temían que hubiera sido privado, mencionaron el nombre del conde de Marsden. Creyendo que se trataba de un joven conde al que había conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido y les asombró aún más al expresar su intención de estar presente en las nupcias y desear ver a su hermana.
No respondieron, pero a los pocos minutos su hermana estaba con él. Al parecer, volvió a ser capaz de dejarse conmover por el influjo de su encantadora sonrisa; pues la estrechó contra su pecho y besó su mejilla, mojada por las lágrimas que brotaban al pensar que su hermano volvía a despertar a los sentimientos de afecto.
Comenzó a hablar con toda su habitual calidez y a felicitarla por su matrimonio con una persona tan distinguida por su rango y por sus múltiples prendas; cuando de repente advirtió un medallón sobre el pecho de ella; al abrirlo, ¿cuál no sería su sorpresa al contemplar los rasgos del monstruo que durante tanto tiempo había condicionado su vida? Arrebató el retrato en un acceso de ira y lo pisoteó.
Al preguntarle ella por qué destruía así el parecido de su futuro marido, él miró como si no la comprendiera—luego, asiéndola de las manos y mirándola con una expresión de semblante frenética, le ordenó que jurara que nunca se casaría con este monstruo, porque él—Pero no pudo avanzar—pareció como si aquella voz de nuevo le ordenara recordar su juramento—se volvió de repente, pensando que lord Ruthven estaba cerca de él, pero no vio a nadie.
Entre tanto, el tutor y el médico, que lo habían oído todo y creían que aquello no era sino una recaída de su enfermedad, entraron y, apartándolo a la fuerza de la señorita Aubrey, le rogaron que lo dejase.
Él cayó de rodillas ante ellos, les suplicó, les rogó que aguardaran tan solo un día. Ellos, atribuyendo aquello a la locura que imaginaban se había apoderado de su mente, se esforzaron por calmarlo y se retiraron.