Habiendo dejado Roma, Aubrey dirigió sus pasos hacia Grecia y, cruzando la península, pronto se encontró en Atenas.
Fijó entonces su residencia en la casa de un griego; y pronto se ocupó en rastrear los desvaídos registros de la antigua gloria sobre monumentos que, al parecer, avergonzados de consignar las hazañas de hombres libres únicamente ante esclavos, se habían ocultado bajo el suelo protector o el liquen multicolor.
Bajo el mismo techo que él habitaba un ser tan bello y delicado que bien habría podido servir de modelo a un pintor que deseara plasmar en el lienzo la promesa anhelada de los fieles en el paraíso de Mahoma, salvo que sus ojos denotaban demasiada inteligencia como para creer que podía pertenecer a aquellas que carecen de alma.
Mientras bailaba sobre la llanura o ligera ascendía por la ladera de la montaña, habríase tomado a la gacela por un pobre reflejo de sus encantos; pues ¿quién habría cambiado su mirada, que parecía la de la naturaleza viva, por esa mirada lánguida y voluptuosa del animal, digna tan solo del gusto de un epicúreo?
El ligero paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedades, y con frecuencia la inconsciente joven, enfrascada en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostraba toda la belleza de su talle, flotando por así decirlo a merced del viento, ante la ávida mirada de aquel que olvidaba las letras que acababa de descifrar sobre una tablilla casi borrada, absorto en la contemplación de su silueta de sílfide. A menudo sus bucles, al desatarse mientras revoloteaba a su alrededor, exhibían bajo los rayos del sol unos matices tan delicadamente brillantes y de tan fugaz desaparición, que bien podían disculpar el despiste del anticuario, quien dejaba escapar de su mente el