La ansiedad de Su Majestad: Su cumpleaños
Su Majestad se veía cansada y ansiosa por estos días; las Audiencias eran inusualmente largas y los despachos llegaban durante todo el día.
A menudo iba a los Jardines inmediatamente después de su Audiencia para dar paseos solitarios, sin la compañía de las Damas, y cuando salía a caminar, acompañada por la Emperatriz y las Princesas, se sentaba distraída y abstraída ante las más bellas vistas y aquellos a quienes más amaba.
Parecía ausente, y cuando algún eunuco con el mensaje oficial se arrodillaba ante ella, esperando su orden para entregar su mensaje, ella se reponía con esfuerzo.
Un día que estábamos fuera, después de días de esta angustia, y ella estaba sentada sola frente al «Monte de las Peonías», con la Emperatriz y las Princesas de pie en grupo a poca distancia, parecía una figura patética.
Su rostro fuerte se veía cansado y ajado. Sus brazos colgaban lánguidos a los costados y parecía casi haberse rendido, y la vi, furtivamente, secarse una lágrima.
Los días se parecian tanto los unos a los otros en el Palacio, siendo las fechas chinas diferentes a las nuestras, perdí la cuenta del tiempo hasta que tuve un periódico de Tientsin, y vi que la fecha en que los rusos habían prometido evacuar Manchuria había pasado y no estaban haciendo ningún movimiento para hacerlo; y que había rumores de guerra entre Japón y Rusia. Esto, entonces, debía de ser lo que pesaba sobre la mente de la emperatriz viuda.
Pocos días después le entregaron un telegrama en el Salón del Trono mientras posaba, el cual pareció alterarla en gran manera.
Era de Kwang Hsi e informaba sobre los inútiles intentos de las autoridades para sofocar una grave rebelión allí. Así pues, había problemas tanto internos como externos que la preocupaban.
Parecía tomarse muy a pecho estos problemas de Estado; y era conmovedor ver su inquietud, que apenas se esforzaba por ocultar cuando se encontraba rodeada únicamente por las Damas.
El Emperador, por el contrario, conservó su habitual aspecto exterior de calma y, si estaba devorado por la ansiedad, no mostraba indicios de ello.
Esto pudo deberse a que se había entrenado para ocultar sus sentimientos. Sea como fuere, su rostro siempre conservaba esa sonrisa enigmática agazapada en las comisuras de los labios. Me pareció, sin embargo, que sus ojos se veían más resignados y tristes que de costumbre.
La fecha del cumpleaños de la Emperatriz Viuda (16 de noviembre) se acercaba y los preparativos para celebrarlo habían comenzado. Ella estaba decidida a mantener esta celebración muy sencilla.
Emitió decretos prohibiendo a los altos funcionarios y virreyes enviar los regalos extravagantes que siempre llegan a raudales en la celebración del cumpleaños de cualquier persona de su edad en China. Recomendó una gran economía en los gastos para la celebración, diciendo que en este momento de angustia nacional, cuando la indemnización a los extranjeros aún no se había pagado, sería inadecuado e indigno hacer un gran gasto por su cumpleaños.
La celebración de un cumpleaños en China es un gran acontecimiento, casi una ceremonia religiosa, y es observada con gran júbilo por todas las clases sociales. Los más pobres del país, si no pueden celebrar ninguna otra festividad, siempre celebran con la mayor pompa posible los cumpleaños de sus padres. Este es uno de los deberes prescritos por el Libro de los Ritos y, a pesar de los deseos expresados por Su Majestad sobre el asunto, el Emperador no podía permitir que su cumpleaños pasara sin una celebración adecuada.
El Emperador suplicó a Su Majestad «de rodillas» que le permitiera celebrar su cumpleaños con la misma pompa de costumbre, que le consintiera añadir un título honorífico más a los dieciséis que ya poseía; pero aunque estaba muy orgullosa de sus títulos, que los ministros y el Emperador le habían conferido en diferentes momentos, se mostró inexorable en este punto, ya que la adición de un nuevo título requeriría una subvención anual de doce mil dólares en oro.
También insistió en que todo debía hacerse a una escala menor de lo habitual. Se encontraba, como bien se podía ver, de muy mal humor. No quedaba nada del entusiasmo que había mostrado en los preparativos del cumpleaños del Emperador. Entonces estaba de muy buen humor. Es evidente que por aquel entonces creía firmemente que las cosas iban bien para el Estado, que China recuperaría pronto todos sus derechos en Manchuria; entonces el panorama de la nación parecía mucho más brillante que ahora.
Era su deber, sin embargo, pasar por estas celebraciones de cumpleaños que, por mucho que las redujera, debían ser necesariamente muy ostentosas, debido tanto a su edad como a su alto rango.
Se respetaron los deseos de la Emperatriz Viuda en cuanto a la adición de un nuevo título y este no le fue conferido, pero los preparativos para el cumpleaños prosiguieron a una escala magnífica. Los regalos llovieron en el Palacio y se estaban instalando decoraciones festivas aún más elaboradas que las utilizadas para el cumpleaños del Emperador.
Su Majestad iba a recibir las postraciones del Emperador y de la Emperatriz, de las Princesas y de los miembros de la Familia Imperial en un Trono situado en el Palacio, construido a media altura en la colina aterrazada coronada por el Templo de los Diez Mil Budas.
No recibió estas postraciones en el Gran Salón de Audiencias: este estaba reservado, por tradición, exclusivamente para el Emperador. De haber estado reinando en su lugar, las habría recibido allí, pero como reinaba junto a él, las recibió en el otro Palacio.
La elevación de este Palacio permitía a todos los autorizados a entrar en el Recinto ofrecer sus felicitaciones y vislumbrar a Su Majestad. Como el tiempo empezaba a enfriar, los peldaños de mármol que conducían a este Palacio, los patios y hasta una gran parte de la terraza sobre el lago estaban cubiertos de alfombras de un rojo de gala.
Las felicitaciones y postraciones debían comenzar a las 2 a.m., la hora de su nacimiento.
Había tres pares de enormes candelabros de plata situados a ambos lados del Trono para sostener los enormes cirios de cera de color amarillo imperial, entrelazados con dragones dorados, que pesaban cincuenta libras cada uno. Medían cinco pies de altura.
Linternas con el carácter omnipresente «Sho» y otras con la inscripción «Wan-Sho-Wu-Chiang» (sin límite para la longevidad imperial) se encontraban en cada peldaño de la larga escalinata que conducía al Palacio.
Toda la terraza de abajo, todos los templos y edificios de los terrenos, estaban brillantemente iluminados con espléndidas linternas, ornamentadas minuciosamente con borlas de seda roja y con los caracteres de la longevidad estamparon en bermellón.
Con los pocos cambios que exigía la diferente estación del año del cumpleaños de la Emperatriz Viuda, todo se llevó a cabo como para el del Emperador, solo que a mayor escala, ya que ella celebraba más años que Su Majestad.
El Palacio estaba repleto hasta desbordar con las numerosas damas invitadas a asistir. Algunas procedían del corazón de la lejana Manchuria, la cuna de la Dinastía.
El vestido de corte de invierno de las damas, usado para el cumpleaños de Su Majestad, era de satén, forrado y ribeteado de piel, con cuellos de marta. Al igual que el vestido de corte de verano, el vestido de invierno estaba primorosamente bordado con el dragón doble de oro.
El pintoresco peinado de verano también había sido reemplazado por sombreros de piel de invierno con joyas en la parte delantera y una elaborada diadema, tachonada de piedras preciosas. Se llevaban brillantes ramilletes de flores a ambos lados del peinado, tanto en invierno como en verano.
La celebración de las fiestas de cumpleaños en China siempre va acompañada de ritos y culto a las tablillas ancestrales, y Su Majestad se vio obligada a ir a Pekín varias veces durante la celebración. Las ceremonias en sí también fueron muy agotadoras. Todo este esfuerzo por mantenerse en pie y desempeñar debidamente su papel en las ceremonias, sumado a su verdadera ansiedad, hizo que la forzada celebración de su sesenta y nueve cumpleaños distara mucho de ser un acontecimiento feliz para la Emperatriz Viuda de China, quien encontraba al Imperio que intentaba guiar en una posición tan peligrosa —con la guerra amenazando en sus fronteras, complicaciones extranjeras de todo tipo con las que lidiar y rebelión en el interior—.