Regreso al Palacio de Verano
Al día siguiente la Corte regresó al Palacio de Verano. Habiendo terminado ya las festividades y los sacrificios relacionados con el cumpleaños del Emperador y habiéndose establecido la Corte en su rutina habitual, esperaba que se me permitiera trabajar con regularidad en el retrato, y que Su Majestad me dejara pintar cuando no estuviera posando.
Había mucho que podía hacer entretanto, y ella solo podía posar durante un breve periodo cada día. Hasta entonces, Su Majestad me había tratado como a una invitada en la Corte, cuyo entretenimiento era lo más importante de lo que había que ocuparse. Parecía muy interesada en la obra, pero mi pintura era un incidente y aun la «Pintura Sagrada» una consideración secundaria.
Todos estos paseos, estas encantadoras excursiones, eran perfectamente cautivadores, y, de haber ido al Palacio a divertirme, o a estudiar a Su Majestad y las costumbres y modales chinos, habría estado perfectamente satisfecha. Tenía, en la Emperatriz Viuda, un estudio psicológico lleno de un interés constante y siempre variable. Estaba viviendo una experiencia única, viendo lo que jamás podría esperar ver de nuevo, pero no se me permitía pintar en el retrato tanto como me habría gustado.
¡Si tan solo hubiera tenido permiso para trabajar más, habría sido muy feliz! Si hubiera podido hablar chino con la suficiente fluidez, sentía que obtendría lo que deseaba; ella se había mostrado uniformemente amable. Probablemente sentía que me estaba divirtiendo más de este modo que trabajando en mi pintura.
Si bien disfruté enormemente de los paseos con Su Majestad, adoraba las sesiones diarias.
Todo retratista conoce la clase de intimidad que se establece entre él y su modelo, por antipático que este último pueda parecer a primera vista, lo cual ciertamente no era el caso en esta ocasión.
El esfuerzo del pintor por penetrar la superficie y descubrir a la persona real de su modelo; el deseo de ver su mejor perfil y sacarle el máximo partido, encuentra por lo general una respuesta comprensiva.
Si la sintonía se establece adecuadamente, llegan a conocerse el uno al otro para cuando el retrato está terminado mucho mejor de lo que lo habrían hecho de otro modo, tal vez en años.
Aunque vi a Su Majestad de manera tan íntima en otras ocasiones, sentía que no la estaba viendo «cara a cara» (figurativamente hablando), excepto en las sesiones.
En el camino de Pekín al Palacio de Verano
La mañana después de nuestro regreso al Palacio de Verano, mi caballete fue colocado nuevamente en la Sala del Trono. El retrato fue bajado de su lugar de descanso y se reanudó el trabajo.
Su Majestad me concedió una larga sesión y el retrato dio un paso adelante. ¡Si tan solo hubiera tenido un lugar para trabajar a solas, donde pudiera estudiar el cuadro cuando ella no estaba posando, habría podido hacer tantas mejoras!
Pero me vi obligado a armarme de paciencia, y trabajar durante el breve lapso de una hora más o menos al día y parar en el momento en que Su Majestad se sentía fatigada, cuando mis pinceles y mi paleta se esfumaban, como por arte de magia. No había oportunidad de estudiar el retrato ni de hacer nada, excepto cuando la Emperatriz Viuda y la multitud de asistentes estaban presentes.
Me había llevado al Palacio tan solo un pequeño caballete plegable, que no era en absoluto adecuado para el trabajo regular en un retrato de tanto tamaño, pero era imposible conseguir uno mejor en Pekín.
Su Majestad, que se fijaba en todo, notó que no era cómodo y sugirió que hiciera un diseño para un caballete grande y se lo diera a los carpinteros de Palacio para que lo copiaran. Pensó que serían capaces de hacerme uno.
Así lo hice, y me hicieron un caballete de trabajo muy satisfactorio. Cuando los eunucos descubrieron que este caballete de Palacio me convenía, se hicieron otros cinco de diferentes tamaños.
Pregunté con qué motivo, y me dijeron que todo para Su Majestad se hacía de a seis. Habría sido sentar un precedente, introducir una innovación, tener menos de seis caballetes para su retrato.
Su Majestad también ordenó que se hicieran unas cajas grandes y planas, con cerradura y llave, para mis materiales. Estas cajas estaban cubiertas de amarillo, pues debían usarse para la Imagen Sagrada y tenían que ser del color imperial.
¡Olvidé decir que los seis caballetes habían sido teñidos de un amarillo brillante!
Una mesa, coronada por una de estas cajas amarillas, ocupó un lugar destacado en la Sala del Trono durante todo el tiempo que duró la pintura de este retrato.
Cuando terminaba de pintar cada día, el eunuco mayor, en persona, retiraba el cuadro del caballete, y otros cuantos venían y se llevaban mis pinceles y mi paleta, guardaban el caballete y cerraban la caja amarilla con llave. Nuestro eunuco jefe llevaba la llave de la caja.
Terminada la sesión de la tarde, salimos a dar otro de esos agradables paseos por los jardines.
Los días ahora se acortaban visiblemente, y las tardes empezaban a refrescar. Mientras recorríamos los jardines, Su Majestad se detenía en todos sus puntos favoritos y contemplaba la vista durante unos instantes, como para saludarla de nuevo tras su ausencia.
Amaba el Palacio de Verano y siempre le parecía un placer regresar a él.
Tomamos té en una de las casas de té donde había mesas y asientos. Ella ordenó a los eunucos que prepararan una especie de manjar blanco con harina de raíz de loto, que estaba delicioso y, como ella dijo, era de lo más saludable.
Cuando la emperatriz viuda sale a pasear, lleva consigo horninillos portátiles y toda la parafernalia necesaria para cocinar un refrigerio ligero. Me parecía maravilloso ver la forma en que los chinos podían cocinar, con aparentemente tan pocas comodidades.
Después de esto tomamos té. El mejor té de China se envía a Palacio. Las primeras hojas de las plantaciones de todo el Gran Imperio se reservan para Sus Majestades.
Su Majestad, que es una gran epicúrea, elige a su gusto entre estas hojas selectas. Añade delicadeza a su sabor ya de por sí exquisito poniendo en su taza flores de madreselva seca, flores de jazmín u otras flores aromáticas. La miel de estas flores endulza ligeramente el té, además de aportarle un sabor delicado y sutil, bastante único.
Estas flores secas se traen en un cuenco de jade, con dos palillos largos de cerezo, con los cuales Su Majestad coge las flores y las coloca en su taza, removiéndolas en el té con estas varitas graciosas. Los chinos nunca usan cucharilla.
Su Majestad bebe su té de una taza de jade, que se coloca en un platillo de plata calado, de hechura curiosa y hábilmente labrado. Los chinos toman el té hirviendo, y el jade no se calienta tanto como una taza de porcelana.
Continuamos nuestro paseo por los jardines después de salir de la casa de té y, cuando pasábamos junto a un arriate de flores, Su Majestad avistó cierta hierba curiosa, que ordenó a los eunucos que recogieran. Cuando se la llevaron, tejió hábilmente varias briznas para formar una representación perfectamente reconocible de un conejo. Lo hizo tan rápido que no me di cuenta de que intentaba hacer nada hasta que me arrojó el resultado terminado y me preguntó qué me parecía. Era inconfundible.
Cuando llegamos a nuestro punto de destino, una de las mayores eminencias del terreno, con todo el panorama de las Colinas Occidentales extendido a nuestros pies y el sol poniente brillando sobre todo con un esplendor magnífico, era una escena gloriosa.
Me llamó a su lado e hizo un gesto elegante y amplio con la mano que parecía decir: «Todo esto es mío, pero puedes compartirlo conmigo».
Tenía ese sentimiento de posesión de las bellezas de la naturaleza que todas las almas artísticas experimentan, pues su aprecio hace suyo lo que contemplan. Sentía que era suyo porque lo amaba profundamente, y sabía que yo sabría apreciarlo, algo que pocos de su séquito hacían, ya que ninguno de ellos era un amante tan apasionado de la naturaleza como la emperatriz viuda, y la costumbre había embotado su percepción de la belleza del paisaje.
El exquisito placer que me proporcionaba la contemplación de esta vista gloriosa me hacía temblar de deleite.
Como el día iba declinando y yo iba delgada de ropa, Su Majestad pensó que tenía frío y, al ver que no llevaba abrigo, llamó al eunuco mayor para que me trajese uno de los suyos. Él eligió uno de entre los muchos que siempre llevaban a estos paseos y se lo dio a Su Majestad, quien me lo echó sobre los hombros. Me pidió que me lo quedara y que intentara recordar cuidarme mejor en el futuro.