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nydus/Terrorism and Communism (1920)Public
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Terrorismo y Comunismo

León Trotsky

Por H.N. Brailsford

Se ha dicho de los bolcheviques que son más interesantes que el bolchevismo. Para quienes se aferran a la interpretación económica de la historia, eso puede parecer una herejía.

No obstante, creo que la personalidad no solo de los líderes, sino también de su partido, contribuye en gran medida a explicar la gestación y la supervivencia de la revolución rusa.

Para nosotros, en Occidente, parecen un tipo totalmente ajeno. Con los líderes y las organizaciones socialistas hemos estado familiarizados, nosotros y nuestros padres, durante tres cuartos de siglo. No ha faltado talento ni siquiera genio entre ellos.

El movimiento ha producido a su gran teórico en Marx, a su orador en Jaurès, a poderosos tácticos como Bebel, y ha influido en la literatura a través de Morris, Anatole France y Shaw. Sin embargo, no engendró ningún hombre de acción considerable, y quedó en manos de los rusos hacer lo que generaciones de socialistas occidentales se habían pasado la vida discutiendo.

Hubo en esta hazaña rusa una simplicidad y una franqueza casi bárbaras. Eran hombres que creían realmente en las fórmulas de nuestros teóricos y en las resoluciones de nuestros congresos. Lo que para nosotros se había convertido en una ortodoxia esterilizada y casi respetable resonó en sus oídos como una llamada de trompeta a la acción.

A la generación anterior le ha costado perdonar su sinceridad. El resto de nosotros queremos comprender el milagro.

La verdadera audacia de los bolcheviques radicó en esto: en que hicieron una revolución proletaria precisamente en aquel país que, de todas las porciones del mundo civilizado, parecía el menos preparado para ella por su desarrollo económico.

Para una revuelta agraria, para la subdivisión de la tierra, incluso para el derrocamiento de la antigua clase gobernante, Rusia estaba sin duda preparada. Pero cualquier revolución espontánea, con sus cimientos asentados en las masas del campesinado, habría sido individualista y no comunista.

La osadía de los bolcheviques residió en su creencia de que la diminuta minoría de la clase trabajadora urbana podía, mediante su concentración, su mayor inteligencia y su relativa capacidad de organización, dominar a la masa campesina inerte y conferir a su estallido de hambre de tierras el carácter y la forma de una revolución proletaria constructiva.

La amarga lucha entre los partidos rusos que duró desde marzo de 1917 hasta la derrota de Wrangel en noviembre de 1920, fue en realidad una competencia intestina entre ellos por el liderazgo de los campesinos. ¿Cuál de estos diversos grupos podría granjearse su confianza, hasta el punto de inducirlos no solo a luchar, sino a aceptar la disciplina, militar y civil, necesaria para la victoria?

Al principio, los bolcheviques lo tenían todo en contra. Casi todos son gente de ciudad. Hablaban en términos de una doctrina extranjera y muy alemana. Pocos de ellos, salvo Lenin, comprendían en absoluto los problemas de la vida rural.

La clase terrateniente al menos debería haber conocido mejor al campesino. Sus principales rivales fueron los Socialrevolucionarios; un partido que desde sus inicios había hecho un culto del campesino ruso, lo había estudiado, idealizado y cortejado, y que incluso parecía habérselo ganado en 1917.

Muchas circunstancias explican el éxito de los bolcheviques, que demostraron una vez más en la historia la capacidad de la ciudad —incluso cuando su población es relativamente minúscula— para una acción rápida y concentrada. Tuvieron además la suerte de lidiar con oponentes que cometieron el supremo error de invocar ayuda extranjera.

Pero ninguna de estas ventajas habría servido sin una inmensa superioridad de carácter. El temperamento eslavo, soñador, emocional, indisciplinado, se mostró en su peor faceta en la indulgencia incorregible de los «blancos» más aristocráticos, mientras que los «intelectuales» de los grupos socialistas moderados y liberales se han visto arruinados para la acción por su educación exclusivamente literaria y estética.

Los bolcheviques quizás sean un grupo menos cultivado, pero, en su vida clandestina de conspiración, habían aprendido la sobriedad, la disciplina, la obediencia y la confianza mutua.

Su rígida fe marxista dogmática les confiere el poder de acción que solo pertenece a aquellos que creen sin crítica ni cuestionamiento.

Su capacidad para liderar depende mucho menos de lo que la mayoría de los ingleses supone, de su crueldad y de su disposición a practicar las artes de la intimidación y la represión.

Su principal activo es su autoconfianza. En cada emergencia siempre están seguros de tener el único plan viable. Se presentan ante el resto de Rusia como un solo hombre. Nunca dudan ni se desaminan, e incluso cuando se comprometen, lo hacen con un aire de prepotencia.

Su supervivencia en medio de la invasión, la hambruna, el bloqueo y el colapso económico ha sido de principio a fin un triunfo de la voluntad férrea y la fe fanática.

Han espoleado a un pueblo perezoso y desmoralizado hacia notables proezas de las armas y hacia proezas de resistencia aún más asombrosas.

Hipnotizar a una nación de esta manera es, tal vez, la hazaña más notable de la voluntad humana en los tiempos modernos.

Este libro es, hasta el momento, con mucho, la expresión más típica del temperamento bolchevique que la revolución ha producido.

De manera muy característica es una polémica, y no un ensayo constructivo. Su seguridad en sí mismo, su ímpetu, incluso su insolencia, son una verdadera expresión del movimiento.

Su autor lleva un nombre de fama mundial. Todo el mundo puede visualizar la cabeza poderosa, los rasgos singularmente bellos, la figura atlética del hombre. En la conversación privada causa una impresión de decisión y firmeza. No es rápido ni expansivo en el habla, pues todo lo que dice es medido y tajante. Uno tiene la sensación de estar en presencia de una vitalidad desbordante pero disciplinada.

El fondo es una oficina que, por su orden militar y su puntualidad, reprende la habitual dejadez de Rusia. En la tribuna, sus maneras fueron mucho más tranquilas de lo que esperaba. Habló con bastante lentitud, con una agradable voz de tenor, paseándose de un lado a otro del escenario y escogiendo sus palabras, evidentemente ansioso por expresar sus pensamientos con fuerza pero también con exactitud. Un destello de ingenio y una frase llamativa surgían con frecuencia, pero los modales no eran, ni mucho menos, los de un demagogo.

El hombre es, en verdad, un aristócrata por naturaleza, y su tendencia —que Lenin, el aristócrata de nacimiento, corrige— se orienta hacia la disciplina militar y la reglamentación autoritaria.

Hoy no hay nada sorprendente en el tono de autoridad que se escucha en la voz de Trotsky y se advierte en sus escritos, pues es el jefe de un ejército considerable que lo debe todo a su talento para la organización.

Fue en Brest-Litovsk donde desplegó la audacia que es propia del genio. Hasta ese momento hubo poco en su carrera que lo distinguiera de sus camaradas de los bajos fondos revolucionarios: una carrera universitaria truncada por la cárcel, un aprendizaje de la agitación en Rusia, algunos años de exilio pasados en Viena, París y Nueva York, la distinción que comparte con Chicherin de haber «estado sentado» en una prisión británica, un ingenio rápido, un don para la oratoria incisiva, pero hasta entonces ni el logro sólido ni la leyenda que infunden confianza.

Sin embargo, este agitador oscuro, con la desventaja en tal tarea de su nacimiento judío, se plantó ante los diplomáticos y soldados de los Imperios Centrales, envalentonados como estaban por la victoria y la insolencia propia de su casta, los forzó a un debate público, los desconcertó al hablar de los principios fundamentales como si la derrota y la impotencia de Rusia no contaran para nada, y de hecho utilizó las negociaciones para lanzar por encima de sus cabezas su llamamiento a la revuelta a los súbditos de aquellos mismos imperios.

Mostró en esta asombrosa actuación la gracia y la audacia de un «matador». Esta singular pieza dramática reveló la persistente fe de los bolcheviques en el poder del desafío insolente, el efecto magnético de la pura voluntad.

Desde este episodio sus servicios a la revolución han sido más sólidos, pero no menos brillantes.

No tenía conocimientos ni experiencia militares, y sin embargo asumió la tarea casi desesperada de crear un ejército. A menudo se le ha comparado con Carnot. Pero, salvo que ambos habían perdido oficiales, había pocas cosas en común entre el ejército francés y el ruso en las primeras etapas de las dos revoluciones.

El ejército francés no había sido desmoralizado por la derrota, ni fatigado por una larga inacción, ni socavado por una propaganda destructiva. Trotsky tuvo que crear su Ejército Rojo desde los cimientos. Impuso una férrea disciplina y, sin embargo, se ingenió para preservar el impulso del espíritu revolucionario.

Obstaculizado por las inconcebibles dificultades derivadas de unos ferrocarriles arruinados y unas industrias decadentes, logró no obstante crear una maquinaria militar que derrocó a los ejércitos de Kolchak, Denikin y Wrangel, con la flor y nata de los antiguos oficiales profesionales a la cabeza.

Como proeza de organización bajo dificultades desmedidas, su obra se alza como el logro más notable de la revolución.

No es misión de un prólogo anticipar la tesis de un libro, y menos aún imponer opiniones personales.

El laborioso ensayo de Kautsky, al cual este libro constituye una brillante réplica, ha sido traducido al inglés y es ampliamente conocido. Los argumentos en contra de la posibilidad de una democracia política en una sociedad capitalista difícilmente podrían exponerse mejor que en estas páginas, y la polémica contra los métodos puramente evolucionistas resulta formidable.

El lector inglés de hoy es consciente, sin embargo, de que la revolución rusa no se ha detenido desde que Trotsky escribió.

Tenemos que darnos cuenta de que, incluso según los propios bolcheviques, la evolución hacia el comunismo se encuentra en Rusia tan solo en sus primeras etapas.

Los recientes compromisos implican, en el mejor de los casos, un período de transición muy largo, a través de la producción capitalista controlada, hacia el socialismo.

La experiencia ha demostrado que la revolución catastrófica y la toma del poder político no bastan por sí mismas para crear una sociedad socialista.

El desarrollo económico en esa dirección se ha visto en realidad retardado y Rusia, bajo la presión de la guerra civil, ha retrocedido hacia un sistema de producción e intercambio de aldea primitiva.

En la mente de todo lector estará presente la cuestión de si el temperamento peculiar de los bolcheviques los ha llevado a sobreestimar la importancia del poder político, a subestimar la resistencia inerte de la mayoría y a arriesgar demasiado por la ilusión de dictar.

A esa cuestión la historia todavía no le ha dado la respuesta definitiva. La voluntad demoníaca que hizo la revolución y la defendió al lograr lo imposible aún puede reivindicarse frente a la sorda tendencia de las fuerzas impersonales.

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