la cordillera del Almirantazgo descubierta por Ross, y ahora sería nuestra tarea doblar el cabo Adare y navegar por la costa oriental de la Tierra de Victoria hasta nuestra base prevista en la orilla del estrecho de McMurdo, al pie del volcán Erebus, a los 77° 9′ de latitud sur.
La última etapa del viaje fue vívida e imaginativa. Grandes y estériles picos de misterio surgían constantemente hacia el oeste mientras el bajo sol norteño del mediodía o el aún más bajo sol sureño de la medianoche —rozando el horizonte— vertían sus brumosas y rojizas luces sobre la nieve blanca, el hielo azulado, los canales de agua y los negros fragmentos de pendiente granítica expuesta.
Por las cumbres desoladas barrían furiosas e intermitentes ráfagas del terrible viento antártico, cuyas cadencias a veces guardaban vagas sugerencias de una música silbante, salvaje y semisentiente, con notas que abarcaban una amplia gama y que por alguna razón mnemotécnica subconsciente me parecían inquietantes y hasta vagamente terribles.