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nydus/With the Empress Dowager of ChinaPublic
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XIII. La lancha de vapor

La lancha de vapor⁠—Sacrificios semianuales a Confucio

Empezamos entonces a salir al lago en las lanchas de vapor, en vez de en la pintoresca barcaza imperial.

La Emperatriz Viuda es lo suficientemente artística y conservadora como para gustar de la barcaza tradicional; pero también es lo suficientemente inteligente como para apreciar las ventajas de otros medios de locomoción, y no tiene prejuicios; de hecho, le agrada bastante probar cosas nuevas.

Cuando los días eran largos, el aire suave y el seno del lago estaba cinglado por su cadena de loto en flor, prefería la barcaza; pero cuando llegaron los días más cortos y frescos, cuando los lotos ya no estaban en flor, ordenaba la lancha de vapor para nuestros paseos.

Parecía ahora gustarle su avance rápido y ruidoso tanto como antes había disfrutado del movimiento suave y deslizante de la barcaza.

Su Trono en la lancha estaba en la proa, justo afuera y por encima de la cabina, donde se sentaban las Princesas y las Damas. Su Majestad siempre quería el aire fresco y la vista, y nunca entraba. La joven Emperatriz y las Damas se sentaban dentro de la cabina, amueblada lujosamente con sus divanes y mesas.

El primer día que salimos en la lancha, el maquinista pareció no tenerla del todo bajo control, y pronto encallamos en un campo de plantas acuáticas cerca de la isla.

Hubo una gran consternación entre los eunucos cuando se descubrió que la lancha no podía avanzar, ni siquiera poniendo toda la máquina a vapor. El maquinista no parecía saber qué hacer.

Su Majestad ordenó invertir los motores, y se intentó esto, pero pasó un buen rato antes de que la lancha se moviera. Las Princesas y los eunucos se pusieron bastante nerviosos, pero Su Majestad estaba completamente despreocupada y se rio de sus temores por su seguridad.

Dijo que no sería gran cosa para ella caminar hasta la isla. ¡Solo significaría un par de zapatos menos!

Cuando la lancha por fin se puso en marcha, el Gran Eunuo, que no deseaba correr el riesgo de otro percance, quiso dar orden al ingeniero de regresar; pero Su Majestad no quiso ni oír hablar de ello y se empeñó en completar la excursión tal como la había planeado en un principio.

Tuvimos varios contratiempos más y la lancha acabó encallando; y ningún esfuerzo de los ingenieros, ni el aumento de la presión del vapor, logró sacarnos de allí. Su Majestad conservó el buen humor, mandó que acercaran su barcaza y todos fuimos transbordados. Terminamos nuestro recorrido por el lago tal como lo había planeado, pero en la barcaza en lugar de en la lancha.

Ella es demasiado inteligente como para no utilizar cualquier medio a su alcance para alcanzar sus fines, y es lo suficientemente inteligente como para ver que estos fines pueden alcanzarse, por unos medios u otros, antes de fijarlos.

El Emperador de China, con la habitual tolerancia china —y los chinos son el pueblo más tolerante del mundo en cuanto a la fe religiosa—, no es solo la cabeza de una iglesia, sino de todas las iglesias de China. Él es, como Emperador, el Gran Sumo Sacerdote del Cielo, el Sumo Sacerdote del budismo y del taoísmo, y es, por supuesto, confuciano; aunque esto sea una filosofía más bien que una religión. Pero, a pesar de ser una filosofía, hay ciertos ritos y ceremonias observados por los confucianos. Todas las grandes ceremonias de los diferentes cultos se celebran en los templos del Palacio con estricta imparcialidad e igual pompa. Cualesquiera que sean las inclinaciones individuales del Emperador, y, desde luego, debe de tener sus propias preferencias, él participa en cada una de estas celebraciones. Pero su ejercicio oficial y público de la religión se limita al culto del Cielo y de la Tierra, al cual rinde públicos sacrificios anuales en el Gran Templo del Cielo en Pekín.

La tarde de nuestra primera excursión en falúa de vapor, terminada en la barcaza de Su Majestad, hubo una espléndida ceremonia en la capilla al pie de la colina coronada por el Templo de los Diez Mil Budas, en memoria de Confucio, el gran Sabio, cuya filosofía ha dirigido la vida y las leyes del pueblo chino durante casi veinticinco siglos.

Aunque es un filósofo como Platón, en China tanto las masas como las clases altas aprecian su figura y siguen sus enseñanzas. No es un líder religioso, sino un maestro ético, y aunque se han erigido muchos templos en su memoria, son como Salas de la Ciencia y no templos dedicados a una divinidad.

No hay imágenes ni de Confucio ni de los Sabios en estos templos. Son salas clásicas, desprovistas de toda ornamentación de tipo eclesiástico.

Citas de las «Analectas», pintadas en rollos, esculpidas en madera y talladas en piedra, adornan las paredes, no solo de los interiores de los templos, sino de los patios y galerías de los edificios.

En el lugar donde estaría el altar en un templo, hay un nicho sencillo, pintado de rojo con una tablilla que lleva una inscripción en oro: «El Asiento del Perfec­to».

A ambos lados hay nichos similares, que contienen las tablillas de otros cuatro grandes Sabios, entre los cuales se encontraba Mencio.

Estos sacrificios semestrales se hacen en conmemoración de Confucio como maestro ético, sabio filósofo y Sabio.

En este servicio en el Palacio, los participantes y oficiantes vestían todos de etiqueta de la Corte. Hubo un discurso en memoria del gran Sabio, acompañado de música y himnos; estos últimos eran versos rítmicos que contenían alguna verdad inculcada por el Sabio.

Había un altar con una mesa de dragón delante para las ofrendas. Había sacrificios, incienso y música.

El altar estaba repleto de floreros espléndidos, cuencos de bronce antiguo y poco común, y pebeteros, y exhalaba una fragancia dulce a flores y fruta.

Sobre la mesa del dragón, que se encontraba enfrente, había ofrendas de mijo, carne y vino.

Altos velones de hierro calado que contenían enormes nudos de pino encendidos se colocaron frente a la plataforma elevada, sobre la cual se alzaba el altar, que estaba bellamente iluminado con altos cirios en candelabros de plata cuadrados.

El patio frente a este templo, así como los edificios circundantes, estaban adornados con encantadores farolillos pintados.

Sus Majestades, con la Emperatriz y las Damas, precedidos y rodeados por eunucos y funcionarios, con traje de Corte completo, avanzaron en procesión ceremoniosa por los corredores con galerías, desde la Sala del Trono de Su Majestad hasta el templo.

Su aproximación estuvo acompañada por el lento tañido de tambores. Cuando llegaron al templo, se colocaron tres cojines amarillos en el suelo pavimentado para Sus Majestades y la Emperatriz, y cojines rojos para las Damas.

La música sonó en acordes rítmicos, mientras Sus Majestades se arrodillaban y se postraban tres veces; la Emperatriz y las Damas hacían lo mismo. Los funcionarios y demás participantes se arrodillaron afuera en el patio.

Terminadas las posturas, se trajo una silla amarilla para la Emperatriz Viuda. Ella estuvo sentada durante el resto del servicio, pero el Emperador, la Emperatriz y las Damas permanecieron de pie durante toda la celebración.

Esta consistió en una serie de genuflexiones y postraciones por parte de los oficiantes, y en el traslado de las ofrendas sobre la mesa del dragón de manera ceremoniosa y reverente.

El oficiante principal leyó la alocución de un pergamino largo. Tras terminar, la colocó en un cofre sobre el altar.

La primera parte de la ceremonia tuvo lugar dentro del templo, luego los celebrantes salieron al patio e intonaron los seis himnos y realizaron nuevas postraciones. No pude entender lo suficiente de los himnos, ni conseguir que me los tradujeran lo bastante como para descifrar su significado. Todos tenían una longitud uniforme. Eran en alabanza a Confucio y se llamaban «Odas a la Paz».

Cuando todos los versos fueron entonados, el pergamino con el discurso, una porción de cada una de las ofrendas, fueron colocados en el enorme incensario de hierro, que se encontraba en el centro del patio exterior, y prendidos en fuego por el celebrante principal, mientras una de las varias jarras de vino que habían formado parte de las ofrendas era vertida sobre la llama.

No había esperado entrar en el templo con Sus Majestades y las Damas, pero cuando llegamos a la puerta, la Emperatriz me hizo entrar con ella. Parecían darse cuenta de que disfrutaba presenciando estas celebraciones y comprender perfectamente que no participara activamente en ellas. Siempre permanecía de pie, pero escuchaba con reverencia el entonar de los himnos y la lectura del discurso. Me comporté como lo haría en cualquier ceremonia religiosa, y parecieron apreciarlo.

Cuando todo hubo terminado, Su Majestad me mandó subir al altar para examinar los raros y antiguos adornos de bronce, los candelabros, etcétera.

Me explicaron que el discurso que se había leído fue quemado, ya que había cumplido su misión al ser leído; que las cenizas de un ensayo literario eran la ofrenda más adecuada para la memoria de Confucio, el gran filósofo.

Cuando todo hubo concluido, Sus Majestades ordenaron que los botes se acercaran al pie de la terraza, donde se había llevado a cabo la última parte de la celebración, y regresamos al Palacio a través del lago.

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