Danforth y yo conservamos recuerdos de haber emergido al gran hemisferio esculpido y de haber desandado nuestro camino a través de las ciclópeas salas y los corredores de la ciudad muerta; sin embargo, se trata puramente de fragmentos oníricos que no implican memoria alguna de voluntad, detalles o esfuerzo físico.
Había algo vagamente apropiado en nuestra partida de aquellas épocas sepultadas; pues mientras ascendíamos fatigosamente por el cilindro de mampostería primigenia de sesenta pies, vislumbramos junto a nosotros una procesión continua de esculturas heroicas ejecutadas con la técnica temprana e incorrupta de la raza muerta: un adiós de los Antiguos, escrito hace cincuenta millones de años.
Por fin, trepando hacia la salida en la parte superior, nos hallamos sobre un gran montículo de bloques caídos, con los muros curvos de sampia piedra más alta alzándose hacia el oeste, y las cumbres amenazantes de las grandes montañas asomándose más allá de las estructuras más derruidas hacia el este.
El cielo encima era una masa turbulenta y opalescente de tenues vapores de hielo, y el frío se aferraba a nuestras entrañas.
En menos de un cuarto de hora habíamos encontrado la empinada pendiente hacia las colinas —la probable terraza antigua— por la que habíamos descendido, y podíamos ver la oscura silueta de nuestro gran aeroplano en medio de las escasas ruinas sobre la ladera ascendente que teníamos delante.
A mitad de la pendiente hacia nuestra meta hicimos una pausa para tomar brevemente aliento, y nos volvimos para contemplar de nuevo el fantástico enmarañamiento de increíbles formas de piedra bajo nosotros—perfiladas una vez más de un modo místico contra un poniente desconocido. Al hacerlo, vimos que el cielo al fondo había perdido la bruma matutina; los inquietos vapores de hielo se habían desplazado hacia el cenit, donde sus burlones contornos parecían a punto de fijarse en algún diseño estricto que temían hacer del todo definido o concluyente.
Allí quedaba ahora revelada en el último horizonte blanco tras la grotesca ciudad una tenue línea élfica de picos violeta cuyas alturas en punta de aguja se recortaban de manera onírica contra el seductor color rosa del cielo occidental.
Hacia este borde refulgente ascendía la antigua meseta, cuyo curso deprimido del río de antaño la atravesaba a modo de cinta irregular de sombra.
Durante un segundo contenemos el aliento con admiración ante la belleza cósmica y sobrenatural del paisaje, y luego un horror impreciso empezó a filtrarse en nuestras almas. Pues esa lejana línea violeta no podía ser otra cosa que las terribles montañas de la tierra prohibida —las cumbres más altas de la tierra y foco de su maldad; guaridas de horrores sin nombre y secretos arqueanos; rehuídas y objeto de plegarias por quienes temían esculpir su significado; no holladas por ningún ser viviente de la tierra, sino visitadas por los rayos siniestros y emisoras de extraños haces de luz a través de las llanuras en la noche polar.
Si los mapas y cuadros esculpidos en aquella ciudad prehumana habían dicho la verdad, aquellas enigmáticas montañas violetas no debían estar a muchísima menos distancia de tres millas; con todo, no con menor nitidez se recortaba su vaga y feérica esencia sobre aquel reborde remoto y nevado, como el borde serrado de un planeta monstruoso y ajeno a punto de elevarse hacia unos cielos desacostumbrados.
Al verlos, pensé con nerviosismo en ciertos indicios esculpidos de lo que el gran río de antaño había arrastrado a la ciudad desde sus malditas pendientes, y me pregunté cuánta sensatez y cuánta insensatez había habido en los temores de aquellos Antiguos que los esculpieron con tanta reserva.
Recordé cómo su extremo septentrional debía de llegar cerca de la costa, en la Tierra de la Reina María, donde incluso en aquel momento la expedición de sir Douglas Mawson estaba sin duda trabajando a menos de mil millas de distancia; y esperé que ningún mal destino le diera a sir Douglas y a sus hombres un vistazo de lo que pudiera haber más allá de la cordillera costera protectora.
Tales pensamientos eran una medida de mi estado de sobreexcitación en aquel momento —y Danforth parecía estar aún peor.
Sin embargo, antes de haber pasado la gran ruina en forma de estrella y de haber llegado a nuestro avión, nuestros temores se habían trasladado a la menor, aunque suficientemente vasta, cordillera cuyo nuevo cruce teníamos por delante.
Desde estas estribaciones, las laderas negras y cubiertas de ruinas se alzaban con crudeza y horror hacia el este, recordándonos una vez más aquellas extrañas pinturas asiáticas de Nicholas Roerich; y cuando pensábamos en los malditos panales que albergaban en su interior, y en las espantosas entidades amorfas que podrían haber extendido su reinado de movimientos fétidos y retorcidos hasta los más altos pináculos huecos, no podíamos afrontar sin pánico la perspectiva de volver a navegar junto a aquellas sugerentes bocas de cuevas orientadas al cielo, donde el viento producía sonidos similares a una malvada música flautada de gran alcance.
Para colmo, vimos rastros claros de neblina local alrededor de varias cumbres—como le debió de pasar al pobre Lake cuando cometió aquel error inicial sobre el vulcanismo—, y pensamos con escalofríos en aquella niebla emparentada de la que acabábamos de escapar—en eso, y en el abismo blasfemo y engendrador de horrores de donde procedían todos esos vapores.
Todo iba bien con el avión, y torpemente nos pusimos nuestros pesados abrigos de piel para volar. Danforth puso en marcha el motor sin problemas, y despegamos con mucha suavidad por encima de la ciudad de pesadilla.
A muy gran altura debió de haber una gran perturbación, puesto que las nubes de polvo de hielo del cenit hacían toda clase de cosas fantásticas; pero a veinticuatro mil pies, la altura que necesitábamos para el desfiladero, la navegación nos resultó bastante practicable.
A medida que nos acercábamos a los picos escarpados, el extraño silbido del viento volvió a hacerse patente, y pude ver las manos de Danforth temblar sobre los mandos. Por mucho que fuera un completo aficionado, pensé en ese momento que tal vez yo sería mejor navegante que él para efectuar el peligroso cruce entre los pináculos; y cuando le hice gestos para cambiar de asiento y hacerme cargo de sus tareas, él no opuso resistencia.
Intenté conservar toda mi destreza y aplomo, y me quedé mirando el sector de cielo lejano y rojizo situado entre las paredes del desfiladero.
Pero Danforth, liberado de su pilotaje y con los nervios tensos hasta un punto peligroso, no pudo guardar silencio. Sentí que se volvía y se retorcía mientras miraba hacia atrás, hacia la terrible ciudad que se alejaba; hacia adelante, hacia los picos horadados de cuevas y plagados de cubos; hacia los lados, hacia el sombrío mar de estribaciones nevadas y cubiertas de murallas; y hacia arriba, hacia el cielo turbulento y de nubes grotescas.
Fue entonces, justo cuando intentaba sortear con seguridad el desfiladero, que sus gritos frenéticos estuvieron a punto de llevarnos a la catástrofe, al romper mi férreo autocontrol y hacer que torpe e inútilmente manoseara los mandos por un instante. Un segundo después mi resolución triunfó y cruzamos a salvo, aunque temo que Danforth nunca vuelva a ser el mismo.
He dicho que Danforth se negó a decirme qué horror final le hizo gritar de ese modo demencial—un horror del cual, según temo tristemente, es el principal responsable de su actual crisis nerviosa.
Tuvimos fragmentos de conversación a gritos por encima del silbido del viento y el zumbido del motor cuando alcanzamos el lado seguro de la cordillera y descendimos lentamente hacia el campamento, pero eso tuvo que ver principalmente con los pactos de secreto que habíamos hecho mientras nos preparábamos para abandonar la ciudad de pesadilla.
Todo cuanto Danforth ha insinuado alguna vez es que el horror final fue un espejismo. No se trataba, declara, de nada relacionado con los cubos y cavernas de aquellas montañas de la locura repletas de ecos, vapores y panales vermiformes que cruzamos; sino de un único vislumbre fantástico y demoníaco, entre las nubes arremolinadas del cenit occidental, de lo que se ocultaba tras aquellas otras violetas montañas occidentales que los Antiguos habían esquivado y temido.
En raras ocasiones ha susurrado cosas inconexas e irresponsables sobre «el pozo negro», «el borde esculpido», «los proto-Shoggoths», «los sólidos sin ventanas de cinco dimensiones», «los cilindros sin nombre», «el faro antiguo», «Yog-Sothoth», «la gelatina blanca primigenia», «el color caído del espacio», «las alas», «los ojos en la oscuridad», «la escalera de la luna», «lo original, lo eterno, lo imperecedero» y otros conceptos estrafalarios; pero cuando está en su pleno juicio repudia todo esto y lo atribuye a sus curiosas y macabras lecturas de años anteriores. A Danforth, de hecho, se le conoce por estar entre los pocos que alguna vez se han atrevido a leer de cabo a rabo aquel ejemplar apolillado del Necronomicón que se guarda bajo llave en la biblioteca de la universidad.
El cielo más alto, al cruzar la cordillera, era sin duda lo bastante vaporoso y turbulento; y aunque no vi el cenit, bien puedo imaginar que sus remolinos de polvo de hielo debieron de adoptar formas extrañas. La imaginación, sabiendo cuán vívidamente las escenas distantes pueden a veces reflejarse, refractarse y magnificarse por tales capas de nubes inquietas, fácilmente podría haber aportado el resto; y, por supuesto, Danforth no insinuó ninguno de estos horrores específicos sino hasta después de que su memoria hubiera tenido la oportunidad de recurrir a sus lecturas pasadas. Jamás podría haber visto tanto en una sola y fugaz mirada.
En aquel momento, sus alaridos se reducían a la repetición de una sola y enloquecida palabra de origen demasiado obvio:
«¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!»