León Trotsky
Marx y Engels forjaron la idea de la dictadura del proletariado, que Engels defendió obstinadamente en 1891, poco antes de su muerte: la idea de que la autocracia política del proletariado es la «única forma en que puede realizar su control del Estado».
Eso es lo que Kautsky escribió hace unos diez años. La única forma de poder para el proletariado no la consideraba una mayoría socialista en un parlamento democrático, sino la autocracia política del proletariado, su dictadura. Y está bastante claro que, si nuestro problema es la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, el único camino para su solución pasa por la concentración del poder del Estado en su totalidad en manos del proletariado, y el establecimiento para el período de transición de un régimen excepcional: un régimen en el que la clase dominante se guíe, no por principios generales calculados para un período prolongado, sino por consideraciones de política revolucionaria.
La dictadura es necesaria porque no se trata de cambios parciales, sino de la existencia misma de la burguesía. Ningún acuerdo es posible sobre esta base. Solo la fuerza puede ser el factor decisivo.
La dictadura del proletariado no excluye, por supuesto, ni los acuerdos separados, ni las concesiones considerables, especialmente en relación con la pequeña burguesía y el campesinado. Pero el proletariado solo puede concluir estos acuerdos después de haberse apoderado del aparato del poder y de haberse garantizado la posibilidad de decidir independientemente sobre qué puntos ceder y en cuáles mantenerse firme, en aras de la tarea socialista general.
Kautsky now repudiates the dictatorship of the proletariat at the very outset, as the “tyranny of the minority over the majority.” That is, he discerns in the revolutionary regime of the proletariat those very features by which the honest Socialists of all countries invariably describe the dictatorship of the exploiters, albeit masked by the forms of democracy.
Abandonando la idea de una dictadura revolucionaria, Kautsky transforma la cuestión de la conquista del poder por el proletariado en una cuestión de la conquista de una mayoría de votos por el Partido Socialdemócrata en una de las campañas electorales del futuro.
El sufragio universal, según la ficción jurídica del parlamentarismo, expresa la voluntad de los ciudadanos de todas las clases de la nación y, por consiguiente, da la posibilidad de atraer a una mayoría al bando del socialismo. Mientras esa posibilidad teórica no se haya realizado, la minoría socialista debe someterse a la mayoría burguesa.
Este fetichismo de la mayoría parlamentaria representa un repudio brutal, no solo de la dictadura del proletariado, sino del marxismo y de la revolución en su conjunto. Si, en principio, hemos de subordinar la política socialista al misterio parlamentario de la mayoría y la minoría, se deduce que, en los países donde prevalece la democracia formal, no hay lugar en absoluto para la lucha revolucionaria.
Si la mayoría elegida sobre la base del sufragio universal en Suiza aprueba una legislación draconiana contra los huelguistas, o si el ejecutivo elegido por la voluntad de una mayoría formal en América del Norte dispara contra los trabajadores, ¿tienen los trabajadores suizos y estadounidenses el «derecho» de protesta organizando una huelga general?
Evidentemente, no. La huelga política es una forma de presión extraparlamentaria sobre la «voluntad nacional», tal como esta se ha expresado a través del sufragio universal.
Es verdad que el propio Kautsky, al parecer, se avergüenza de llegar tan lejos como lo exige la lógica de su nueva posición.
Atado por una especie de resabio del pasado, se ve obligado a reconocer la posibilidad de corregir el sufragio universal mediante la acción.
Las elecciones parlamentarias, al menos en principio, nunca ocuparon el lugar —a los ojos de los socialdemócratas— de la lucha de clases real, de sus conflictos, repulsas, ataques, revueltas; se consideraban meramente como un factor contributivo en esta lucha, que desempeñaba un papel mayor en un período, menor en otro, y ningún papel en absoluto en el período de la dictadura.
En 1891, es decir, poco antes de su muerte, Engels, como acabamos de oír, defendió obstinadamente la dictadura del proletariado como la única forma posible de su control del Estado. El propio Kautsky repitió esta definición más de una vez.
De aquí se deduce, por cierto, qué falsificación tan indigna es el actual intento de Kautsky de presentarnos la dictadura del proletariado como un invento puramente ruso.
Quien apunta al fin no puede rechazar los medios. La lucha debe llevarse a cabo con la intensidad necesaria para garantizar verdaderamente la supremacía del proletariado. Si la revolución socialista requiere una dictadura —«la única forma en que el proletariado puede alcanzar el control del Estado»—, se deduce que la dictadura debe ser garantizada a cualquier precio.
Para escribir un folletos sobre la dictadura se necesita un tintero y un montón de papel y, posiblemente, además, un cierto número de ideas en la cabeza.
Pero para establecer y consolidar la dictadura hay que impedir que la burguesía socave el Poder del Estado del proletariado.
Kautsky cree Aparentemente que esto se puede lograr mediante folletos lacrimógenos. Pero su propia experiencia debería haberle demostrado que no basta con haber perdido toda influencia sobre el proletariado para adquirir influencia sobre la burguesía.
Solo es posible salvaguardar la supremacía de la clase obrera obligando a la burguesía, acostumbrada a mandar, a comprender que le resulta una empresa demasiado peligrosa sublevarse contra la dictadura del proletariado, socavarla mediante conspiraciones, sabotajes, insurrecciones o la apelación a tropas extranjeras.
La burguesía, derrocada del poder, debe ser obligada a obedecer. ¿De qué manera?
Los sacerdotes solían aterrorizar al pueblo con penas futuras. Nosotros no disponemos de tales recursos.
Pero incluso el infierno de los sacerdotes nunca estuvo solo, sino que siempre fue acompañado por el fuego material de la Santa Inquisición y por los escorpiones del Estado democrático.
¿Es posible que Kautsky se incline hacia la idea de que se puede someter a la burguesía con la ayuda del imperativo categórico, que en sus últimos escritos desempeña el papel del Espíritu Santo?
Nosotros, por nuestra parte, solo podemos prometerle nuestra asistencia material si decide equipar una misión kantiano-humanitaria a los dominios de Denikin y Kolchak.
En todo caso, allí tendría la posibilidad de convencerse de que los contrarrevolucionarios no carecen por naturaleza de carácter y de que, gracias a sus seis años de existencia en el fuego y el humo de la guerra, su carácter ha logrado endurecerse por completo. Todo Guardia Blanco ha comprendido desde hace tiempo la simple verdad de que es más fácil colgar a un comunista de la rama de un árbol que convertirlo con un libro de Kautsky.
Estos caballeros no tienen ningún miedo supersticioso, ni a los principios de la democracia ni a las llamas del infierno; tanto más cuanto que los sacerdotes de la iglesia y de la ciencia oficial actúan en colusión con ellos, y descargan sus truenos combinados exclusivamente sobre las cabezas de los bolcheviques.
Los guardias blancos rusos se parecen a los alemanes y a todos los demás guardias blancos en este aspecto: que no se les puede convencer ni avergonzar, sino únicamente aterrorizar o aplastar.
El hombre que repudia el terrorismo en principio —es decir, que repudia las medidas de represión y de intimidación hacia la contrarrevolución decidida y armada— debe rechazar toda idea de supremacía política de la clase trabajadora y de su dictadura revolucionaria.
El hombre que repudia la dictadura del proletariado repudia la revolución socialista y cava la tumba del socialismo.
* * *
En la actualidad, Kautsky carece de toda teoría de la revolución social. Cada vez que intenta generalizar sus calumnias contra la revolución y la dictadura del proletariado, no produce más que un réchauffé de los prejuicios del jauresismo y del bernsteinismo.
“La revolución de 1789 —escribe Kautsky— puso fin por sí misma a las causas más importantes que le imprimieron su carácter áspero y violento, y preparó el camino para formas más benignas de la futura revolución”. (Página 140) [Nota del traductor – Por conveniencia, las referencias se han modificado en todo el texto para coincidir con la traducción al inglés del libro de Kautsky. No obstante, no se ha seguido la traducción del señor Kerridge.]
Admitamos esto, aunque para ello tengamos que olvidar las jornadas de junio de 1848 y los horrores de la represión de la Comuna.
Admitamos que la gran revolución del siglo XVIII, que mediante medidas de terror implacable destruyó el dominio del absolutismo, del feudalismo y del clericalismo, preparó realmente el camino para soluciones más pacíficas y moderadas de los problemas sociales.
Pero, incluso si admitimos este punto de vista puramente liberal, también aquí nuestro acusador demostrará estar completamente equivocado; pues la revolución rusa, que culminó en la dictadura del proletariado, comenzó precisamente con la labor que se realizó en Francia a finales del siglo XVIII.
Nuestros antepasados, en siglos pasados, no se tomaron la molestia de preparar el camino democrático —mediante el terrorismo revolucionario— para unas costumbres más apacibles en nuestra revolución. El mandarín ético, Kautsky, debería tener en cuenta estas circunstancias y acusar a nuestros antepasados, no a nosotros.
Kautsky, sin embargo, parece hacer una pequeña concesión en esta dirección.
«Es verdad», dice, «ningún hombre perspicaz podría dudar de que una monarquía militar como la alemana, la austríaca o la rusa sólo podría ser derrocada por métodos violentos. Pero a este respecto se pensaba siempre menos» (¿entre quiénes?) «en el uso sangriento de las armas y más en el arma de la clase obrera peculiar del proletariado: la huelga de masas. Y no cabía esperar que una parte considerable del proletariado, tras tomar el poder, diera de nuevo rienda suelta —como a finales del siglo XVIII— a su furia y su venganza mediante el derramamiento de sangre. Esto habría significado una negación completa de todo progreso». (Página 147)
Como vemos, se requirió la guerra y una serie de revoluciones para permitirnos formarnos una idea adecuada de lo que ocurría en realidad en las cabezas de algunos de nuestros teóricos más eruditos.
Resulta que Kautsky no creía que se pudiera deshacer de un Románov o un Hohenzollern por medio de conversaciones; pero al mismo tiempo imaginaba seriamente que una monarquía militar podía ser derrocada por medio de una huelga general, es decir, mediante una manifestación pacífica de brazos cruzados.
A pesar de la revolución rusa y del debate mundial sobre esta cuestión, Kautsky, según se ve, conserva la concepción anarcorreformista de la huelga general.
Podríamos recordarle que, en las páginas de su propia revista, la Neue Zeit, se explicó hace doce años que la huelga general es solo una movilización del proletariado y su enfrentamiento contra su enemigo, el Estado; pero que la huelga en sí misma no puede producir la solución del problema, porque agota las fuerzas del proletariado antes que las de sus enemigos, y esto, tarde o temprano, obliga a los trabajadores a regresar a las fábricas.
La huelga general adquiere una importancia decisiva únicamente como preámbulo de un conflicto entre el proletariado y las fuerzas armadas de la oposición, es decir, del alzamiento revolucionario abierto de los trabajadores. Solo quebrantando la voluntad de los ejércitos lanzados en su contra puede la clase revolucionaria resolver el problema del poder: el problema fundamental de toda revolución.
La huelga general provoca la movilización de ambos bandos y ofrece la primera estimación seria de las fuerzas de resistencia de la contrarrevolución.
Pero solo en las etapas posteriores de la lucha, tras la transición a la vía de la insurrección armada, puede fijarse ese precio sangriento que la clase revolucionaria ha de pagar por el poder.
Pero que tendrá que pagar con sangre, que en la lucha por la conquista del poder y por su consolidación el proletariado no solo tendrá que ser masacrado, sino también matar —de esto jamás abrigó la menor duda ningún revolucionario serio—.
Anunciar que la existencia de una implacable lucha a vida o muerte entre el proletariado y la burguesía «es una negación absoluta de todo progreso» significa simplemente que las cabezas de algunos de nuestros más reverendos teóricos tienen la forma de una cámara oscura, en la que los objetos se representan invertidos.
Pero, aun cuando se aplica a países más avanzados y cultos con tradiciones democráticas establecidas, no hay absolutamente ninguna prueba de la justicia del argumento histórico de Kautsky.
De hecho, el argumento en sí no es nuevo. En otro tiempo, los revisionistas le dieron un carácter más basado en principios. Se esforzaron por demostrar que el crecimiento de las organizaciones proletarias bajo condiciones democráticas garantizaba la transición gradual e imperceptible –reformista y evolutiva– hacia la sociedad socialista, sin huelgas generales ni levantamientos, sin la dictadura del proletariado.
Kautsky, en aquel período culminante de su actividad, demostró que, a pesar de las formas de la democracia, las contradicciones de clase de la sociedad capitalista se profundizaban, y que este proceso debía conducir inevitablemente a una revolución y a la conquista del poder por el proletariado.
Nadie, por supuesto, trató de calcular de antemano el número de víctimas que serán reclamadas por la insurrección revolucionaria del proletariado y por el régimen de su dictadura. Pero para todos era evidente que el número de víctimas variará según la fuerza de la resistencia de las clases propietarias.
Si Kautsky desea decir en su libro que la educación democrática no ha debilitado el egoísmo de clase de la burguesía, esto puede admitirse sin más preámbulos.
Si desea añadir que la guerra imperialista, que estalló y continuó durante cuatro años, a pesar de la democracia, provocó una degradación de las costumbres y habituó a los hombres a los métodos y a la acción violentos, y despojó por completo a la burguesía del último vestigio de torpeza a la hora de ordenar la destrucción de masas de humanidad, aquí también tendrá razón.
Todo esto es verdad a primera vista. Pero hay que luchar en condiciones reales. Las fuerzas en disputa no son maniquíes proletarios y burgueses producidos en la probeta de Wagner-Kautsky, sino un proletariado real contra una burguesía real, tal como han surgido de la última carnicería imperialista.
En este hecho de cruenta guerra civil que se extiende por todo el mundo, Kautsky ve únicamente el resultado de un apartamiento fatal de las «tácticas experimentadas» de la Segunda Internacional.
“En realidad, desde el momento”, escribe, “en que el marxismo dominó el movimiento socialista, este último, hasta la guerra mundial, se vio, a pesar de sus grandes actividades, preservado de grandes derrotas. Y la idea de asegurar la victoria mediante la dominación terrorista había desaparecido por completo de sus filas”.
A este respecto contribuyó mucho el hecho de que, en la época en que el marxismo era la doctrina socialista dominante, la democracia echó profundas raíces en Europa occidental y comenzó allí a transformarse, de fin de la lucha, en una base confiable de la vida política.
En esta “fórmula del progreso” no hay ni un átomo de marxismo. El proceso real de la lucha de clases y de sus conflictos materiales se ha perdido en la propaganda marxista, la cual, gracias a las condiciones de la democracia, garantiza, por supuesto, una transición sin dolor hacia un orden nuevo y “más sabio”.
Esto es el liberalismo más vulgar, una pieza de racionalismo tardío al espíritu del siglo XVIII, con la diferencia de que las ideas de Condorcet son reemplazadas por una vulgarización del Manifiesto Comunista.
Toda la historia se reduce a una interminable hoja de papel impreso, y el centro de este proceso “humano” resulta ser el mesa de escritorio gastada de Kautsky.
Se nos pone como ejemplo el movimiento obrero en el período de la Segunda Internacional, que, avanzando bajo la bandera del marxismo, nunca sufrió grandes derrotas siempre que las desafió deliberadamente.
¿Pero acaso todo el movimiento obrero, el proletariado del mundo entero, y con él toda la cultura humana, no sufrieron una derrota incalculable en agosto de 1914, cuando la historia hizo el balance de todas las fuerzas y posibilidades de los partidos socialistas, entre los cuales, según se nos dice, el papel dirigente correspondía al marxismo, «sobre la base firme de la democracia»?
Esos partidos se mostraron en bancarrota. Esos rasgos de su labor anterior que Kautsky ahora quiere perpetuar —la autoadaptación, la repudio de la actividad «ilegal», el repudio de la lucha abierta, las esperanzas puestas en la democracia como camino hacia una revolución sin dolores—, todo eso se redujo a polvo.
En su miedo a la derrota, conteniendo a las masas del conflicto abierto, disolviendo las discusiones sobre la huelga general, los partidos de la Segunda Internacional se estaban preparando su propia derrota aterrorizante; pues no fueron capaces de mover un dedo para evitar la mayor catástrofe de la historia mundial, los cuatro años de matanza imperialista, que presagiaban el carácter violento de la guerra civil.
En verdad, hay que endosarse un gorro de dormir apelmazado no solo sobre los ojos, sino también sobre la nariz y los oídos, para ser capaz hoy, tras el inglorioso colapso de la Segunda Internacional, tras la vergonzosa bancarrota de su partido dirigente —la socialdemocracia alemana—, tras la sangrienta demencia de la matanza mundial y la gigantesca envergadura de la guerra civil, de contraponer a nosotros la profundidad, la lealtad, la pacificación y la sobriedad de la Segunda Internacional, cuya herencia todavía estamos liquidando.