Deseosos de salvarlo de los perjuicios y sufrimientos que a diario afrontaba en sus deambulares, y de evitar que expusiera a la vista de todos aquellas señales de lo que consideraban locura, contrataron a un médico para que residiera en la casa y cuidara constantemente de él.
Apenas parecía advertirlo, tan completamente estaba su mente absorta por un tema terrible. Su incoherencia llegó a ser al fin tan grande, que fue confinado en su aposento. Allí solía yacer a menudo durante días, incapaz de ser despertado.
Había enflaquecido, sus ojos habían adquirido un brillo vítreo; —el único signo de afecto y memoria que le quedaba se manifestaba al entrar su hermana; entonces a veces se estremecía y, asiéndole las manos, con miradas que la afligían profundamente, le rogaba que no lo tocase.
«¡Oh, no lo toques! Si tu amor por mí significa algo, ¡no te acerques a él!»
Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, su única respuesta era: «¡Es verdad! ¡Es verdad!», y de nuevo se hundía en un estado del que ni siquiera ella podía sacarlo. Esto duró muchos meses; gradualmente, sin embargo, a medida que transcurría el año, sus incoherencias se volvieron menos frecuentes y su mente se despojó de una parte de su melancolía, al tiempo que sus cuidadores observaban que varias veces al día contaba con los dedos un número determinado y luego sonreía.
Casi había transcurrido el tiempo cuando, el último día del año, uno de sus tutores, al entrar en su habitación, comenzó a conversar con su médico sobre la penosa circunstancia de que Aubrey se encontrara en una situación tan terrible, justo cuando su hermana iba a casarse al día siguiente. Al instante, la atención de Aubrey quedó capturada; preguntó con ansiedad a quién. Alegres por esta señal de retorno del intelecto, del cual