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nydus/Terrorism and Communism (1920)Public
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Terrorismo y Comunismo

León Trotsky

La escuela austromarxista (Bauer, Renner, Hilferding, Max Adler, Friedrich Adler) fue contrastada en el pasado más de una vez con la escuela de Kautsky, del mismo modo en que el oportunismo velado podría contrastarse con el verdadero marxismo.

Esto ha demostrado ser un puro malentendido histórico, que engañó a algunos durante mucho tiempo y a otros por un período menor, pero que al final se reveló con toda la claridad posible.

Kautsky es el fundador y el representante más perfecto de la falsificación austriaca del marxismo. Mientras que la verdadera enseñanza de Marx es la fórmula teórica de la acción, del ataque, del desarrollo de la energía revolucionaria y de llevar el golpe de clase hasta su conclusión lógica, la escuela austriaca se transformó en una academia de pasividad y elusión —debido a una escuela histórica y conservadora vulgar— y redujo su labor a explicar y justificar, no a guiar y derrocar.

Se degradó hasta la posición de sirvienta de las demandas actuales del parlamentarismo y el oportunismo, reemplazó la dialéctica por sofismas fraudulentos y, al final, a pesar de su gran despliegue de fraseología revolucionaria ritual, se transformó en el bastión más seguro del Estado capitalista, junto con el altar y el trono que se alzaban sobre él.

Si este último fue tragado por el abismo, no se le puede achacar ninguna culpa de ello a la escuela austromarxista.

Lo que caracteriza al austromarxismo es la repulsión y el temor ante la acción revolucionaria.

El austromarxista es capaz de mostrar un abismo perfecto de profundidad en la explicación del ayer y una osadía considerable al profetizar sobre el mañana; pero para el hoy nunca tiene un gran pensamiento ni capacidad para la gran acción. El hoy se desvanece siempre para él ante la ola de pequeñas preocupaciones oportunistas, que más tarde se explican como el eslabón más inevitable entre el pasado y el futuro.

El austromarxista es inagotable cuando se trata de descubrir razones para impedir la iniciativa y hacer difícil la acción revolucionaria.

El austromarxismo es una teoría erudita y jactanciosa de pasividad y capitulación.

Naturalmente, no es por accidente que fuera precisamente en Austria, en esa Babilonia desgarrada por estériles antagonismos nacionales, en ese Estado que representaba la imposibilidad personificada de existir y desarrollarse, donde surgió y se consolido la pseudomarxista filosofía de la imposibilidad de la acción revolucionaria.

Los principales marxistas austriacos representan, cada uno a su manera, una cierta «individualidad». En varias cuestiones más de una vez no coincidieron. Incluso tuvieron diferencias políticas. Pero, en general, son dedos de una misma mano.

Karl Renner es el representante más pretencioso, sólido y vanidoso de este tipo. El don de la imitación literaria, o, más simplemente, de la falsificación estilística, le ha sido concedido en un grado excepcional.

Su artículo del Primero de Mayo representaba una combinación encantadora de las palabras más revolucionarias. Y, como tanto las palabras como sus combinaciones viven, dentro de ciertos límites, con su propia vida independiente, los artículos de Renner despertaron en los corazones de muchos trabajadores un fuego revolucionario que su autor al parecer nunca conoció.

El oropel de la cultura austro-vienesa, la búsqueda de lo externo, de los títulos nobiliarios, era más característico de Renner que de sus otros colegas. En esencia, siempre siguió siendo meramente un funcionario imperial y real, que dominaba la fraseología marxista a la perfección.

La transformación del autor del artículo jubilar sobre Karl Marx, famoso por su pathos revolucionario, en un Canciller de ópera bufa, que expresa sus sentimientos de respeto y agradecimiento a los monarcas escandinavos, es en realidad uno de los más instructivos paradoxos de la historia.

Otto Bauer es más erudito y prosaico, más serio y más aburrido que Renner. No se le puede negar la capacidad de leer libros, recopilar hechos y sacar conclusiones adaptadas a las tareas que le imponen la política práctica, la cual a su vez es guiada por otros.

Bauer carece de voluntad política. Su principal arte es responder a todas las cuestiones prácticas agudas con lugares comunes. Su pensamiento político vive siempre una vida paralela a su voluntad; está desprovisto de todo valor. Sus palabras son siempre meramente la compilación científica del talentoso alumno de un seminario universitario.

Las acciones más vergonzosas del oportunismo austriaco, la bajísima servidumbre ante el poder de las clases poseedoras por parte de la socialdemocracia austroalemana, hallaron en Bauer a su solemne esclarecedor, quien a veces se expresaba con dignidad en cuanto a la forma, pero siempre coincidía en la esencia.

Si a Bauer se le ocurrió alguna vez mostrar algo parecido a temperamento y energía política, fue exclusivamente en la lucha contra el ala revolucionaria: en la acumulación de argumentos, hechos y citas contra la acción revolucionaria.

Su época más alta fue aquella (después de 1907) en la que, siendo aún demasiado joven para ser diputado, desempeñó el papel de secretario del grupo socialdemócrata, le suministró materiales, cifras, sucedáneos de ideas, lo instruyó, redactó memorandos y parecía ser casi el inspirador de grandes acciones, cuando en realidad solo suministraba sucedáneos, y sucedáneos adulterados, para los oportunistas parlamentarios.

Max Adler representa una variedad bastante ingenua del tipo austromarxista.

Es un poeta lírico, un filósofo, un místico; un poeta lírico filosófico de la pasividad, como Renner es su publicista y experto legal, como Hilferding es su economista, como Bauer es su sociólogo.

Max Adler se siente encajonado en un mundo de tres dimensiones, aunque había encontrado un lugar muy cómodo para sí mismo dentro del marco del socialismo burgués vienés y el Estado de los Habsburgo.

La combinación de la mezquina actividad comercial de un procurador y de la humillación política, junto con estériles esfuerzos filosóficos y las baratas flores de oropel del idealismo, han impregnado a esa variedad que Max Adler representaba de una cualidad nauseabunda y repulsiva.

Rudolf Hilferding, vienés como los demás, ingresó en el Partido Socialdemócrata alemán casi como un amotinado, pero como un amotinado de cuño austriaco, es decir, siempre dispuesto a capitular sin luchar.

Hilferding tomó la movilidad externa y el bullicio de la política austriaca en la que se había criado por iniciativa revolucionaria; y durante una docena redonda de meses exigió —cierto que en los términos más moderados— una política más inteligente por parte de los dirigentes de la socialdemocracia alemana.

Pero el bullicio austro-vienés desapareció rápidamente de su propia naturaleza. Pronto quedó subyugado por el ritmo mecánico de Berlín y la vida espiritual automática de la socialdemocracia alemana.

Consagró su energía intelectual a la esfera puramente teórica, donde no dijo gran cosa, es verdad —ningún austromarxista ha dicho jamás gran cosa en ninguna esfera—, pero en la que, al menos, escribió un libro serio.

Con este libro a la espalda, como un porteador con una pesada carga, entró en la época revolucionaria.

Pero el libro más científico no puede suplir la ausencia de voluntad, de iniciativa, de instinto revolucionario y de decisión política, sin los cuales la acción es inconcebible.

Médico de formación, Hilferding se inclina a la sobriedad y, a pesar de su educación teórica, representa el tipo más primitivo de empirista en cuestiones de política. El problema principal de hoy no es para él apartarse de las líneas que le trazó el ayer, y hallar para esta apatía conservadora y burguesa una explicación científica y económica.

Friedrich Adler es el representante más equilibrado del tipo austromarxista. Ha heredado de su padre el temperamento político de este último.

En la pequeña y agotadora lucha contra el desorden de las condiciones austriacas, Friedrich Adler permitió que su escepticismo irónico destruyera finalmente los fundamentos revolucionarios de su visión del mundo.

El temperamento heredado de su padre lo impulsó más de una vez a oponerse a la escuela creada por su padre. En ciertos momentos, Friedrich Adler pudo parecer la negación revolucionaria misma de la escuela austriaca. En realidad, era y sigue siendo su culminación necesaria.

Su revolucionarismo explosivo presagiaba agudos ataques de desesperación en medio del oportunismo austriaco, que de vez en vez se aterrorizaba ante su propia insignificancia.

Friedrich Adler es un escéptico de pies a cabeza: no cree en las masas ni en su capacidad de acción. En la época en que Karl Liebknecht, en la hora del supremo triunfo del militarismo alemán, salió a la Potsdamerplatz para convocar a las masas oprimidas a la lucha abierta, Friedrich Adler fue a un restaurante burgués a asesinar allí al primer ministro austríaco. Con su disparo solitario, Friedrich Adler intentó en vano poner fin a su propio escepticismo. Tras aquella tensión histérica, cayó en una postración aún más completa.

La cuadrilla rojinegra del socialpatriotismo (Austerlitz, Leitner, etc.) abrumó al terrorista Adler con todos los insultos de los que eran capaces sus cobardes sentimientos.

Pero cuando pasó el período agudo, y el hijo pródigo regresó de su prisión de presidiario a la casa de su padre con la aureola de mártir, demostró ser doble y triplemente valioso en esa forma para la socialdemocracia austríaca. La aureola dorada del terrorista fue transformada por los experimentados falsificadores del partido en la moneda sonante del demagogo. Friedrich Adler se convirtió en un fiador de confianza para los Austerlitz y los Renner ante las masas. Por fortuna, los trabajadores austríacos distinguen cada vez menos la postración lírica y sentimental de Friedrich Adler de la pomposa superficialidad de Renner, la impotencia erudita de Max Adler o la autocomplacencia analítica de Otto Bauer.

La cobardía en el pensamiento de los teóricos de la escuela austromarxista ha quedado total e íntegramente al descubierto al enfrentarse a los grandes problemas de una época revolucionaria.

En su inmortal intento por incluir el sistema soviético en la Constitución de Ebert-Noske, Hilferding dio voz no solo a su propio espíritu, sino al espíritu de toda la escuela austromarxista que, con la llegada de la época revolucionaria, intentó situarse exactamente tan a la izquierda de Kautsky como antes de la revolución se había situado a su derecha.

Desde este punto de vista, la opinión de Max Adler sobre el sistema soviético es sumamente instructiva.

El filósofo ecléctico vienés admite la significación de los sóviets. Su valor llega hasta el extremo de adoptarlos. Incluso los proclama como el aparato de la Revolución Social. Max Adler, desde luego, está a favor – de una revolución social. Pero no de una revolución tempestuosa, barricada, terrorista, sangrienta, sino de una revolución sensata, equilibrada económicamente, canonizada legalmente y aprobada filosóficamente.

Max Adler ni siquiera se aterra por el hecho de que los soviets infrinjan el «principio» de la separación constitucional de poderes (¡en la socialdemocracia austriaca hay muchos tontos que ven en tal infracción un gran defecto del sistema soviético!). Por el contrario, Max Adler, el abogado sindicalista y consejero jurídico de la revolución social, ve en la concentración de poderes incluso una ventaja, que permite la expresión directa de la voluntad proletaria.

Max Adler es partidario de la expresión directa de la voluntad proletaria; solo que no mediante la toma directa del poder a través de los soviets. Propone un método más sólido. En cada ciudad, distrito y barrio, los consejos de obreros deben «controlar» a la policía y a otros funcionarios, imponiéndoles la «voluntad proletaria».

¿Cuál será, sin embargo, la posición «constitucional» de los soviets en la república de Seitz, Renner y compañía? A esto responde nuestro filósofo: «Los consejos de obreros, a la larga, recibirán tanto poder constitucional como el que adquieran mediante su propia actividad». (Arbeiterzeitung, n.º 179, 1 de julio de 1919).

Los Sóviets proletarios deben crecer gradualmente hasta convertirse en el poder político del proletariado, tal como antes, según las teorías del reformismo, todas las organizaciones proletarias debían crecer hasta el socialismo; consumación que, sin embargo, se vio un poco obstaculizada por los imprevistos malentendidos, de cuatro años de duración, entre las Potencias Centrales y la Entente, y todo lo que vino después.

Se consideró necesario rechazar el programa económico de un desarrollo gradual hacia el socialismo sin una revolución social. Pero, como recompensa, se abrió la perspectiva del desarrollo gradual de los Sóviets hacia la revolución social, sin un levantamiento armado ni la toma del poder.

Para que los soviets no se hundan por completo bajo el peso de los problemas municipales y de distrito, ¡nuestro audaz asesor jurídico propone la propaganda de las ideas socialdemócratas!

El poder político sigue estando, como antes, en manos de la burguesía y sus auxiliares. Pero en los distritos y municipios los soviets controlan a los policías y a sus auxiliares.

Y, para consolar a la clase trabajadora y al mismo tiempo centralizar su pensamiento y su voluntad, Max Adler dará los domingos por la tarde conferencias sobre la posición constitucional de los soviets, tal como en el pasado dio conferencias sobre la posición constitucional de los sindicatos.

“De este modo —promete Max Adler—, la regulación constitucional de la posición de los Consejos Obreros, así como de su poder e importancia, quedaría garantizada en toda la línea de la vida pública y social; y —sin la dictadura de los sóviets— el sistema soviético adquiriría una influencia tan grande como la que pudiera tener incluso en una república soviética. Al mismo tiempo, no tendríamos que pagar esa influencia con tormentas políticas y destrucción económica”. (ibíd.)

Como vemos, además de todas sus otras cualidades, Max Adler sigue concordando con la tradición austriaca: hacer una revolución sin enfadarse con su Excelencia el Fiscal de la República.

* * *

El fundador de esta escuela, y su máxima autoridad, es Kautsky. Protegiendo cuidadosamente, en particular después del congreso del partido de Dresde y de la primera revolución rusa, su reputación como custodio del santuario de la ortodoxia marxista, Kautsky negaba de vez en cabeza con desaprobación ante las salidas de tono más transigentes de su escuela austriaca.

Y, siguiendo el ejemplo del difunto Victor Adler, Bauer, Renner, Hilferding —todos juntos y cada uno por separado— consideraban a Kautsky demasiado pedante, demasiado inerte, pero un padre y maestro muy reverendo y muy útil de la iglesia del quietismo.

Kautsky comenzó a causar serias dudas en su propia escuela durante el período de su culminación revolucionaria, en la época de la primera Revolución rusa, cuando reconoció como necesaria la toma del poder por la socialdemocracia rusa y trató de inocular a la clase obrera alemana sus conclusiones teóricas a partir de la experiencia de la huelga general en Rusia.

El colapso de la primera Revolución rusa interrumpió de inmediato la evolución de Kautsky por el camino del radicalismo. Cuanto más claramente planteaba el curso de los acontecimientos la cuestión de la acción de masas en la propia Alemania, más evasiva se volvía la actitud de Kautsky. Marcó el paso, retrocedió, perdió la confianza; y los rasgos pedantes y escolásticos de su pensamiento se hicieron cada vez más evidentes.

La guerra imperialista, que acabó con toda forma de vaguedad y puso a la humanidad cara a cara con las cuestiones más fundamentales, expuso toda la bancarrota política de Kautsky.

Inmediatamente quedó confundido sin esperanza alguna de salida en la cuestión más simple de la votación de los créditos de guerra.

Todos sus escritos posteriores a ese período representan variaciones de uno y el mismo tema: «Yo y mi atolladero».

La Revolución rusa dio finalmente muerte a Kautsky. Por todo su desarrollo previo, se encontraba en una actitud hostil hacia la victoria de noviembre del proletariado. Esto lo arrojó inevitablemente al campo de la contrarrevolución. Perdió los últimos vestigios de instinto histórico. Sus escritos posteriores se han vuelto cada vez más parecidos a la literatura amarilla del mercado burgués.

El libro de Kautsky, examinado por nosotros, presenta en sus características externas todos los atributos de un estudio científico llamado objetivo.

Para examinar el alcance del Terror Rojo, Kautsky actúa con todo el método circunstancial que le es peculiar. Comienza con el estudio de las condiciones sociales que prepararon la gran Revolución Francesa, y también de las condiciones fisiológicas y sociales que favorecieron el desarrollo de la crueldad y de la humanidad a lo largo de la historia de la raza humana.

En un libro dedicado al bolchevismo, en el cual todo el asunto se examina en 234 páginas, Kautsky describe detalladamente de qué se alimentaba nuestro antepasado humano más remoto, y arriesga la conjetura de que, viviendo principalmente de productos vegetales, devoraba también insectos y posiblemente algunas aves. (Véase la página 122.)

En una palabra, no había nada que nos hiciera esperar que de un antepasado tan enteramente respetable —uno obviamente inclinado al vegetarianismo— surgieran unos descendientes tales como los bolcheviques. ¿Es esa la sólida base científica sobre la cual Kautsky plantea la cuestión?...

Pero, como no es infrecuente en producciones de esta índole, se esconde tras el manto académico y escolástico un panfleto político maligno.

Este libro es uno de los más mendaces y descarados de su especie.

¿No resulta increíble a primera vista que Kautsky recoja las historias más despreciables sobre los bolcheviques de la rica mesa de Havas, Reuter y Wolff, exhibiendo de este modo, bajo su erudito gorro de dormir, las orejas del sicofante?

Sin embargo, estos detalles desacreditados no son más que decoraciones de mosaico sobre el fondo fundamental de una mentira sólida y científica acerca de la República Soviética y su partido dirigente.

Kautsky pinta con los colores más siniestros nuestro salvajismo hacia la burguesía, que «no mostró ninguna tendencia a resistir».

Kautsky attacks our ruthlessness in connection with the Socialist Revolutionaries andليس Mensheviks, who represent “shades” of Socialism.

Kautsky Depicts th Soviet Eeconomy as the Chaos of Collapse

Kautsky presenta a los obreros soviéticos, y a la clase obrera rusa en su conjunto, como un conglomerado de egoístas, holgazanes y cobardes.

No dice ni una sola palabra sobre la conducta de la burguesía rusa, sin precedentes en la historia por la magnitud de su villanía; sobre su traición nacional; sobre la entrega de Riga a los alemanes, con fines «educativos»; sobre los preparativos para una entrega similar de Petrogrado; sobre sus llamamientos a ejércitos extranjeros —checoslovacos, alemanes, rumanos, británicos, japoneses, franceses, árabes y negros— contra los obreros y campesinos rusos; sobre sus conspiraciones y asesinatos, pagados con dinero de la Entente; sobre su utilización del bloqueo, no solo para hacer morir de hambre a nuestros hijos, sino para tejer sistemática, infatigable y tenazmente por todo el mundo una red sin precedentes de mentiras y calumnias.

No dice ni una sola palabra sobre las más vergonzosas tergiversaciones y violencias contra nuestro partido por parte del gobierno de los socialrevolucionarios y los mencheviques antes de la Revolución de Noviembre; sobre la criminal persecución a varios miles de trabajadores responsables del partido bajo la acusación de espionaje a favor de la Alemania de los Hohenzollern; sobre la participación de los mencheviques y socialrevolucionarios en todas las conspiraciones de la burguesía; sobre su colaboración con los generales y almirantes imperialistas, Kolchak, Denikin y Yudénich; sobre los actos terroristas llevados a cabo por los socialrevolucionarios por orden de la Entente; sobre los levantamientos organizados por los socialrevolucionarios con el dinero de las misiones extranjeras en nuestro ejército, que estaba derramando su sangre en la lucha contra las bandas monárquicas del imperialismo.

Kautsky no dice ni una sola palabra sobre el hecho de que nosotros no solo repetimos más de una vez, sino que demostramos en la realidad nuestra disposición a dar la paz al país, aun a costa de sacrificios y concesiones, y que, a pesar de esto, nos vimos obligados a librar una lucha intensa en todos los frentes para defender la existencia misma de nuestro país y evitar su transformación en una colonia del imperialismo anglo-francés.

Kautsky no dice una sola palabra sobre el hecho de que en esta lucha heroica, en la que estamos defendiendo el futuro del socialismo mundial, el proletariado ruso se ve obligado a gastar sus energías principales, sus fuerzas mejores y más valiosas, apartándolas de la reconstrucción económica y cultural.

En todo su libro, Kautsky no menciona siquiera el hecho de que, primero, el militarismo alemán —con la ayuda de sus Scheidemann y la apatía de sus Kautsky— y luego el militarismo de los países de la Entente —con la ayuda de sus Renaudel y la apatía de sus Longuet— nos rodearon de un bloqueo de hierro; se apoderaron de todos nuestros puertos; nos cortaron de todo el mundo; ocuparon, con la ayuda de bandas blancas a sueldo, enormes territorios ricos en materias primas; y nos separaron por un largo período del petróleo de Bakú, del carbón del Donets, del trigo del Don y de Siberia, y del algodón del Turquestán.

Kautsky no dice ni una sola palabra sobre el hecho de que, en estas condiciones, sin precedentes por su dificultad, la clase obrera rusa lleva cerca de tres años librando una lucha heroica contra sus enemigos en un frente de 8.000 verstas; de que la clase obrera rusa supo cambiar su martillo por la espada y creó un poderoso ejército; de que para este ejército movilizó su industria exhausta y, a pesar de la ruina del país, al que los verdugos de todo el mundo habían condenado al bloqueo y a la guerra civil, durante tres años, con sus propias fuerzas y recursos, ha estado vistiendo, alimentando, armando y transportando a un ejército de millones —un ejército que ha aprendido a vencer—.

Acerca de todas estas condiciones guarda silencio Kautsky en un libro consagrado al comunismo ruso. Y su silencio es la mentira fundamental, capital, principal —a decir verdad, una mentira pasiva, pero más criminal y más repulsiva que la mentira activa de todos los bribones de la prensa burguesa internacional tomados en conjunto.

Calumniando la política del Partido Comunista, Kautsky no dice en ninguna parte qué es lo que él mismo quiere y lo que propone.

Los bolcheviques no estaban solos en la arena de la revolución rusa. Vimos y vemos en ella —ya en el poder, ya en la oposición— a los SR (no menos de cinco grupos y tendencias), a los mencheviques (no menos de tres tendencias), a los plejanovistas, a los maximalistas, a los anarquistas... Absolutamente todos los «matices del socialismo» (para hablar en el lenguaje de Kautsky) probaron fortuna y demostraron lo que querían y lo que podían.

Hay tantos de estos «matices» que resulta difícil ahora pasar la hoja de un cuchillo entre ellos. El origen mismo de estos «matices» no es casual: representan, por así decirlo, diferentes grados en la adaptación de los partidos y grupos socialistas prerrevolucionarios a las condiciones de la gran época revolucionaria.

Parecería que Kautsky tenía ante sí un teclado político lo suficientemente completo como para poder pulsar la nota que diera una clave verdaderamente marxista de la revolución rusa. Pero Kautsky guarda silencio. Repudia la melodía bolchevique que le resulta desagradable al oído, pero no busca otra. La solución es sencilla: el viejo músico se niega por completo a tocar el instrumento de la Revolución.

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