Lo describieron como el refugio de los vampiros en sus orgías nocturnas, y auguraron los más graves males a quien se atreviera a cruzarse en su camino. Aubrey restó importancia a sus advertencias e intentó disuadirles con risas de semejante idea; pero al verlos estremecerse ante su osadía de burlarse así de una potencia superior e infernal, cuyo nombre mismo parecía helarles la sangre, guardó silencio.
A la mañana siguiente, Aubrey emprendió su excursión solo; se sorprendió al observar el rostro melancólico de su anfitrión, y le preocupó descubrir que sus palabras, al burlarse de la creencia en aquellos horribles demonios, les hubieran infundido tal terror. Cuando estaba a punto de partir, Ianthe se acercó al costado de su caballo y le suplicó encarecidamente que regresara antes de que la noche permitiera que el poder de estos seres entrara en acción; él lo prometió.
Estaba, sin embargo, tan ocupado en su investigación que no advirtió que la luz del día pronto terminaría, y que en el horizonte había una de esas motas que, en los climas más cálidos, se agrupan tan rápidamente hasta formar una masa tremenda y descargar toda su furia sobre la desafortunada tierra.—Al fin, no obstante, montó su caballo, decidido a compensar con velocidad su retraso: pero ya era demasiado tarde. El crepúsculo, en estos climas del sur, es casi desconocido; inmediatamente se pone el sol, comienza la noche: y antes de que hubiera avanzado mucho, la fuerza de la tormenta se cernía sobre él—sus truenos resonantes apenas tenían un intervalo de descanso—su lluvia espesa y pesada se abría paso a través del follaje en forma de dosel, mientras que los relámpagos azules y bifurcados parecían caer e irradiarse a sus mismos pies.
De pronto su caballo se asustó, y fue llevado con tremenda rapidez a través del enmarañado bosque. El animal al fin, debido a la fatiga, se detuvo, y él descubrió, por el fulgor de los relámpagos, que se encontraba en las inmediaciones de una