democráticas y abstracciones socialistas.

Una y otra vez se ha demostrado que para él no existen los problemas del periodo de transición, es decir, de la revolución proletaria. De ahí la falta de vida de su crítica, de sus consejos, de sus planes y de sus recetas.

La cuestión no es lo que va a suceder dentro de veinte o treinta años —en esa fecha, por supuesto, las cosas irán mucho mejor—, sino de cómo salir hoy de nuestras ruinas luchando, de cómo distribuir inmediatamente la fuerza de trabajo, de cómo elevar hoy la productividad del trabajo y de cómo actuar, en particular, en el caso de aquellos 4.000 obreros cualificados que retiramos del ejército en los Urales.

¿Despedirlos a los cuatro vientos diciendo: “buscad mejores condiciones donde podáis encontrarlas, camaradas”? No, no podíamos actuar de este modo. Los organizamos en escalones militares y los distribuimos entre las fábricas y las plantas.

“¿En qué se diferencia entonces vuestro socialismo —clama Abramovich— de la esclavitud egipcia? Fue precisamente mediante métodos similares que los faraones construyeron las pirámides, obligando a las masas a trabajar”. ¡Verdaderamente, una analogía inigualable para un “socialista”! Una vez más se ha olvidado el pequeño e insignificante detalle: ¡la naturaleza de clase del gobierno! Abramovich no ve ninguna diferencia entre el régimen egipcio y el nuestro. Ha olvidado que en Egipto había faraones, había esclavistas y esclavos. No fueron los campesinos egipcios quienes decidieron a través de sus Sóviets construir las pirámides; existía un orden social basado en una casta jerárquica, y los trabajadores estaban obligados a esforzarse por una clase que les era hostil. Nuestra coacción es aplicada por un gobierno de obreros y campesinos, en nombre de los intereses de las masas trabajadoras. Eso es lo que Abramovich no ha observado. Aprendemos en la escuela del socialismo que toda evolución social se funda en las clases y en su lucha, y todo el curso de la vida humana está determinado por el hecho de qué clase se encuentra al frente de los asuntos, y en nombre de qué casta aplica su política. Eso es lo que Abramovich no ha comprendido. Quizá conozca muy bien el Antiguo Testamento, pero el socialismo es para él un libro sellado con siete sellos.

Siguiendo por el camino de las analogías liberales superficiales, que no tienen en cuenta la naturaleza de clase del Estado, Abramóvich podría (y en el pasado los mencheviques lo hicieron más de una vez) identificar a los ejércitos Rojo y Blanco.

Tanto aquí como allí se llevaron a cabo movilizaciones, principalmente de las masas campesinas. Tanto aquí como allí el elemento de coacción tiene su lugar. Tanto aquí como allí no faltaron oficiales que habían pasado por una y la misma escuela del zarismo. Los mismos fusibles, los mismos cartuchos en ambos bandos.

¿Dónde está la diferencia? Hay una diferencia, señores, y está definida por una prueba fundamental: ¿quién está en el poder? ¿La clase obrera o la clase de los terratenientes, los «faraones» o los campesinos, los Guardias Blancos o el proletariado de Petrogrado?

Hay una diferencia, y la prueba al respecto la proporciona el destino de Yudénich, Kolchak y Denikin. Nuestros campesinos fueron movilizados por los obreros; en el bando de Kolchak, por la oficialidad de la Guardia Blanca. Nuestro ejército se ha cohesionado y se ha fortalecido; el Ejército Blanco se ha deshecho en polvo.

Sí, hay una diferencia entre el régimen soviético y el régimen de los «faraones». Y no en vano los proletarios de Petrogrado comenzaron su revolución fusilando a los «faraones» en los campanarios de Petrogrado.

[Este era el nombre que se le daba a la policía imperial, que el ministro del Interior, Protopópov, distribuyó a finales de febrero de 1917 por los tejados de las casas y en los campanarios.]

Uno de los oradores mencheviques intentó incidentalmente presentarme como un defensor del militarismo en general. Según sus informes, al parecer, ya ven, no defiendo nada más ni nada menos que el militarismo alemán.

Yo demostré, deben comprender, que el suboficial alemán era una maravilla de la naturaleza, y que todo lo que hace está por encima de toda crítica.

¿Qué dije en realidad? Únicamente que el militarismo, en el cual todos los rasgos de la evolución social encuentran su expresión más acabada, aguda y clara, podía ser examinado desde dos puntos de vista.

  • Primero, desde el punto de vista político o socialista —y aquí depende enteramente de la cuestión de qué clase esté en el poder—; y
  • segundo, desde el punto de vista de la organización, como un sistema de distribución estricta de deberes, relaciones mutuas exactas, responsabilidad indiscutible e insistencia rigurosa en la ejecución.

El ejército burgués es el aparato de salvaje opresión y represión de los trabajadores; el ejército socialista es un arma para la liberación y defensa de los trabajadores.

Pero la subordinación incondicional de las partes al todo es una característica común a todo ejército. Un régimen interno severo es inseparable de la organización militar.

En la guerra, toda dejadez, toda falta de rigor y hasta un simple error acarrean con frecuencia los más graves sacrificios.

De ahí el afán de la organización militar por llevar la claridad, la definición, la exactitud de relaciones y responsabilidades al más alto grado de desarrollo.

Las cualidades «militares» en este sentido se valoran en todos los ámbitos.

Fue en este sentido que dije que toda clase prefiere tener a su servicio a aquellos de sus miembros que, en igualdad de condiciones, han pasado por la escuela militar.

El campesino alemán, por ejemplo, que ha salido de los cuarteles con el grado de suboficial, era para la monarquía alemana, y sigue siendo para la República de Ebert, mucho más querido y valioso que el mismo campesino que no ha pasado por la instrucción militar.

El aparato de los ferrocarriles alemanes estaba magníficamente organizado, debido en considerable medida al empleo de suboficiales y oficiales en puestos administrativos del departamento de transportes.

En este sentido también nosotros tenemos algo que aprender del militarismo.

El camarada Tsiperovich, uno de nuestros principales líderes sindicales, admitió aquí que el trabajador sindical que ha pasado por el entrenamiento militar —que ha ocupado, por ejemplo, el responsable puesto de comisario de regimiento durante un año— no empeora desde el punto de vista de la labor sindical como resultado de ello. Se reincorpora al sindicato siendo el mismo proletario de la cabeza a los pies, pues ha estado luchando por el proletariado; pero regresa convertido en un veterano —endurecido, más independiente, más decisivo—, ya que ha ocupado puestos de gran responsabilidad. Ha tenido la oportunidad de mandar sobre varios miles de soldados rojos de distintos grados de conciencia de clase —la mayoría de ellos campesinos—. Junto con ellos ha vivido victorias y reveses, ha avanzado y retrocedido. Ha habido casos de traición por parte del personal de mandos, de levantamientos campesinos, de pánico, pero él ha permanecido en su puesto, ha mantenido unida a la masa menos consciente de clase, la ha dirigido, la ha inspirado con su ejemplo, ha castigado a los traidores y a los cobardes. Esta experiencia es una experiencia grande y valiosa. Y cuando un antiguo comisario de regimiento regresa a su sindicato, no se convierte en un mal organizador.

En la cuestión del principio colegiado, los argumentos de Abramovich son tan inertes como en todas las demás cuestiones: los argumentos de un observador distante que permanece en la orilla de un río.

Abramovich nos explicó que una buena junta es mejor que un mal director, que en una buena junta debe entrar un buen experto. Todo esto es espléndido, solo que ¿por qué los mencheviques no nos ofrecen varios cientos de juntas? Creo que el Consejo Económico Supremo encontrará un uso suficiente para ellas. Pero nosotros —no observadores, sino trabajadores— debemos construir con el material de que disponemos.

Tenemos especialistas, tenemos expertos, de los cuales, por decirlo así, un tercio son concienzudos y están educados; otro tercio está solo medio concienciado y medio educado, y el último tercio no sirve para nada en absoluto.

En la clase obrera hay muchas personas talentosas, devotas y enérgicas.

  • Algunas —por desgracia, pocas— poseen ya los conocimientos y la experiencia necesarios.
  • Algunas tienen carácter y capacidad, pero carecen de conocimientos o experiencia.
  • Otras no tienen ni lo uno ni lo otro.

Con este material tenemos que crear nuestra fábrica y otros órganos administrativos; y aquí no podemos conformarnos con frases generales.

Antes que nada, debemos seleccionar a todos los trabajadores que ya hayan demostrado por experiencia que saben dirigir empresas, y dar a esos hombres la posibilidad de valerse por sí mismos.

Esos mismos hombres piden la dirección unipersonal, porque la tarea de controlar una fábrica no es una escuela para los rezagados. Un obrero que conoce a fondo su oficio desea mandar. Si ha tomado una decisión y ha dado una orden, su decisión debe cumplirse.

Se le puede reemplazar —eso es otra cuestión—, pero mientras sea el amo, el amo soviético y proletario, controla la empresa total y completamente. Si hay que incluirlo en un consejo de hombres más débiles que interfieran en la administración, no saldrá nada de eso.

A tal administrador de la clase obrera se le debe dar un asistente experto, uno o dos según la empresa.

Si no hay un administrador de la clase obrera adecuado, pero hay un experto concienzudo y capacitado, lo pondremos al frente de una empresa y le asignaremos dos o tres trabajadores destacados en calidad de asistentes, de tal manera que cada decisión del experto sea conocida por los asistentes, pero que ellos no tengan el derecho de revocar dicha decisión.

Seguirán, paso a paso, al especialista en su trabajo, aprenderán algo y, en seis meses o un año, podrán así ocupar puestos independientes.

Abramovich citó de mi propio discurso el ejemplo del peluquero que ha mandado una división y un ejército. ¡Es verdad! Pero lo que, sin embargo, Abramovich no sabe es que, si nuestros camaradas comunistas han empezado a mandar regimientos, divisiones y ejércitos, es porque previamente fueron comisarios adscritos a comandantes expertos.

La responsabilidad recaía sobre el experto, quien sabía que, si cometía un error, cargaría con todas las consecuencias y no podría decir que era solo un «consejero» o un «miembro de la junta».

Hoy en nuestro ejército la mayoría de los puestos de mando, en particular en los grados inferiores —es decir, los políticamente más importantes—, están ocupados por obreros y campesinos de vanguardia. ¿Pero con qué empezamos? Pusimos a oficiales en los puestos de mando y les adscribimos obreros como comisarios; y aprendieron, y aprendieron con éxito, y aprendieron a vencer al enemigo.

Camaradas, nos encontramos cara a cara con un período muy difícil, quizás el más difícil de todos.

A los períodos difíciles en la vida de los pueblos y de las clases les corresponden medidas severas. Cuanto más avancemos, más fáciles se volverán las cosas, más libre se sentirá cada ciudadano, más imperceptible será la fuerza coactiva del Estado proletario. Tal vez entonces permitamos incluso que los mencheviques tengan periódicos, si es que los mencheviques siguen existiendo para entonces.

Pero hoy vivimos en el período de la dictadura, política y económica. Y los mencheviques continúan socavando esa dictadura. Cuando estamos luchando en el frente de la guerra civil, defendiendo la revolución de sus enemigos, y el periódico menchevique escribe: «Abajo la guerra civil», no podemos permitir esto.

Una dictadura es una dictadura, y la guerra es la guerra. Y ahora que hemos pasado a la vía de la mayor concentración de fuerzas en el terreno del renacimiento económico del país, los Kautsky rusos, los mencheviques, se mantienen fieles a su vocación contrarrevolucionaria. Su voz, como hasta ahora, suena como la voz de la duda y de la descomposición, de la desorganización y el sabotaje, de la desconfianza y el colapso.

¿No es monstruoso y grotesco que, en este Congreso, en el que están presentes 1.500 representantes de la clase obrera rusa, donde los mencheviques constituyen menos del 5% y los comunistas alrededor del 90%, Abramovich nos diga:

«No os dejéis seducir por métodos que dan como resultado que un pequeño grupo suplante al pueblo».

«¡Todo a través del pueblo —dice el representante de los mencheviques—, ningún tutor de las masas trabajadoras! ¡Todo a través de las masas trabajadoras, a través de su actividad independiente!».

Y, además: «Es imposible convencer a una clase con argumentos».

Sin embargo, mirad esta misma sala: ¡aquí está esa clase! La clase obrera está aquí ante vosotros, y con nosotros; ¡y sois precisamente vosotros, un insignificante grupo de mencheviques, quienes estáis intentando convencerla con argumentos burgueses! Sois vosotros quienes deseáis ser los tutores de esa clase. Y, sin embargo, ella posee su propio alto grado de independencia, ¡e independencia que ha demostrado, entre otras cosas, al derrocaros a vosotros y avanzar por su propio camino!

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