Solo cuatro de nuestros aviones fueron necesarios para transportar el material propiamente dicho de exploración; el quinto se quedó con un piloto y dos hombres, procedentes de los barcos, en el depósito de suministros para constituir un medio de alcanzarnos desde el Arkham en caso de que todos nuestros aviones de exploración se perdieran.
Más tarde, cuando no empleábamos los demás aviones para trasladar aparatos, utilizábamos uno o dos en un servicio de transporte lanzadera entre este depósito y otra base permanente situada en la gran meseta, a unas seiscientas o setecientas millas hacia el sur, más allá del glaciar Beardmore.
A pesar de los relatos casi unánimes sobre los horribles vientos y tempestades que se desprenden de la meseta, decidimos prescindir de bases intermedias, jugándonos el tipo en aras de la economía y la probable eficacia.
Los informes de radio han hablado del impresionante vuelo de cuatro horas, sin escalas, de nuestro escuadrón el 21 de noviembre sobre la elevada barrera de hielo, con vastos picos alzándose hacia el oeste y los abismales silencios haciendo eco al sonido de nuestros motores.
El viento nos molestó solo moderadamente, y nuestras brújulas de radio nos ayudaron a superar la única niebla opaca que encontramos. Cuando la vasta elevación se perfiló ante nosotros, entre las latitudes 83° y 84°, supoimos que habíamos llegado al glaciar Beardmore, el glaciar de valle más grande del mundo, y que el mar helado estaba dando paso ahora a una costa imponente y montañosa.
Por fin estábamos entrando de verdad en el mundo blanco y muerto desde hace eones del confín austral. Aun mientras nos dábamos cuenta de ello, vimos el pico del monte Nansen a lo lejos, hacia el este, elevándose hasta alcanzar una altura de casi quince mil pies.