en su carruaje, y en medio de los diversos escenarios agrestes y opulentos de la naturaleza, era siempre el mismo: su mirada expresaba menos que sus labios; y aunque Aubrey estaba cerca del objeto de su curiosidad, no obtuvo mayor satisfacción de ello que la constante emoción de desear en vano romper aquel misterio, que para su exaltada imaginación comenzaba a tomar la apariencia de algo sobrenatural.
Pronto llegaron a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por un tiempo; lo dejó asistiendo diariamente a la tertulia matutina de una condesa italiana, mientras él iba en busca de los vestigios de otra ciudad casi désserta.
Mientras estaba así ocupado, llegaron cartas de Inglaterra, las cuales abrió con impaciente afán; la primera era de su hermana, que no expresaba más que afecto; las otras eran de sus tutores; estas últimas lo dejaron atónito; si antes se le había pasado por la imaginación que había un poder maligno residiendo en su compañero, estas parecían darle motivos suficientes para creerlo.
Sus tutores insistían en que abandonara inmediatamente a su amigo, y urgían que su carácter era terrible y viciosamente depravado, pues la posesión de irresistibles poderes de seducción hacía que sus hábitos licenciosos fuesen más peligrosos para la sociedad.
Se había descubierto que su desprecio por la adúltera no se originaba en el odio hacia su carácter; sino que él había exigido, para intensificar su deleite, que su víctima, la cómplice de su culpa, fuera arrojada desde la cúspide de la virtud inmaculada hasta el más hondo abismo de la infamia y la degradación: en fin, que todas aquellas mujeres a las que él había cortejado, aparentemente a causa de su virtud, habían, desde su partida, arrojado incluso la máscara y no habían dudado en exponer toda la deformidad de sus vicios a la luz pública.
Aubrey determined upon leaving one, whose character had not yet shown a single bright point on which to rest the eye. He resolved to