Creo que ambos exclamamos simultáneamente entre una mezcla de asombro, maravilla, terror y incredulidad ante nuestros propios sentidos cuando finalmente superamos el desfiladero y vimos lo que había más allá.
Por supuesto, debíamos de albergar alguna teoría natural en el fondo de nuestras mentes para mantener firmes nuestras facultades por el momento. Probablemente pensamos en cosas como las piedras grotescamente erosionadas del Jardín de los Dioses en Colorado, o en las rocas esculpidas por el viento con fantástica simetría del desierto de Arizona. Tal vez incluso llegamos a pensar a medias que la visión era un espejismo como el que habíamos visto la mañana anterior al acercarnos por primera vez a aquellas montañas de la locura.
Debíamos de haber contado con alguna clase de nociones normales a las que recurrir mientras nuestros ojos barrían aquella meseta infinita y azotada por las tempestades, y abarcaban el laberinto casi interminable de masas de piedra colosales, regulares y geométricamente eurítmicas que alzaban sus cumbres desmoronadas y picadas por los elementos sobre una capa glacial de no más de cuarenta o cincuenta pies de espesor en su parte más gruesa, y en algunos lugares obviamente más delgada.
El efecto de aquella visión monstruosa era indescriptible, pues desde un principio parecía segura alguna diabólica violación de las leyes naturales conocidas.
Aquí, en una meseta endiabladamente milenaria de más de veinte mil pies de altura, y en un clima letal para la vida desde una era prehumana de hace no menos de quinientos mil años, se extendía casi hasta el límite de la vista un dédalo de piedra ordenada que solo la desesperación de la autodefensa mental podía atribuir a otra causa que no fuera consciente y artificial.
Hasta entonces habíamos descartado, en lo que a una reflexión seria se refiere, cualquier teoría de que los cubos y murallas de las laderas tuvieran otro origen que no fuera el natural. ¿Cómo iba a ser de otro modo, cuando el hombre mismo apenas se había diferenciado de los grandes simios en la época en que esta región sucumbió al actual reino ininterrumpido de muerte glacial?
Sin embargo, ahora el dominio de la razón parecía irrevocablemente quebrantado, pues este laberinto ciclópeo de bloques escuadrados, curvos y angulares tenía características que eliminaban cualquier refugio reconfortante. Era, con toda claridad, la ciudad blasfema del espejismo en cruda, objetiva e ineludible realidad. Aquel maldito presagio había tenido una base material después de todo; había existido algún estrato horizontal de polvo de hielo en las altas capas atmosféricas, y esta espantosa supervivencia de piedra había proyectado su imagen a través de las montañas según las simples leyes de la reflexión. Por supuesto, el fantasma había sido distorsionado y exagerado, y había contenido cosas que la fuente real no contenía; sin embargo ahora, al contemplar esa fuente real, nos parecía aún más hedionda y amenazante que su distante imagen.
Sólo la increíble e inhumana enormidad de aquellas vastas torres y murallas de piedra había salvado a la espantosa criatura de su completa aniquilación en los cientos de miles —tal vez millones— de años que llevaba meditando allí en medio de los vientos de una desolada meseta. «Corona Mundi —El techo del mundo—». Toda clase de frases fantásticas brotaron de nuestros labios mientras mirábamos con vértigo el increíble espectáculo.
Volví a pensar en los mitos primigenios y ultraterrenos que tan persistentemente me habían acosado desde mi primera visión de este mundo antártico muerto: de la demoníaca meseta de Leng, de los Mi-Go, o Hombres de las Nieves del Himalaya, de los Manuscritos Pnakóticos con sus implicaciones prehumanas, del culto a Cthulhu, del Necronomicón, y de las leyendas hiperbóreas del informe Tsathoggua y el engendro estelar, peor que informe, asociado a esa semientidad.
Por millas infinitas en todas direcciones, la cosa se extendía con muy poca disminución; de hecho, mientras nuestros ojos la seguían hacia la derecha y la izquierda a lo largo de la base de las colinas bajas y de pendiente suave que la separaban del borde montañoso propiamente dicho, decidimos que no podíamos ver ninguna disminución en absoluto, salvo por una interrupción a la izquierda del desfiladero por el que habíamos venido.
Simplemente habíamos tropezado, al azar, con una parte limitada de algo de extensión incalculable.
Las estribaciones estaban salpicadas de manera más dispersa de grotescas estructuras de piedra, que vinculaban la terrible ciudad con los ya familiares cubos y murallas que evidentemente formaban sus puestos de avanzada en la montaña.
Estos últimos, al igual que las extrañas bocas de las cuevas, abundaban tanto en las laderas interiores como en las exteriores de las montañas.
El laberinto de piedra sin nombre consistía, en su mayor parte, en muros de entre diez y ciento cincuenta pies de altura transparente como el hielo, y de un grosor que variaba entre cinco y diez pies.
Estaba compuesto principalmente por prodigiosos bloques de oscura pizarra primordial, esquisto y arenisca —bloques en muchos casos tan grandes como de 4 × 6 × 8 pies—, aunque en varios lugares parecía estar esculpido en la roca madre maciza e irregular de pizarra precámbrica.
Los edificios diferían mucho en tamaño, ya que había innumerables colmenares de enorme extensión, así como estructuras separadas más pequeñas.
La forma general de estas estructuras tendía a ser cónica, piramidal o escalonada; aunque había muchos cilindros perfectos, cubos perfectos, cúmulos de cubos y otras formas rectangulares, además de una curiosa salpicadura de edificios angulares cuya planta pentagonal sugería vagamente las fortificaciones modernas.
Los constructores habían hecho un uso constante y experto del principio del arco, y probablemente había habido cúpulas en la época de esplendor de la ciudad.
Todo aquel enmarañado conjunto estaba monstruosamente erosionado, y la superficie glacial desde donde se proyectaban las torres se hallaba cubierta de bloques caídos y escombros inmemoriales.
Donde la capa de hielo era transparente podíamos ver las partes inferiores de los gigantescos montículos, y advertimos los puentes de piedra conservados por el hielo que conectaban las diferentes torres a distintas distancias sobre el suelo.
En los muros expuestos pudimos distinguir las zonas cicatrizadas donde otros puentes más altos del mismo tipo habían existido.
Una inspección más detallada reveló innumerables ventanas bastante grandes; algunas de las cuales estaban cerradas con contraventanas de un material petrificado que originalmente era madera, aunque la mayoría se abrían de par en par de un modo siniestro y amenazador.
Muchas de las ruinas, por supuesto, estaban sin techos, y con bordes superiores irregulares aunque redondeados por el viento; mientras que otras, de un modelo más marcadamente cónico o piramidal o bien protegidas por estructuras circundantes más altas, conservaban sus contornos intactos a pesar de la omnipresente descomposición y erosión. Con los prismáticos apenas alcanzábamos a distinguir lo que parecían ser decoraciones escultóricas en bandas horizontales—decoraciones que incluían esos curiosos grupos de puntos cuya presencia en las antiguas estearitas adquiría ahora un significado infinitamente mayor.
En muchos lugares los edificios estaban totalmente arruinados y la capa de hielo profundamente agrietada por diversas causas geológicas. En otros lugares la mampostería estaba desgastada hasta el mismo nivel de la glaciación. Una amplia franja, que se extendía desde el interior de la meseta hasta una brecha en las estribaciones a una milla más o menos a la izquierda del desfiladero que habíamos cruzado, estaba completamente libre de edificios. Probablemente representaba, dedujimos, el curso de algún gran río que en el terciario —hace millones de años— había desembocado a través de la ciudad en algún prodigioso abismo subterráneo de la gran cordillera barrera. Sin duda, esta era ante todo una región de cuevas, abismos y secretos subterráneos más allá de la comprensión humana.
Al recordar nuestras sensaciones y rememorar nuestro aturdimiento al contemplar esta monstruosa supervivencia de eones que habíamos creído prehumanos, solo puedo preguntarme cómo mantuvimos la apariencia de equilibrio que conservamos. Por supuesto, sabíamos que algo —la cronología, la teoría científica o nuestra propia conciencia— fallaba estrepitosamente; sin embargo, conservamos la ecuanimidad suficiente para pilotar el avión, observar muchas cosas con bastante detenimiento y tomar una cuidadosa serie de fotografías que tal vez aún nos sirvan a nosotros y al mundo de gran ayuda.
En mi caso, el hábito científico arraigado tal vez haya ayudado; pues por encima de todo mi desconcierto y mi sensación de amenaza ardía una curiosidad dominante por sondear más de este secreto milenario —por saber qué clase de seres habían construido y habitado este lugar inconmensurablemente gigantesco, y qué relación con el mundo general de su tiempo o de otros tiempos pudo haber tenido una concentración de vida tan única.
Pues este lugar no podía ser una ciudad ordinaria. Debía de haber constituido el núcleo primordial y el centro de algún capítulo arcaico e increíble de la historia de la tierra cuyas ramificaciones exteriores, recordadas solo confusamente en los mitos más oscuros y distorsionados, se habían desvanecido por completo en medio del caos de las convulsiones terrenales mucho antes de que ninguna raza humana de la que conocemos hubiera salido arrastrándose de su simiada condición.
Aquí se extendía una megalópolis paleogea comparada con la cual la fabulosa Atlántida y Lemuria, Commoriom y Uzuldaroum, y Olathoë en la tierra de Lomar son cosas recientes de hoy —ni siquiera de ayer—; una megalópolis a la altura de tales blasfemias prehumaras susurradas como Valusia, R’lyeh, Ib en la tierra de Mnar, y la Ciudad Sin Nombre de Arabia Deserta.
Mientras volábamos sobre aquel dédalo de austeras torres de Titán, mi imaginación a veces se desbordaba por completo y divagaba sin rumbo por reinos de asociaciones fantásticas, llegando incluso a tejer nexos entre este mundo perdido y algunos de mis sueños más desquiciados acerca del demencial horror en el campamento.
El depósito de combustible del aeroplano, en aras de una mayor ligereza, solo se había llenado a medias; por tanto, ahora debíamos extremar la precaución en nuestras exploraciones. Aun así, sin embargo, cubrimos una extensión enorme de terreno —o más bien, de aire— tras descender en picado hasta un nivel donde el viento se volvió prácticamente insignificante.
Parecía no haber límite para la cadena montañosa, ni para la longitud de aquella espantosa ciudad de piedra que bordeaba sus estribaciones interiores.
Cincuenta millas de vuelo en cada dirección no mostraron ningún cambio importante en el laberinto de roca y mampostería que emergía cadavéricamente a través del hielo eterno.
Había, sin embargo, algunas diversificaciones sumamente fascinantes; como los grabados en el cañón donde aquel ancho río había atravesado antaño las estribaciones y se acercaba a su punto de hundimiento en la gran cordillera.
Los cabos de la desembocadura del arroyo habían sido audazmente tallados en pilones ciclópeos; y algo en los diseños estriados y en forma de barril despertó en Danforth y en mí unos semirecuerdos extrañamente vagos, aborrecibles y confusos.
También nos topamos con varios espacios abiertos en forma de estrella, evidentemente plazas públicas, y observamos diversas ondulaciones en el terreno.
Donde se alzaba una colina escarpada, por lo general estaba excavada para formar algún tipo de edificio de piedra laberíntica; pero había al menos dos excepciones. De estas últimas, una estaba demasiado erosionada para revelar lo que había habido en la eminencia saliente, mientras que la otra aún conservaba un fantástico monumento cónico esculpido en la roca viva y que se asemejaba vagamente a cosas como la conocida Tumba de la Serpiente en el antiguo valle de Petra.
Volando tierra adentro desde las montañas, descubrimos que la ciudad no tenía una anchura infinita, a pesar de que su longitud a lo largo de las estribaciones parecía interminable.
Al cabo de unas treinta millas, los grotescos edificios de piedra comenzaron a escasear, y diez millas más adelante llegamos a un yermo ininterrumpido prácticamente sin indicios de artificio consciente.
El curso del río más allá de la ciudad parecía señalado por una línea ancha y deprimida, mientras que la tierra adoptaba una rugosidad algo mayor, pareciendo ascender ligeramente a medida que se retiraba hacia el oeste envuelto en bruma.
Hasta entonces no habíamos hecho ningún aterrizaje, pero marchar del altiplano sin intentar entrar en alguna de las monstruosas estructuras habría sido inconcebible.
Por consiguiente, decidimos buscar un lugar llano en las estribaciones cercanas a nuestro paso navegable, tomar tierra allí con el aeroplano y disponernos a explorar un poco a pie.
Aunque estas laderas graduales estaban parcialmente cubiertas por una dispersión de ruinas, el vuelo a baja altura no tardó en revelar una cantidad amplia de posibles lugares de aterrizaje.
Seleccionando el más cercano al paso, ya que nuestro siguiente vuelo sería a través de la gran cordillera y de regreso al campamento, logramos hacia las doce y media de la tarde posarnos en un campo de nieve liso y duro, totalmente desprovisto de obstáculos y bien adaptado para un despegue rápido y favorable más adelante.
No parecía necesario proteger el avión con un talud de nieve durante un tiempo tan breve y con una ausencia tan cómoda de vientos fuertes a este nivel; por lo tanto, nos limitamos a comprobar que los esquís de aterrizaje estuvieran bien colocados y que las partes vitales del mecanismo estuvieran protegidas contra el frío.
Para nuestro viaje a pie prescindimos de las más pesadas de nuestras pieles de aviador y llevamos con nosotros un pequeño equipo consistente en una brújula de bolsillo, una cámara de mano, provisiones ligeras, voluminosos cuadernos y papel, martillo y cincel de geólogo, bolsas para muestras, un rollo de cuerda de escalar y potentes linternas eléctricas con pilas de repuesto; este equipo había sido transportado en el avión por si acaso teníamos la oportunidad de efectuar un aterrizaje, tomar fotografías desde tierra, realizar dibujos y croquis topográficos y obtener muestras de roca de alguna pendiente desnuda, afloramiento o cueva de montaña.
Por suerte, teníamos una provisión de papel adicional para romper, colocar en una bolsa de muestras de repuesto y usar —según el antiguo principio de la liebre y los perros de caza— para marcar nuestro rumbo en cualquier laberinto interior en el que pudieraos penetrar.
Esto se había llevado por si encontrábamos algún sistema de cuevas con aire lo suficientemente tranquilo como para permitir un método tan rápido y sencillo en lugar del método habitual de marcar el sendero a golpes de roca.
Caminando con cautela cuesta abajo sobre la nieve costra, hacia el estupefacto laberinto de piedra que se recortaba contra el poniente opalescente, sentimos una sensación casi tan intensa de maravillas inminentes como la que habíamos experimentado al acercarnos al insondable paso de montaña cuatro horas antes.
Es verdad que ya nos habíamos familiarizado visualmente con el increíble secreto oculto tras los picos de la barrera; sin embargo, la perspectiva de adentrarnos realmente en unos muros primordiales levantados por seres conscientes quizás millones de años atrás —antes de que pudiera existir ninguna raza humana conocida— no dejaba de ser imponente y potencialmente terrible por lo que implicaba de anormalidad cósmica.
Aunque la delgadez del aire a esta prodigiosa altitud hacía que el esfuerzo fuera algo más difícil de lo habitual, tanto Danforth como yo nos encontrábamos resistiendo muy bien y nos sentíamos capaces de casi cualquier tarea que pudiera tocarnos en suerte.
Bastaron unos pocos pasos para llevarnos hasta una ruina informe erosionada hasta quedar al nivel de la nieve, mientras que a unas diez o quince varas más adelante se alzaba un enorme baluarte sin techo, todavía intacto en su gigantesco trazado de cinco puntas, y que se elevaba hasta una altura irregular de diez o once pies.
Hacia este último nos dirigimos; y cuando por fin pudimos tocar sus erosionados bloques ciclópeos, sentimos que habíamos establecido un vínculo sin precedentes y casi blasfemo con eones olvidados normalmente vedados a nuestra especie.
Este baluarte, en forma de estrella y de tal vez trescientos pies de un extremo a otro, fue construido con bloques de arenisca del Jurásico de tamaño irregular, con una superficie promedio de 6 × 8 pies.
Había una hilera de troneras o ventanas arqueadas de unos cuatro pies de ancho y cinco de alto, espaciadas con bastante simetría a lo largo de las puntas de la estrella y en sus ángulos internos, y con la parte inferior a unos cuatro pies de la superficie glaciar.
Al examinar esto, pudimos ver que la mampostería tenía nada menos que cinco pies de espesor, que no quedaban tabiques en su interior y que había rastros de tallas en bandas o bajorrelieves en las paredes interiores; datos que ya habíamos adivinado antes, al volar bajo sobre este parapeto y otros similares. Aunque las partes inferiores debieron de existir originalmente, todos los rastros de tales cosas estaban ahora totalmente ocultos por la profunda capa de hielo y nieve en este punto.
Nos arrastramos por una de las ventanas e intentamos en vano descifrar los diseños murales casi borrados, pero no intentamos perturbar el suelo glaciar.
Nuestros vuelos de reconocimiento habían indicado que muchos edificios de la ciudad propiamente dicha estaban menos ahogados por el hielo, y que tal vez podríamos encontrar interiores totalmente despejados que condujeran al nivel del suelo real si entrábamos en aquellas estructuras que aún conservaban el techo en la parte superior.
Antes de abandonar el terraplén, lo fotografiamos minuciosamente y estudiamos su mampostería ciclópea sin argamasa con total desconcierto. Habríamos deseado que Pabodie estuviera presente, pues sus conocimientos de ingeniería nos habrían ayudado a adivinar cómo se habrían podido manipular bloques tan titánicos en aquella época increíblemente remota en que la ciudad y sus afueras fueron construidas.
La caminata cuesta abajo de media milla hasta la ciudad propiamente dicha, con el viento superior aullando en vano y con saña a través de las cumbres que se elevaban hacia el cielo en el fondo, fue algo cuyos detalles más ínfimos permanecerán siempre grabados en mi mente.
Solo en pesadillas fantásticas podrían seres humanos que no fuéramos Danforth y yo concebir semejantes efectos ópticos.
Entre nosotros y los vapores turbulentos del oeste se extendía aquel monstruoso dédalo de oscuras torres de piedra, cuyas formas extravagantes e increíbles nos impresionaban de nuevo en cada nuevo ángulo de visión.
Era un espejismo hecho de piedra maciza, y de no ser por las fotografías aún dudaría de que tal cosa pudiese existir. El tipo general de mampostería era idéntico al de la muralla que habíamos examinado; pero las formas extravagantes que dicha mampostería adoptaba en sus manifestaciones urbanas escapaban a toda descripción.
Aun las imágenes ilustran solo una o dos fases de su infinita variedad, su sobrenatural enormidad y su exotismo totalmente ajeno. Había formas geométricas para las que un Euclides apenas podría hallar un nombre: conos de todos los grados de irregularidad y truncamiento, terrazas de toda clase de desproporción sugerente, fustes con extrañas dilataciones bulbosas, columnas rotas en curiosos grupos y disposiciones de cinco puntas o cinco crestas de una grotesquedad demencial.
A medida que nos acercábamos pudimos ver bajo ciertas partes transparentes de la capa de hielo, y divisar algunos de los puentes de piedra tubulares que conectaban las estructuras dispersas de manera disparatada a varias alturas.
De calles ordenadas no parecía haber ninguna, siendo la única franja ancha y abierta una situada a una milla a la izquierda, por donde el antiguo río indudablemente había fluido a través de la ciudad hacia las montañas.
Nuestros prismáticos revelaron que las bandas horizontales exteriores de esculturas casi borradas y los grupos de puntos eran muy abundantes, y podíamos medio imaginar el aspecto que la ciudad debió de tener en otro tiempo, a pesar de que la mayoría de los tejados y cimas de las torres se habían perdido necesariamente.
En su conjunto, había sido un complejo dédalo de callejuelas y pasajes retorcidos, todos ellos profundos cañones, y algunos poco mejores que túneles debido a la mampostería saliente o a los puentes en arco.
Ahora, extendida ante nosotros, se alzó como una fantasía onírica contra una neblina occidental a través de cuyo extremo norte el bajo y rojizo sol antártico de la primera hora de la tarde luchaba por brillar; y cuando, por un momento, ese sol tropezó con una obstrucción más densa y sumió la escena en una sombra temporal, el efecto resultó sutilmente amenazante de un modo que jamás podré esperar describir.
Hasta el débil aullido y silbido del viento imperceptible en los grandes pasos de montaña a nuestra espalda adquirió una nota más salvaje de malignidad deliberada.
La última etapa de nuestro descenso hacia el pueblo era desacostumbradamente empinada y abrupta, y un saliente de roca en el borde donde cambiaba la pendiente nos hizo pensar que alguna vez había existido allí una terraza artificial.
Bajo la glaciación, creíamos, debía de haber un tramo de escaleras o su equivalente.
Cuando al fin nos adentramos en el pueblo mismo, trepando por entre la mampostería caída y esquivando con recelo la proximidad agobiante y la altura empequeñecedora de los muros omnipresentes, desmoronados y picados, nuestras sensaciones volvieron a ser tales que me maravillo de la cantidad de autocontrol que conservamos.
Danforth estaba francamente nervioso y empezó a hacer conjeturas ofensivamente impertinentes sobre el horror del campamento; algo que me irritó aún más porque no podía evitar compartir ciertas conclusiones que nos imponían muchos de los rasgos de esta mórbida supervivencia de una antigüedad de pesadilla.
Las especulaciones también obraron en su imaginación; pues en un lugar —donde un callejón lleno de escombros daba una curva cerrada— insistió en que había visto débiles rastros de marcas en el suelo que no le gustaron; mientras que en otra parte se detuvo a escuchar un sonido sutil e imaginario proveniente de algún punto indefinido —un silbido musical amortiguado, dijo, no muy diferente al del viento en las cuevas de las montañas, pero de algún modo inquietantemente distinto.
La incesante pentagonalidad de la arquitectura circundante y de los escasos arabescos murales distinguibles poseía una vaga y siniestra capacidad de sugerencia que no podíamos eludir, y nos infundía una pizca de terrible certeza subconsciente acerca de las entidades primigenias que habían levantado y habitado este lugar maldito.
No obstante, nuestras almas científicas y aventureras no estaban del todo muertas, y llevamos a cabo mecánicamente nuestro programa de extraer muestras a martillazos de todos los diferentes tipos de roca representados en la mampostería. Deseábamos un repertorio bastante completo para poder sacar mejores conclusiones sobre la antigüedad del lugar.
Nada en los grandes muros exteriores parecía datar de una época posterior a los períodos Jurásico y Comancheano, ni ninguna pieza de piedra de todo aquel lugar era más reciente que la era del Plioceno.
Con absoluta certeza, estábamos deambulando en medio de una muerte que había reinado durante al menos quinientos mil años, y con toda probabilidad, incluso más tiempo.
A medida que avanzábamos por aquel laberinto de penumbras sombreadas por la piedra, nos deteníamos en todas las aberturas accesibles para estudiar los interiores e investigar las posibilidades de entrada. Algunas estaban fuera de nuestro alcance, mientras que otras conducían únicamente a ruinas colmadas de hielo, tan desprovistas de techo y estériles como el murallón de la colina.
Una, aunque amplia y acogedora, se abría a un abismo aparentemente sin fondo y sin medios visibles para descender. De vez en cuando teníamos la oportunidad de estudiar la madera petrificada de alguna persiana superviviente, y nos impresionaba la fabulosa antigüedad que sugería la veta aún discernible. Estas cosas procedían de gimnospermas y coníferas mesozoicas —especialmente cícadas del Cretácico—, y de palmeras abanicadas y angiospermas primitivas claramente de la época terciaria. No se pudo descubrir nada que fuera definitivamente posterior al Plioceno.
En la colocación de estos contraventores—cuyos bordes delataban la antigua presencia de extrañas y ya desaparecidas bisagras—el uso parecía haber sido variado—estando algunos en la parte exterior y otros en el interior de los profundos alfizaces. Parecían haberse quedado encajados en su sitio, sobreviviendo así a la oxidación de sus primitivos y probablemente metálicos herrajes y cerrojos.
Al cabo de un tiempo dimos con una hilera de ventanas —en los abultamientos de un colosal cono pentagonal de vértice intacto— que daban a una vasta y bien conservada sala con suelo de piedra; pero quedaban demasiado altas para permitir el descenso sin una cuerda. Llevábamos una cuerda con nosotros, pero no queríamos molestarnos con esa caída de veinte pies a menos que fuera necesario, sobre todo en este aire tenue de la meseta donde se le exigía tanto al funcionamiento del corazón.
Esta enorme sala era probablemente un vestíbulo o una especie de explanada, y nuestras linternas eléctricas mostraban esculturas audaces, nítidas y potencialmente inquietantes, dispuestas alrededor de las paredes en amplias bandas horizontales separadas por franjas igualmente anchas de arabescos convencionales.
Tomamos nota cuidadosa de este lugar, con la intención de entrar por aquí a menos que encontráramos un interior de acceso más fácil.
Finalmente, sin embargo, encontramos exactamente la abertura que deseábamos; un arco de unas seis pies de ancho y diez de alto, que señalaba el extremo anterior de un puente aéreo que había cruzado un callejón a unas cinco pies por encima del nivel actual de la glaciación. Estos arcos, por supuesto, estaban al nivel de los pisos de los pisos superiores, y en este caso uno de los pisos todavía existía.
El edificio así accesible era una serie de terrazas rectangulares a nuestra izquierda que daban al oeste. El que estaba al otro lado del callejón, donde bostezaba el otro arco, era un cilindro decrépito sin ventanas y con una curiosa protuberancia a unos diez pies por encima de la abertura.
Estaba totalmente oscuro por dentro, y el arco parecía abrirse a un pozo de vacío ilimitable.
Escombros amontonados hacían que la entrada al vasto edificio de la izquierda fuera doblemente fácil, aunque por un momento dudamos antes de aprovechar la ocasión tanto tiempo anhelada.
Pues, aunque nos habíamos adentrado en este ovillo de misterio arcaico, se requería una nueva resolución para llevarnos en realidad al interior de un edificio intacto y superviviente de un mundo elder fabuloso cuya naturaleza se nos iba haciendo cada vez más y más horriblemente evidente.
Al final, sin embargo, dimos el paso decisivo y trepamos por entre los escombros hacia la abertura de la tronera. El suelo al otro lado era de grandes losas de pizarra y parecía formar la salida de un pasillo largo y alto de paredes esculpidas.
Observando los numerosos arcos interiores que partían de ella, y comprendiendo la probable complejidad del dédalo de apartamentos del interior, decidimos que debíamos iniciar nuestro sistema de marcado de pista a la zapa y al zorro.
Hasta entonces nuestras brújulas, junto con las frecuentes visiones de la vasta cordillera situada entre las torres a nuestras espaldas, habían sido suficientes para evitar que nos perdiéramos; pero a partir de ahora, el sustituto artificial sería necesario.
En consecuencia, redujimos nuestro papel sobrante a fragmentos del tamaño adecuado, los metimos en una bolsa para que los llevara Danforth y nos dispusimos a usarlos con la mayor moderación que la seguridad nos permitiera.
Este método probablemente nos garantizaría inmunidad contra las desviaciones, ya que no parecía haber corrientes de aire fuertes dentro de la mampostería primordial. Si surgiera alguna, o si se nos agotaran las reservas de papel, por supuesto podríamos recurrir al método, más seguro aunque más tedioso y lento, de picar la roca.
Lo inmenso del territorio que habíamos abierto era imposible de adivinar sin una exploración previa.
La estrecha y frecuente conexión entre los distintos edificios hacía probable que, a través de puentes bajo el hielo, pudiéramos pasar de uno a otro, salvo donde lo impidieran derrumbes locales y grietas geológicas, pues parecía que muy poca glaciación había penetrado en las macizas construcciones.
Casi todas las áreas de hielo transparente habían dejado ver las ventanas sumergidas y firmemente cerradas, como si el pueblo hubiera sido abandonado en ese estado uniforme hasta que la capa glacial llegó para cristalizar la parte inferior por toda la posteridad.
En verdad, uno adquiría la curiosa impresión de que aquel lugar había sido deliberadamente cerrado y abandonado en algún remoto e impreciso eón, en lugar de haber sido arrasado por una calamidad repentina o incluso por una decadencia gradual.
¿Había sido prevista la llegada del hielo, y una población sin nombre había marchado en masa en busca de una morada menos condenada?
Las precisas condiciones fisiográficas que concurrieron en la formación de la capa de hielo en este punto tendrían que esperar una resolución posterior.
No había sido, a todas luces, un avance abrasivo. Tal vez la presión de las nieves acumuladas hubiera sido la responsable, y quizás alguna crecida del río, o la ruptura de algún antiguo dique glaciar en la gran cordillera, hubieran contribuido a crear el estado particular que ahora se observaba.
La imaginación podía concebir casi cualquier cosa en relación con este lugar.