Hay hombres en los Estados Unidos que dicen que el béisbol ha recibido una herida mortal y está desapareciendo lentamente de la lista de los deportes respetables.
Hay otros hombres que dicen que el béisbol estadounidense puede salvarse si se hace una limpieza radical de la influencia judía que acaba de arrastrarlo a través de un período de amarga vergüenza y desmoralización.
Ya sea que el béisbol como deporte de primera categoría muera y sobreviva únicamente como un entretenimiento de feria, o que el béisbol posea el carácter intrínseco suficiente para levantarse con justa ira y expulsar el peligro que lo amenaza, seguirá siendo un asunto de diversas opiniones.
Pero hay una certeza, a saber, que el último y más peligroso golpe propinado al béisbol resultó curiosamente notable por su carácter judío.
Sin embargo, solo los judíos de menor rango fueron procesados. Inevitablemente, los nombres de otros judíos aparecieron en las crónicas de prensa, y la gente se preguntaba quiénes eran. Un juez judío presidió las sesiones. Abogados judíos destacaron en ambos bandos de los casos. Numerosas cosas extrañas sucedieron.
Pero lo más extraños de todo es el hecho de que, aunque los aficionados estadounidenses sintieron que algo trascendental había sucedido en el béisbol, pocos saben realmente qué es.
Ha habido tiempo suficiente para que otros dijeran la verdad de haber tenido la disposición de hacerlo. Muchos editores deportivos han estado tan cerca de decirla como sus periódicos se lo permitían. Pero resulta cada vez más evidente que, si se ha de sacar todo a la luz para que los estadounidenses sepan dónde buscar el peligro, The Dearborn Independent tendrá que hacerlo.
Y esto no es por elección propia. El béisbol es un asunto trivial en comparación con algunos de los hechos que aguardan su publicación. Sin embargo, es posible ver el funcionamiento de la Idea judía en el béisbol con tanta claridad como en cualquier otro campo. El proceso es el mismo, ya sea en la guerra o en la política, en las finanzas o en los deportes.
Para empezar, los judíos no son deportistas. Esto no se señala como una queja en su contra, sino meramente como un análisis. Puede ser un defecto en su carácter o puede que no; es, sin embargo, un hecho que los judíos perspicaces reconocen sin vacilar.
Si esto se debe a su letargo físico, a su aversión por la acción física innecesaria o a su seriedad de espíritu, otros podrán decidirlo; el judío no es por naturaleza un deportista al aire libre; si practica el golf es porque su posición en la sociedad lo exige, no porque realmente le guste; y si se dedica al atletismo universitario, como están haciendo algunos de los judíos más jóvenes, es porque se ha llamado tanto la atención sobre su desatención de los deportes que la generación más joven considera necesario eliminar ese motivo de comentarios.
Y sin embargo, la lacra del deporte estadounidense actual es la presencia de cierto tipo de judío, no como participante, sino como explotador y corruptor. Si hubiera sido un deportista por el amor al deporte, se habría librado de convertirse en un explotador y corruptor, ya que no hay mente para la cual la corrupción de un deporte sea más ilógica e incluso inexplicable que la mente del hombre que participa en él.
Se formulará una argumentación muy completa para justificar el uso de los términos anteriores, «explotador» y «corruptor», en relación con el béisbol. Pero sería igual de fácil armar el mismo tipo de argumentación en lo que respecta a la lucha libre y las carreras de caballos.
La lucha libre está tan completamente dominada por judíos que se ha convertido en un deporte proscrito. La historia de la lucha libre no es solo la historia de la desmoralización de un deporte, sino también la historia de la estafa masiva al público.
Lo mismo ocurre con las carreras de caballos. Todo el ambiente de este deporte se ha teñido de deshonestidad.
Los caballos siguen siendo casi las únicas criaturas de buena raza vinculadas a él. Sin embargo, ¿por qué el arte de criar, entrenar y poner a prueba a buenos caballos ha de ser degradante? Únicamente porque cierta clase vio en ello la oportunidad de jugar con las debilidades de los hombres en aras del lucro.
Eso, en efecto, explica la presencia del judío en el deporte moderno y también explica por qué la Idea judía en el deporte, en lugar de ser conservadora, es corruptora. El judío vio dinero donde el deportista vio diversión y habilidad. El judío se propuso capitalizar la rivalidad y comercializar el celo de los competidores.
Este no es necesariamente el único camino que el judío podría haber tomado con respecto al deporte, pero es el camino que más notablemente ha tomado, y a medida que los escándalos se suceden, parecería ser la hora en que el judaísmo organizado debería emprender el control o el repudio de aquellos judíos que han sido más instrumentales en corromper y casi destruir nuestros deportes públicos más limpios y varoniles.
Vale la pena señalar que en Chicago, donde la Liga Antidifamación judía tiene su sede, no hubo ni una sola palabra de reproche enviada por judíos a los culpables judíos, reprendiéndoles por sus actividades. Ni una sola palabra.
Pero al mismo tiempo, la presión de la Liga Antidifamación pesaba fuertemente sobre toda la prensa periodística estadounidense para impedir que se declarara públicamente que todo el escándalo del béisbol había sido una obra judía de principio a fin.
El béisbol estuvo a punto de perder la vida allá por 1875. El vandalismo, las apuestas, la bebida y el desorden general en los campos de béisbol devaluaron enormemente el deporte ante la opinión pública, tanto que la asistencia a los partidos disminuyó considerablemente.
En este año de 1921 se le está administrando otra reprimenda pública al béisbol por el mismo medio: una reducción muy fuerte del apoyo del público en la asistencia a los juegos.
La tormenta comenzó a dejarse oír ya desde 1919.
Los Cincinnati Nationals habían derrotado a los Chicago Americans en la Serie Mundial de aquel año, e inmediatamente después el país se convirtió en un recinto de susurros donde se escuchaban misteriosos rumores de chanchullos. Por entonces se oyeron nombres de judíos, pero eso no significaba nada para el hombre común. Los rumores trataban sobre turbias ganancias financieras de una serie de apostadores judíos de reputación decididamente turbia.
Pero «se salieron con la suya», en la jerga del ámbito. No hubo suficiente indignación pública como para forzar un enfrentamiento, y había demasiados intereses en juego como para evitar que el béisbol saliera mal parado ante los ojos de un público devoto.
Sin embargo, no todos olvidaron el incidente.
Algunos, a quienes les importaba el deporte limpio y también sentían aprecio por los hechos, siguieron la pista, mucho después de que esta se enfriara, mucho después de que los principales malhechores olvidaran su cautela inicial. Allí donde una vez se había tomado dinero con éxito, la banda sin duda volvería.
El tiempo pasó hasta que la temporada de 1920 comenzó a declinar.
Un día, mientras los equipos de la Liga Nacional de Chicago y Filadelfia disputaban una serie en Chicago, extraños mensajes comenzaron a llegar a la oficina del club de Chicago. Los mensajes estaban fechados en Detroit e informaban al club y a la dirección de Chicago que varios judíos «bien conocidos» estaban apostando fuertemente por Filadelfia.
Las apuestas involucraban grandes sumas de dinero y, como el encuentro era solo un partido diario común y corriente, sin ninguna importancia, el inusual interés de los apostadores judíos llamó la atención. Al mismo tiempo, se observó que el dinero comenzó a fluir en masa hacia las casas de apuestas de Filadelfia.
Los directivos del club de Chicago convocaron una conferencia de urgencia al recibir los mensajes. Llamaron a Grover Cleveland Alexander, le explicaron la situación y le dijeron que de él dependía salvar el partido. No le tocaba lanzar a Alexander, ya que Claude R. Hendryx había sido el elegido para ese día; tampoco se encontraba entrenando para lanzar en esa jornada. Sin embargo, subió al montículo, y aunque se dejó el alma lanzando para vencer a Filadelfia y frustrar a los apostadores judíos, fracasó.
Luego vino el gran escándalo. Se convocó en Chicago a un gran jurado del condado de Cook para que investigara. Cuando este gran jurado hubo terminado su labor, ocho miembros del equipo de la Liga Americana de Chicago se encontraban bajo acusación formal por amañar la Serie Mundial de 1919, el año anterior, a favor de los Rojos de Cincinnati. Y a lo largo de toda la investigación, los nombres de judíos aparecían salpicados en abundancia.
Se descubrió que las acusaciones presentadas por el primer gran jurado eran defectuosas; se convocó a un segundo y fue bajo este segundo grupo de acusaciones que se llevó a cabo el famoso juicio en Chicago.
Una diferencia en el trabajo de los dos grandes jurados fue que el segundo imputó a cinco judíos que habían escapado del primero.
Dos de estos hombres eran Carl Zork y Benny Franklin, quienes estaban tan implicados en el momento del primer gran jurado como en el segundo, pero la fiscalía no intentó conseguir su imputación.
- ¿Por qué?
Porque Replogle, el abogado que representaba a la fiscalía, dijo que había suficientes hombres imputados sin Zork y Franklin. Estos dos judíos de San Luis estaban representados por Alfred S. Austrian, un abogado judío de Chicago.
Este segundo gran jurado también imputó a Ben y Louis Levi y a su cuñado, D. A. Zelser, apostadores de Des Moines. Su procesamiento no se había conseguido en la primera investigación del gran jurado dirigida por Replogle, asistente de Hoyne, quien entonces actuaba en representación del estado de Illinois.
Entre el primero y el segundo gran jurado se había producido un cambio político, y los intereses públicos en el segundo gran jurado quedaron al cuidado de un nuevo fiscal, Robert Crowe, antiguo juez.
Llegados a este punto de la narración, se hace necesario presentar un breve «Quién es quién» del escándalo del béisbol, omitiendo de la lista los nombres de los jugadores, que son suficientemente conocidos por el público. Esta lista incluirá únicamente a aquellos que han permanecido en la sombra del béisbol y a quienes es necesario conocer para comprender lo que ha estado sucediendo tras bambalinas en los últimos años.
Para el primer nombre tomemos a Albert D. Lasker.
Él es miembro del Comité Judío Americano, fue nombrado recientemente por el presidente Harding como presidente de la Junta de Envío de los Estados Unidos (United States Shipping Board), y es conocido como el autor del «Plan Lasker», un plan ampliamente anunciado para la reorganización del béisbol, que prácticamente sacó el deporte del control no judío.
Se dice que es el segundo judío más rico de Chicago y estuvo al frente de la agencia de publicidad que se hizo famosa bajo los nombres gentiles de Lord & Thomas. Además, es un importante accionista de los Cachorros de Chicago (Chicago Cubs), los Nacionales de Chicago.
El llamado «Plan Lasker» se ha atribuido al Sr. Lasker, aunque aquí no se insinúa que él haya reivindicado específicamente ser su creador. La insinuación no se hace por la razón de que hacerlo podría poner al Sr. Lasker en la posición de reclamar algo que no es verdad. Hasta que él formule dicha pretensión, el término «Plan Lasker» debe seguir siendo meramente una designación, y no una descripción de su origen.
Este asunto nos lleva al nombre de Alfred S. Austrian, un abogado judío de Chicago, que es un gran amigo tanto del señor Lasker como del ya mencionado Replogle. Se dice que el señor Austrian fue en realidad el ideólogo del «Plan Lasker» que, por ciertas razones, fue entregado al señor Lasker, quien no era adverso a la publicidad y conocía el arte de la autopromoción.
Ahora bien, resulta que Austrian era también el representante legal de Charles A. Comiskey, propietario de los Chicago Americans, y que también era, si no lo es ahora, el asesor legal de William Veeck, presidente del Chicago National League Club, en el cual se acaba de mencionar que Lasker es un importante accionista.
Fue este club el que se vio afectado por el cuestionable partido de agosto de 1920, y el que posteriormente dio de baja a Hendryx, el lanzador elegido para ese partido y retirado del mismo. El Chicago National League Club nunca ha explicado por qué dio de baja a Hendryx y este jamás ha exigido una indemnización.
Las demás actividades del señor Austrian aparecerán cuando se reanude la narración de la investigación y el juicio.
Luego está Arnold Rothstein, un judío, que se describe a sí mismo como dedicado al negocio de bienes raíces, pero a quien se sabe que es un rico apostador, propietario de una casa de apuestas de mala fama en Saratoga, dueño de un hipódromo y de quien se rumorea que tiene intereses financieros en el Club de la Liga Nacional de Nueva York.
A Rothstein se le solía llamar durante el escándalo del béisbol «el pez gordo». Se afirma que, de algún modo desconocido, recibió el testimonio secreto prestado ante el gran jurado y se lo ofreció a un periódico de Nueva York.
Sin embargo, el hecho es este: el testimonio del gran jurado desapareció de la custodia del fiscal.
Se afirma que, cuando Rothstein descubrió que no lo incriminaba, entonces lo ofreció con fines publicitarios. También se menciona el precio que se dice que costó.
Se afirma además que el periódico de Nueva York al que se ofreció el testimonio secreto robado, a su vez ofreció su uso por una suma mayor a un periódico de Chicago, y que el periódico de Chicago, para protegerse, llamó a Robert Crowe, el nuevo fiscal, quien advirtió que, al publicarlo, el periódico correría un riesgo desagradable.
Otros editores de Chicago fueron advertidos, y el testimonio no se publicó. Incluso el periódico de Nueva York lo pensó mejor y no lo publicó.
A este respecto, Rothstein amenazó con demandar a Ban Johnson, de la Comisión Nacional, el robusto, magnánimo, honesto director y protector del béisbol limpio, pero la demanda, como otras de su tipo, no ha sido presentada.
Rothstein es conocido en Broadway como «un judío astuto». Que es poderoso ante las autoridades ha sido demostrado a menudo. Sus operaciones en el hipódromo han dado lugar a sugerencias de que se le prohíba la entrada.
Alfred S. Austrian, anteriormente mencionado, era el asesor jurídico de Rothstein durante el escándalo del béisbol.
Hugh S. Fullerton, el hábil cronista deportivo del New York Evening Mail, en un artículo del 28 de julio de 1921, hizo un llamado a que «una persona culpable de chanchullos en un hipódromo sea expulsada no solo del hipódromo, sino también de los campos de béisbol, las canchas de tenis, los campos de fútbol americano y cualquier otro lugar donde se promueva el deporte. A estos saboteadores del deporte se les debe prohibir la entrada a cualquier disciplina».
Y en el mismo artículo, refiriéndose específicamente a Rothstein, el señor Fullerton escribe:
“There is in New York a gambler named Rothstein who is much feared and much accused. His name has been used in connection with almost every big thieving, crooked deal on the race track, and he is openly named in this baseball scandal. There has been no legal proof advanced against him beyond the fact that he is the only man in the entire crowd who had money enough to handle such a deal.
At least $200,000 was used in actual cash, and no one concerned could command that much money excepting Rothstein, who is either the vilest crook or the most abused man in America.
“Rothstein se sienta en el palco con el propietario de los New York Giants. Tiene acceso a los clubs exclusivos de los hipódromos; es una figura prominente en las peleas”.
Luego, tras nombrar a Abe Attell y a Bennie Kauff, quienes también disfrutan de privilegios excepcionales en torno al club de Nueva York, el señor Fullerton formula su petición para la exclusión de los «aguafiestas del deporte» de todos los campos donde se fomenta el deporte.
Luego está Charles A. Comiskey, quien es hoy uno de los ejemplos más impresionantes en el país de un buen irlandés completamente eclipsado por un judío.
Comiskey fue uno de los defensores más acérrimos del béisbol honesto en este país y brindó una gran ayuda para erigir el juego de las Grandes Ligas en la posición que ocupaba justo antes del escándalo.
También hizo sus mejores esfuerzos para averiguar la verdad sobre el «amaño» de la Serie Mundial por parte de sus hombres. Pero sus esfuerzos fueron frustrados y tal vez ni siquiera él tenga la remota sospecha de cómo se llevó a cabo.
De modo que, en lugar del señor Comiskey, miramos al judío que está detrás de él, que es Harry Grabiner. Con la salud de Comiskey en declive, Grabiner está al mando en el Comiskey Park. Más que eso, parece estar al mando del propio Comiskey, impidiéndole hacer declaraciones públicas y dictándole por lo demás sus actos, empujándose hacia adelante de una manera que ha impresionado de forma indeleble y desagradable a casi todos los cronistas deportivos de Estados Unidos.
El apoyo de Chicago hacia los White Sox comenzó a decaer incluso antes del escándalo, y este proceso se vio impulsado por la impopularidad de los métodos de Grabiner, los cuales eran enteramente característicos de lo que el judío americanizado llama los «kikes» [judíos ortodoxos]. Como secretario del club, Grabiner se ha adueñado de la dirección, y si Comiskey tuviera el poder suficiente para destituirlo, haría más de lo que los tribunales han hecho para purgar a los White Sox de su mancha más grave y persistente.
Hay puntos oscuros en Chicago que ni el gran jurado ni el juicio judicial revelaron, uno de los cuales se relata ahora:
En todos los estadios de la Liga Americana, y de la Nacional, por cierto, los oficiales del «club local» —es decir, del club en cuya ciudad se disputa el juego— «se encargan de la recaudación».
«Encargarse de la recaudación» consiste en recoger los boletos y rendir un informe de la asistencia. Los boletos están diseñados y numerados para las diferentes puertas: la puerta de palcos, la puerta de pases, la puerta de tribuna, la puerta de gradas y las demás.
Las cuentas se elaboran mostrando el número de personas que pasaron por cada puerta. Cuando se reciben todos los informes, se puede ver de un vistazo cuál es la asistencia pagada y las partes correspondientes a los clubes contendientes.
En tiempos pasados era costumbre que el club visitante asignara a un secretario para vigilar las puertas y garantizar así un recuento honesto, pero hace años se adoptó el «sistema de honor», dejando toda la contabilidad en manos del «club local», y este «sistema de honor» se cumplía estrictamente. Nadie sospechaba de trampas.
El recuento se hacía durante la sexta y la séptima entrada del partido de cada día; los directivos del club local visitaban todas las puertas, tomaban el recuento de los torniquetes y levantaban el acta. Luego se preparaban tres comprobantes que mostraban la parte correspondiente al club local, la parte correspondiente al club visitante y el gran total.
Bajo el régimen de Grabiner, el «sistema de honor» tal como se practicaba en el parque de Chicago empezó a ser puesto en duda.
Se comenzó a sugerir misteriosamente que los equipos visitantes no estaban recibiendo la parte que les correspondía. Mediante un sistema de contabilidad falsa, se decía, se estaba reteniendo dinero. Naturalmente, con todas las demás investigaciones secretas que estaban en curso en el béisbol, esta pista no se dejó intacta.
- Se contrataron detectives.
- Se apostaron observadores.
- Se realizaron recuentos secretos.
No solo un club, ni solo dos clubes, adoptaron métodos secretos para averiguar lo que estaba ocurriendo bajo la secretaría de Grabiner. Descubrieron que el «sistema de honor» no estaba en boga en ese parque. Sus sospechas fueron confirmadas, los misteriosos rumores fueron verificados.
Probablemente resultaría muy objetable para las personas projudías mencionar a la gerencia judía junto con estos métodos, pero ahí están los hechos.
Los Medias Blancas de los días dorados de Comiskey sin duda han llegado a un final lamentable bajo el control judío que se les ha impuesto. Y es característico; pues no hay pista más segura para rastrear a cierto tipo de judío que la casi certeza de que, aun cuando el dinero honesto llueva sobre él, intentará aumentar el flujo mediante una pequeña deshonestidad que, una vez descubierta, lo desclasifica para siempre. Es característico.
Hay un atractivo en la trampa que atrae a algunos hombres más que el logro sólido y satisfactorio. ¡Piénsese en un club de béisbol de fama mundial que permitió un sistema que defraudaba al club visitante por unas cuantas tarifas de admisión!
Luego, el siguiente en esta galería de notables del fondo del béisbol es el apostador judío Abe Attell, cuya relación con los deportes ha sido de una naturaleza cuestionable desde su destronamiento de su pedestal pugilístico.
Abe Attell es conocido como el «rey» del complot para «amañar los partidos» en la Serie Mundial. Él lo sabe todo sobre el turbio «amaño» de competiciones, porque él mismo ha «amañado» sus propias peleas, fingiendo ahora ser derrotado cuando involucraba apuestas y ganando con facilidad cuando las mismas razones lo impulsaban.
Attell es de una catadura tal que debería ser expulsado de los recintos de cualquier deporte, como sugiere el Sr. Fullerton. Es el Morris Gest del deporte, pero sin el éxito de Gest.
Todos los jugadores señalaron a Attell como el «organizador». Incluso Rothstein señaló a Attell como el «organizador». Parecía unánime —tal vez con el propio consentimiento de Attell— que se le considerara el «organizador»: eso les hacía las cosas mucho más cómodas a los demás.
Attell llegó al extremo de decir que se había acercado a Rothstein con la propuesta de reunir un fondo común para sobornar a los jugadores y que «perdieran los partidos», pero que Rothstein lo había rechazado.
Y sin embargo Maharg, otro judío, cuyo nombre deletreado al revés es «Graham», dice que llegó un telegrama firmado por «A. R.» que prometía 20.000 dólares. Algunos suponían que las «A. R.» significaban Arnold Rothstein, pero otros dicen que es demasiado astuto incluso como para firmar con sus iniciales. Sin embargo, se afirmó que 10 apostadores, todos judíos, se embolsaron 250.000 dólares en los partidos y que se utilizó casi la misma cantidad de dinero para organizarlo.
Attell era el «chivo expiatorio», y la unanimidad resultaba bastante sorprendente. Se sabía, por supuesto, que había hombres tan hundidos en el pecado que habían sido elegidos para cargar también con los pecados de sus amigos bajo la promesa de que se ejercerían «influencias», o bajo la amenaza de que si no se hacían pasar por el «chivo expiatorio» se airearían ciertas indiscreciones del pasado. Fuera cual fuere el caso de Attell, aguantó el tipo.
Attell le dijo a los beisbolistas que Rothstein estaba poniendo el dinero.
Y Attell jamás pagó por sus actos. Se llegó a testificar que Abe Attell no era Abe Attell en absoluto. Cierto dinero perdido en una apuesta había sido devuelto y el testimonio esperado sobre cierto asunto resultó ser diferente del que se esperaba. Attell fue retenido en Nueva York para una vista de extradición.
- Sammy Pass, un judío, fue uno de los testigos.
- También lo fue Johnny Seys.
La vista dio como resultado que Nueva York se negara a extraditar a Abe Attell.
Luego vino la pelea entre Dempsey y Carpentier, en Jersey, a la que asistió Abe Attell. También asistieron agentes de Chicago, con órdenes de extradición firmadas por el gobernador de Nueva Jersey. Tenían la intención de llevarse a Attell de regreso con ellos, aunque sin pasar por Nueva York. Attell asistió a la pelea, pero los cables subterráneos, tan activos en todo este caso, estaban funcionando, y Attell eludió a los agentes del oeste.
El siguiente nombre en la lista será el de Barney Dreyfuss, judío, propietario del Club de la Liga Nacional de Pittsburgh. El Sr. Dreyfuss apareció en la escena pública durante la realización de la investigación del gran jurado sobre los partidos turbios, con una exigencia insistente de que la Comisión Nacional, el organismo rector del béisbol, de la cual Ban B. Johnson es el líder reconocido, fuera abolida y se sustituyera por otro plan, el «Plan Lasker».
Tenía la intención de desacreditar a la Comisión Nacional bajo el amparo de la podredumbre que se había descubierto entre los apostadores judíos y los venales jugadores de Chicago. Fue principalmente una jugada anti-Johnson y nada más, y estuvo encabezada por un judío cuyos principales seguidores eran el grupo, en rápido aumento, de controladores judíos del béisbol estadounidense.
Lo que tienen contra Ban B. Johnson, los investigadores imparciales no han podido descubrirlo. La principal característica del Sr. Johnson, en lo que respecta al bando judío, ha sido su enemistad implacable hacia la deshonestidad de cualquier tipo. Eso no debería ser una descalificación si se quiere salvar el béisbol. Sin embargo, el «Plan Lasker», concebido por judíos, nombrado por judíos y defendido por judíos, resultó triunfador.
Carl Zork, el judío de San Luis que fue procesado, es descrito de diversas maneras como fabricante de camisas y corredor de seda.
No hay variaciones, sin embargo, en su descripción como jugador. Es parte de la red nacional judía de jugadores que actúa a escala nacional y hace «agostos» a escala nacional.
Se debe observar que los principales abusos judíos se extienden por toda la nación. Esto quedó demostrado en la investigación del Gobierno de los Estados Unidos sobre el tráfico de blancas; el negocio del contrabando de alcohol es de carácter nacional; al igual que las apuestas en hipódromos; las quinielas de béisbol también constituyen una red nacional para atrapar a «ingenuos».
No hay nada extraño, por lo tanto, en que un fabricante de camisas de San Luis, un comerciante de caballos de East St. Louis y un contrabandista de Albany —junto con astutos peces gordos y desclasados sin esperanza— estén todos implicados en un escándalo de béisbol que estalla en Chicago. En realidad, todos forman parte de un grupo nacional.
Carl Zork, por ejemplo, organizó la pelea entre Attell y un boxeador de tercera categoría en la que Attell se escabulló en el sexto asalto para «amañar» el combate, debido a que todos sus amigos habían apostado por el peleador mediocre, obteniendo probabilidades enormes. Sus amigos nunca habrían hecho la apuesta, o de haberla hecho nunca la habrían ganado, sin la rendición deliberada y los falsos sollozos de Attell.
Fue uno de los chanchullos más descarados de los muchos presenciados en los deportes controlados por judíos, pero Attell es esa clase de hombre. Es un sirviente para esa clase de intriga. No fue por casualidad que Zork, el corredor de seda, y Attell, un exboxeador, estuvieran vinculados en el escándalo de las Grandes Ligas. Ya habían estado vinculados antes en trabajos turbios. Son parte de la maquinaria nacional organizada y operada con el propósito de separar a los «incautos gentiles» de su dinero.
Si no hubiera «bobos gentiles», o si el «bobo gentil» tan solo examinara con franqueza al hombre detrás de la tela de araña a escala nacional, los tahúres y los promotores de deportes judíos estarían en otra clase de negocio, tal vez con menos dinero para restregar en las caras de la gente honesta.
Si los aficionados desean conocer el problema del béisbol estadounidense, lo tienen en tres palabras: demasiados judíos.
Los gentiles podrán declinar su propaganda projudía como loros, el hecho es que un deporte es limpio y saludable hasta que empieza a atraer a inversores y explotadores judíos y entonces se corrompe. Los dos hechos han ocurrido en parejas con demasiada frecuencia y bajo circunstancias demasiado dispares como para dudar de su relación.
Cuando se contrasta las gradas repletas de estadounidenses que suponen estar presenciando «el único deporte limpio», con los siniestros grupos que juegan con los jugadores y los directores para introducir el rastro de una serpiente de deshonestidad innecesaria, se obtiene un contraste bastante sorprendente. Y la siniestra influencia es judía. Tan patente fue esto que ni siquiera los periódicos pudieron encubrir los hechos esta vez.
Años antes de que estallara este escándalo público, que involucraba a todo un equipo, se notó que ciertos apostadores judíos habían adquirido la costumbre de compartir habitación con determinados beisbolistas. Esto preocupaba a los directores.
El hecho de que los apostadores se acurrucaran entre los jugadores estaba cargado de una sugerencia de inusual inquietud. Los directores probaron el experimento de traspasar a tales jugadores, sacándolos de sus equipos lo más rápido posible.
Sin embargo, el juego del acurrucamiento continuó hasta carcomer todo el béisbol, con el resultado de que los apostadores judíos podían acercarse sin ningún temor a sugerirles a los jugadores que se dejara perder un partido a cambio de un precio.
El suceso que sirvió de base para la investigación no era el primero de su tipo—ni mucho poco—; el acercamiento de los apostadores era demasiado fácil, la acogida que les daban los jugadores era demasiado casual, como para justificar ese punto de vista. Tampoco los hombres cuyos nombres se hicieron públicos eran los únicos involucrados.
El único hecho de valor que ha surgido de todo este problema es que el béisbol estadounidense ha pasado a manos de los judíos. Si ha de salvarse, debe ser arrancado de sus manos hasta que demuestren ser capaces de promover el deporte por el deporte en sí. Si no es arrancado de sus manos, que se anuncie ampliamente que el béisbol es otro monopolio judío, y que sus seguidores sepan qué esperar.
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Edición del 3 de septiembre de 1921.