una pequeña sorpresa; ¡bendito sea su corazón, lo digo otra
Diciendo esto, el desconocido retrocedió conmigo hacia la sala y me puso detrás de él, en el rincón, de modo que ambos quedábamos ocultos por la puerta abierta. Yo estaba muy inquieto y alarmado, como podréis imaginar, y no ayudaba mucho a calmar mis temores observar que el forastero estaba sin duda asustado también. Despejó la empuñadura de su sable y aflojó la hoja en la vaina, y todo el tiempo que estuvimos esperando allí no dejó de tragar saliva, como si sintiera lo que solíamos llamar un nudo en la garganta.
Por fin entró el capitán de zancadas, cerró la puerta de un golpe a sus espaldas, sin mirar a derecha ni izquierda, y marchó directo a través de la habitación hasta donde lo aguardaba el desayuno.
—Bill —dijo el desconocido, con una voz que, según me pareció, se había esforzado por hacer osada y grave.
El capitán dio media vuelta sobre sus talones y nos plantó cara; todo el tostado había desaparecido de su rostro, y hasta su nariz era azul; tenía el aspecto de un hombre que ve un fantasma, o al Maligno, o algo peor, si es que puede haber algo peor; y, palabra de honor, me dio lástima verle, de la noche a la mañana, volverse tan viejo y enfermizo.
—Vamos, Bill, tú me conoces; seguro que recuerdas a un viejo compañero de barco, Bill —dijo el desconocido.
El capitán dio una especie de boqueada.
—¡Perro Negro! —dijo él.
—¿Y quién más? —replicó el otro, poniéndose más a sus anchas—. El mismísimo Perro Negro, venido a ver a su viejo compañero de barco, Billy, en la posada del Almirante Benbow. ¡Ah, Bill, Bill, hemos corrido