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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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II. The Expedition

A mi juicio, la imaginación popular respondió vivamente a nuestros boletines inalámbricos sobre la partida de Lake hacia el noroeste, adentrándose en regiones jamás holladas por pie humano ni penetradas por la imaginación humana, aunque no mencionamos sus locas esperanzas de revolucionar las ciencias enteras de la biología y la geología.

Su viaje preliminar de exploración y perforación del 11 al 18 de enero con Pabodie y otros cinco —estropeado por la pérdida de dos perros en un vuelco al cruzar una de las grandes crestas de presión en el hielo— había sacado a la luz cada vez más pizarra arcaica; y hasta a mí me interesó la singular profusión de evidentes marcas fósiles en aquel estrato increíblemente antiguo.

Estas marcas, sin embargo, eran de formas de vida muy primitivas que no implicaban gran paradoja, salvo que surgieran formas de vida en una roca tan decididamente precámbrica como esta parecía ser; por lo que aún seguía sin verle el sentido a la exigencia de Lake de un interludio en nuestro programa de ahorro de tiempo⁠—un interludio que requería el uso de los cuatro aviones, de muchos hombres y de la totalidad del aparato mecánico de la expedición.

Al final no veté el plan, aunque decidí no acompañar al grupo del noroeste a pesar de las súplicas de Lake para que les diera asesoramiento geológico.

Mientras estuvieran fuera, me quedaría en la base con Pabodie y cinco hombres para ultimar los planes del traslado hacia el este.

En preparación para este desplazamiento, uno de los aviones había comenzado a transportar un buen suministro de gasolina desde el estrecho de McMurdo, pero esto podía esperar temporalmente.

Me quedé con un trineo y nueve perros, ya que no es prudente quedarse en ningún momento sin medios de transporte posibles en un mundo totalmente deshabitado de muerte milenaria.

La subexpedición de Lake hacia lo desconocido, como todos recordarán, emitió sus propios informes desde los transmisores de onda corta de los aeroplanos; los cuales fueron captados simultáneamente por nuestros aparatos en la base sur y por el Arkham en el estrecho de McMurdo, desde donde se retransmitieron al mundo exterior en longitudes de onda de hasta cincuenta metros.

El inicio tuvo lugar el 22 de enero a las 4 a. m.; y el primer mensaje inalámbrico que recibimos llegó tan solo dos horas más tarde, cuando Lake habló de descender y poner en marcha un dispositivo de derretimiento de hielo y perforación a pequeña escala en un punto situado a unas trescientas millas de nosotros.

Seis horas después, un segundo mensaje, muy exaltado, hablaba del trabajo frenético, propio de castores, con el que se había excavado y volado un pozo poco profundo, que culminó en el descubrimiento de fragmentos de pizarra con varias marcas aproximadamente similares a la que había causado el desconcierto original.

Tres horas después, un breve boletín anunció la reanudación del vuelo en contra de un vendaval crudo y penetrante; y cuando envié un mensaje de protesta contra nuevos peligros, Lake respondió cortantemente que sus nuevos especímenes hacían que cualquier peligro valiera la pena.

Vi que su entusiasmo había llegado al punto del motín, y que yo no podía hacer nada para frenar aquel riesgo alocado para el éxito de toda la expedición; pero resultaba espantoso pensar en que se adentrara cada vez más en aquella traicionera y siniestra inmensidad blanca de tempestades y misterios insondables que se extendía a lo largo de unas mil quinientas millas hacia la costa, medio conocida y medio sospechosa, de las tierras de la Reina María y de Knox.

Luego, una hora y media más tarde aproximadamente, llegó aquel mensaje doblemente excitado del aeroplano en movimiento de Lake, el cual estuvo a punto de invertir mis sentimientos y hacerme desear haber acompañado a la expedición:

“10:05 p.m. En vuelo. Tras tormenta de nieve, hemos avistado por delante una cordillera más alta que ninguna vista hasta el momento. Puede igualar al Himalaya, teniendo en cuenta la altura de la meseta. Latitud probable 76° 15′, Longitud 113° 10′ E. Se extiende tan lejos como alcanza la vista a derecha e izquierda. Indicios de dos conos humeantes. Todos los picos negros y sin nieve. Un vendaval que sopla desde ellos dificulta la navegación.”

Después de eso, Pabodie, los hombres y yo nos quedamos junto al aparato receptor, sin aliento. La idea de este titánico murallón montañoso situado a setecientas millas de distancia inflamó nuestro más profundo sentido de la aventura, y nos regocijamos de que nuestra expedición, si no nosotros en persona, hubiera sido su descubridora. Media hora después, Lake nos volvió a llamar:

«El avión de Moulton se ha visto obligado a aterrizar en una meseta de las estribaciones, pero nadie ha sufrido daños y quizá pueda repararse. Trasladaremos lo esencial a los otros tres para el regreso o para nuevos desplazamientos si fuera necesario, pero por ahora no se requieren más viajes en aviones pesados. Las montañas superan todo lo imaginable. Voy a subir a reconocer en el avión de Carroll, con todo el peso aligerado.

«No os podéis imaginar nada parecido. Los picos más altos deben de superar los treinta y cinco mil pies. El Everest queda fuera de combate, Atwood calculará la altura con el teodolito mientras Carroll y yo subimos. Probablemente nos equivoquemos respecto a los conos, pues las formaciones parecen estratitificadas. Posiblemente pizarra precámbrica con otros estratos mezclados. Curiosos efectos en la línea del horizonte: secciones regulares de cubos adheridas a los picos más altos. Todo ello maravilloso bajo la luz rojiza y dorada del sol bajo. Como una tierra de misterio en un sueño o la puerta a un mundo prohibido de maravillas jamás holladas. Ojalá estuvieras aquí para estudiarlo».

Aunque técnicamente era la hora de dormir, ninguno de nosotros, los oyentes, pensó ni por un momento en retirarse. Debía de ocurrir algo muy parecido en el estrecho de McMurdo, donde el depósito de suministros y el Arkham también estaban recibiendo los mensajes; pues el capitán Douglas lanzó una llamada felicitando a todo el mundo por el importante hallazgo, y Sherman, el operador del depósito, secundó sus sentimientos. Sentíamos, por supuesto, lo del aeroplano dañado, pero esperábamos que pudiera arreglarse fácilmente.

Luego, a las once de la noche, llegó otra llamada de Lake:

“Arriba con Carroll sobre las estribaciones más altas. No me atrevo a intentar picos realmente altos con el clima actual, pero lo haré más tarde. Trabajo espantoso el de escalar, y difícil avanzar a esta altitud, pero vale la pena. Gran cordillera bastante maciza, por lo que no se divisa nada al otro lado. Las cumbres principales superan al Himalaya, y son muy extrañas. La cordillera parece pizarra precámbrica, con claras señales de muchos otros estratos levantados. Me equivoqué respecto al vulcanismo. Se extiende en ambas direcciones más allá de lo que alcanzamos a ver. Barrida de nieve por encima de unos veintiún mil pies.

“Formaciones extrañas en las laderas de las montañas más altas. Grandes bloques cuadrados y bajos con lados exactamente verticales, y líneas rectangulares de terraplenes bajos y verticales, como los viejos castillos asiáticos aferrados a montañas empinadas en las pinturas de Roerich. Impresionantes desde la distancia. Volé cerca de algunos, y Carroll pensó que estaban formados por piezas separadas más pequeñas, pero eso es probablemente meteorización. La mayoría de los bordes desmoronados y redondeados como si hubieran estado expuestos a tormentas y cambios climáticos durante millones de años.

“Partes, especialmente las superiores, parecen ser de roca de color más claro que cualquier estrato visible en las laderas propiamente dichas, de ahí un origen evidentemente cristalino. El vuelo cercano muestra muchas bocas de cueva, algunas de contorno inusualmente regular, cuadradas o semicirculares. Debes venir a investigar. Creo que vi un terraplén exactamente en la cima de un pico. La altura parece de unos treinta mil a treinta y cinco mil pies. Yo mismo estoy a veintiún mil quinientos, con un frío diabólico y carcomedor. El viento silba y suena a través de los pasos y dentro y fuera de las cuevas, pero no hay peligro de vuelo hasta ahora.”

Desde entonces y durante otra media hora, Lake mantuvo un fuego cruzado de comentarios y expresó su intención de escalar a pie algunos de los picos. Le respondí que me uniría a él en cuanto pudiera enviar un avión, y que Pabodie y yo elaboraríamos el mejor plan para la gasolina; exactamente dónde y cómo concentrar nuestros suministros en vista del carácter alterado de la expedición.

Evidentemente, las operaciones de perforación de Lake, así como sus actividades con los aeroplanos, requerirían el transporte de una gran cantidad de suministros a la nueva base que iba a establecer al pie de las montañas; y era posible que el vuelo hacia el este finalmente no se realizara esta temporada.

En relación con este asunto, llamé al capitán Douglas y le pedí que descargara la mayor cantidad posible de suministros de los barcos y los llevara hasta la barrera con el único equipo de perros que habíamos dejado allí. Lo que realmente debíamos establecer era una ruta directa a través de la región desconocida situada entre el campamento de Lake y el estrecho de McMurdo.

Lake me llamó más tarde para decirme que había decidido dejar el campamento donde se había visto obligado a aterrizar el avión de Moulton, y donde las reparaciones ya habían avanzado un poco. La capa de hielo era muy delgada, con terreno oscuro visible aquí y allá, y realizaría algunas perforaciones y voladuras en ese mismo punto antes de emprender cualquier viaje en trineo o expedición de escalada.

Habló de la inefable majestad de toda la escena y del extraño estado de sus sensaciones al encontrarse al amparo de vastos y silenciosos pináculos, cuyas filas se disparaban como un muro que alcanzaba el cielo en el confín del mundo.

Las observaciones de teodolito de Atwood habían situado la altura de los cinco picos más altos entre treinta mil y treinta y cuatro mil pies.

La naturaleza azotada por los vientos del terreno claramente inquietaba a Lake, pues presagiaba la existencia ocasional de vendavales prodigiosos, violentos más allá de todo lo que hasta entonces habíamos encontrado.

Su campamento quedaba a poco más de cinco millas de donde las estribaciones más altas se elevaban abruptamente.

Casi pude advertir un matis de alarma subconsciente en sus palabras —transmitidas a través de un vacío glacial de setecientas millas—, mientras me instaba a que nos apresurásemos con el asunto y nos deshiciéramos de la extraña y nueva región lo antes posible. Él se disponía a descansar ahora, tras una jornada continua de trabajo de una rapidez, intensidad y resultados casi sin parangón.

Por la mañana mantuve una conversación inalámbrica tripartita con Lake y el capitán Douglas en sus bases ampliamente separadas. Se acordó que uno de los aviones de Lake vendría a mi base por Pabodie, los cinco hombres y yo mismo, así como por todo el combustible que pudiera cargar.

El resto de la cuestión del combustible, dependiendo de nuestra decisión sobre un viaje hacia el este, podría esperar unos días, ya que Lake tenía suficiente para la calefacción inmediata del campamento y las perforaciones.

Con el tiempo, la vieja base del sur debería ser abastecida de nuevo, pero si posponíamos el viaje hacia el este no la usaríamos hasta el verano siguiente y, entretanto, Lake tendría que enviar un aeroplano para explorar una ruta directa entre sus nuevas montañas y el estrecho de McMurdo.

Pabodie y yo nos preparamos para cerrar nuestra base por un período breve o prolongado, según se diera el caso. Si pasábamos el invierno en la Antártida, probablemente volaríamos directamente desde la base de Lake hasta el Arkham sin regresar a este lugar.

Algunas de nuestras tiendas cónicas ya habían sido reforzadas con bloques de nieve dura, y ahora decidimos completar la tarea de crear un asentamiento permanente. Debido a un suministro de tiendas sumamente generoso, Lake tenía consigo todo lo que su base necesitaría, incluso tras nuestra llegada.

Transmití por radio que Pabodie y yo estaríamos listos para el traslado hacia el noroeste después de un día de trabajo y una noche de descanso.

Nuestros trabajos, sin embargo, no fueron muy constantes después de las cuatro de la tarde, pues a eso de esa hora Lake comenzó a enviar unos mensajes de lo más extraordinarios y exaltados.

Su jornada laboral había empezado de forma poco propicia, ya que una inspección aérea de las superficies de roca casi al descubierto mostró una total ausencia de aquellos estratos arcaicos y primordiales que estaba buscando, y que formaban una parte tan importante de los colosales picos que se alzaban a una distancia tentadora desde el campamento.

La mayoría de las rocas que se vislumbraban eran al parecer areniscas jurásicas y comancheanas, y esquistos pérmicos y triásicos, con algún que otro afloramiento negro y brillante que sugería un carbón duro y pizarroso.

Esto desanimó bastante a Lake, cuyos planes dependían enteramente de desenterrar especímenes más de quinientos millones de años más antiguos. Tenía claro que, para recuperar la veta de pizarra arcaica en la que había hallado las extrañas marcas, tendría que emprender un largo viaje en trineo desde estas estribaciones hasta las empinadas laderas de las gigantescas montañas.

Había decidido, sin embargo, hacer algunas perforaciones locales como parte del programa general de la expedición; por lo tanto, montó el taladro y puso a cinco hombres a trabajar con él mientras el resto terminaba de instalar el campamento y reparar el aeroplano dañado.

La roca visible más blanda —una arenisca a un cuarto de milla del campamento— había sido elegida para el primer muestreo; y el taladro avanzó de manera excelente sin necesidad de muchas voladuras suplementarias.

Unas tres horas más tarde, tras la primera detonación realmente fuerte de la operación, se oyeron los gritos de la cuadrilla de perforación; y el joven Gedney —el capataz interino— irrumpió en el campamento con la sorprendente noticia.

Habían dado con una cueva. Al principio de la perforación, la arenisca había dado paso a una veta de piedra caliza del periodo Comancheano, repleta de diminutos cefalópodos fósiles, corales, Equinos y Spirifera, con ocasionales indicios de esponjas silíceas y huesos de vertebrados marinos; estos últimos probablemente de teleósteos, tiburones y ganoideos.

Esto, en sí mismo, era lo bastante importante, por constituir los primeros fósiles de vertebrados que la expedición había conseguido hasta entonces; pero cuando poco después la broca atravesó el estrato y cayó en un aparente vacíos, una ola de emoción totalmente nueva y doblemente intensa se extendió entre los excavadores.

Una explosión de buen tamaño había dejado al descubierto el secreto subterráneo; y ahora, a través de una abertura irregular de quizá cinco pies de ancho y tres de espesor, se abría ante los ávidos buscadores una sección de concavidad caliza poco profunda, erosionada hace más de cincuenta millones de años por las filtraciones de agua subterránea de un mundo tropical pretérito.

La capa excavada no tenía más de siete u ocho pies de profundidad, pero se extendía indefinidamente en todas direcciones y poseía un aire fresco y ligeramente en movimiento que sugería su pertenencia a un extenso sistema subterráneo.

Su techo y su suelo estaban provistos en abundancia de grandes estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían en forma de columnas.

Pero importante por encima de todo era el vasto depósito de conchas y huesos que en algunos lugares casi ahogaba el pasaje. Arrastrada desde desconocidas selvas de helechos arborescentes y hongos mesozoicos, y bosques de cícadas terciarias, abanicos de palmas y angiospermas primitivas, esta mezcla ósea contenía representantes de más especies animales del Cretácico, Eoceno y otras eras de los que el mayor paleontólogo habría podido contar o clasificar en un año. Moluscos, caparazones de crustáceos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos primitivos⁠: grandes y pequeños, conocidos y desconocidos.

No es de extrañar que Gedney volviera corriendo al campamento gritando, y no es de extrañar que todos los demás dejaran el trabajo y corrieran precipitadamente a través del frío mordedor hacia donde la alta torre de perforación señalaba una recién hallada puerta a los secretos de la tierra profunda y a eones desaparecidos.

Cuando Lake hubo saciado el primer filo agudo de su curiosidad, garabateó un mensaje en su cuaderno y mandó al joven Moulton de vuelta al campamento para que lo transmitiera por radio.

Esta fue mi primera palabra del descubrimiento, y hablaba de la identificación de conchas primitivas, huesos de ganoideos y placodermos, restos de Laberintodontos y Tecoideos, grandes fragmentos de cráneo de mosasaurio, vértebras y placas de armadura de dinosaurios, dientes y huesos de alas de pterodáctilo, restos de Archaeopteryx, dientes de tiburón del Mioceno, cráneos de aves primitivas y otros huesos de mamíferos arcaicos como Paleoterios, Xifodontes, Eohipos, Oreodontes y Titanoteríidos.

No había nada tan reciente como un mastodonte, un elefante, un camello verdadero, un ciervo o un animal bovino; por lo tanto, Lake concluyó que los últimos depósitos habían tenido lugar durante la época del Oligoceno, y que el estrato hueco había permanecido en su estado actual, seco, muerto e inaccesible, durante al menos treinta millones de años.

Por otro lado, la prevalencia de formas de vida muy primitivas era singular en extremo. Aunque la formación caliza era, según la evidencia de fósiles incrustados tan típicos como los ventrícultos, indudable y categóricamente del Comancheano y ni una pizca anterior; los fragmentos libres en el espacio hueco incluían una proporción sorprendente de organismos hasta entonces considerados como exclusivos de periodos mucho más antiguos —incluso peces rudimentarios, moluscos y corales tan remotos como los del Silúrico o el Ordovícico.

La inevitable deducción era que en esta parte del mundo se había dado un grado notable y único de continuidad entre la vida de hace más de trescientos millones de años y la de hacía apenas treinta millones de años.

Hasta qué punto esta continuidad se había extendido más allá de la época del Oligoceno, cuando la caverna quedó sellada, escapaba por supuesto a toda especulación.

En cualquier caso, la llegada del espantoso hielo en el Pleistoceno, hace unos quinientos mil años —un mero ayer en comparación con la edad de esta cavidad—, debió de haber puesto fin a cualquiera de las formas primitivas que hubieran logrado sobrevivir localmente a sus eras comunes.

Lake no se conformó con dejar su primer mensaje tal cual, sino que hizo redactar otro boletín y lo envió a través de la nieve hacia el campamento antes de que Moulton pudiera regresar. Tras aquello, Moulton se quedó en la radio de uno de los aviones para transmitirme a mí —y al Arkham para su retransmisión al mundo exterior— los frecuentes posdatas que Lake le hacía llegar por medio de una sucesión de mensajeros.

Aquellos que siguieron los periódicos recordarán el revuelo que suscitaron entre los hombres de ciencia los informes de aquella tarde: informes que finalmente han conducido, después de todos estos años, a la organización de esa misma Expedición Starkweather-Moore que tanto me anhela disuadir de sus propósitos. Haré bien en dar los mensajes literalmente tal como Lake los envió, y tal como nuestro operador de la base, McTighe, los tradujo de su taquigrafía a lápiz:

Fowler hace un descubrimiento de máxima importancia en fragmentos de arenisca y piedra caliza procedentes de voladuras. Varias huellas triangulares y estriadas distintas, como las de la pizarra arqueana, que demuestran que ese origen sobrevivió desde hace más de seiscientos millones de años hasta el periodo Comancheano sin sufrir más que cambios morfológicos moderados y una disminución en el tamaño medio. Las huellas comancheanas, en todo caso, parecen más primitivas o decadentes que las más antiguas. Enfatizar la importancia del descubrimiento en la prensa. Significará para la biología lo que Einstein ha significado para las matemáticas y la física. Se relaciona con mi trabajo anterior y amplifica las conclusiones.

Parece indicar, como sospechaba, que la tierra ha presenciado un ciclo o ciclos enteros de vida orgánica antes del conocido que empieza con las células arqueozoicas. Se evolucionó y especializó no más tarde de hace mil millones de años, cuando el planeta era joven y recientemente inhabitable para cualquier forma de vida de estructura protoplasmática normal. Surge la pregunta de cuándo, dónde y cómo se produjo el desarrollo.

Más tarde. Al examinar ciertos fragmentos esqueléticos de grandes saurios terrestres y marinos y de mamíferos primitivos, encuentro singulares heridas o lesiones locales en la estructura ósea que no se pueden atribuir a ningún animal predador o carnívoro conocido de ninguna época. De dos tipos: perforaciones rectas y penetrantes, y aparentemente incisiones cortantes. Uno o dos casos de huesos seccionados limpiamente. No hay muchos especímenes afectados. Mando al campamento en busca de linternas eléctricas. Ampliaré la zona de búsqueda bajo tierra cortando estalactitas a golpes.

Aún más tarde. He encontrado un peculiar fragmento de piedra jabón de unas seis pulgadas de ancho y pulgada y media de grosor, totalmente diferente de cualquier formación local visible: verdosa, pero sin indicios que sitúen su época. Posee una curiosa suavidad y regularidad. Con forma de estrella de cinco puntas con las puntas rotas y signos de otra escisión en los ángulos internos y en el centro de la superficie. Pequeña depresión lisa en el centro de la superficie intacta. Despierta mucha curiosidad en cuanto a su origen y desgaste. Probablemente algún capricho de la acción del agua. Carroll, con la lupa, cree distinguir marcas adicionales de importancia geológica. Grupos de diminutos puntos en patrones regulares. Los perros se ponen inquietos mientras trabajamos y parecen aborrecer esta piedra jabón. Debo comprobar si tiene algún olor peculiar. Informaré de nuevo cuando Mills regrese con la luz y empecemos con la zona subterránea.

10:15 p. m. Importante descubrimiento. Orrendorf y Watkins, trabajando bajo tierra a las 9:45 con luz, hallaron un monstruoso fósil en forma de barril de naturaleza totalmente desconocida; probablemente vegetal, a menos que sea un espécimen sobredimensionado de Radiata marina desconocida. Tejido evidentemente conservado por sales minerales. Tan duro como el cuero, pero con una flexibilidad asombrosa conservada en algunos lugares. Marcas de partes rotas en los extremos y alrededor de los costados. Seis pies de un extremo a otro, tres pies y medio de diámetro central, estrechándose hasta un pie en cada extremo. Como un barril con cinco crestas abultadas en lugar de duelas. Las roturas laterales, como de tallos delgados, están en el ecuador, en medio de estas crestas. En los surcos entre las crestas hay crecimientos curiosos: peines o alas que se pliegan y despliegan como abanicos. Todo muy dañado excepto uno, que da una envergadura de casi siete pies. La disposición recuerda a ciertos monstruos del mito primigenio, especialmente a los fabulosos Antiguos del Necronomicón.

Estas alas parecen ser membranosas, estiradas sobre un armazón de tubos glandulares. Aparentes orificios diminutos en el armazón tubular en las puntas de las alas. Extremos del cuerpo marchitos, sin dar pistas sobre el interior o sobre lo que se ha roto allí. Hay que diseccionar cuando volvamos al campamento. No me decido entre vegetal o animal. Muchos rasgos son obviamente de una primitividad casi increíble. He puesto a toda la tripulación a cortar estalactitas y a buscar más especímenes. Se han encontrado más huesos con marcas, pero tendrán que esperar. Tengo problemas con los perros. No soportan el nuevo espécimen y probablemente lo harían pedazos si no lo mantuviéramos alejado de ellos.

11:30 p. m. Atención, Dyer, Pabodie, Douglas. Asunto de la más alta —podría decir trascendente— importancia. Arkham debe retransmitir a la Estación Principal de Kingsport de inmediato. El extraño crecimiento en forma de barril es la cosa arqueana que dejó huellas en las rocas. Mills, Boudreau y Fowler descubren un racimo de trece más en un punto subterráneo a cuarenta pies de la abertura. Mezclados con fragmentos de piedra jabón curiosamente redondeados y configurados, más pequeños que el encontrado anteriormente: en forma de estrella, pero sin marcas de rotura excepto en algunas de las puntas.

De los especímenes orgánicos, ocho aparentemente perfectos, con todos sus apéndices. Los hemos llevado todos a la superficie, alejando a los perros a cierta distancia. No pueden soportar las cosas. Presten mucha atención a la descripción y repítanla para comprobar su exactitud. Los periódicos tienen que publicar esto bien.

Los objetos miden ocho pies de longitud total. Torso de barril de seis pies, con cinco crestas, tres pies y medio de diámetro central y un pie de diámetro en los extremos. Gris oscuro, flexible e infinitamente duro. Alas membranosas de siete pies del mismo color, encontradas plegadas, se despliegan desde los surcos entre las crestas. Armazón de las alas tubular o glandular, de un gris más claro, con orificios en las puntas de las alas. Las alas desplegadas tienen el borde dentado. Alrededor del ecuador, uno en el vértice central de cada una de las cinco crestas verticales en forma de duela, hay cinco sistemas de brazos o tentáculos flexibles de color gris claro que se encontraron estrechamente plegados al torso, pero expandibles hasta una longitud máxima de más de tres pies. Semejantes a los brazos de un crinoide primitivo. Tallos individuales de tres pulgadas de diámetro se ramifican después de seis pulgadas en cinco subtallos, cada uno de los cuales se ramifica después de ocho pulgadas en cinco tentáculos o zarcillos pequeños y cónicos, lo que da a cada tallo un total de veinticinco tentáculos.

En la parte superior del torso, un cuello chato y bulboso de color gris más claro, con indicios similares a branquias, sostiene una aparente cabeza amarillenta con forma de estrella de mar de cinco puntas, cubierta de cilios fibrosos de tres pulgadas de varios colores prismáticos.

Cabeza gruesa y abotargada, de unos dos pies de punta a punta, con tubos flexibles amarillentos de tres pulgadas que sobresalen de cada punta. Una hendidura en el centro exacto de la parte superior, probablemente un orificio respiratorio. Al final de cada tubo hay una expansión esférica donde la membrana amarillenta seenrolla al manipularla para revelar un globo vítreo de iris rojo, evidentemente un ojo.

Cinco tubos rojizos ligeramente más largos parten de los ángulos internos de la cabeza en forma de estrella de mar y terminan en inflamaciones similares a sacos del mismo color que, al presionarlas, se abren en orificios en forma de campana de dos pulgadas de diámetro máximo y revestidos con afiladas proyecciones blancas en forma de dientes: probables bocas. Todos estos tubos, cilios y puntas de la cabeza estelar se encontraron fuertemente plegados hacia abajo; los tubos y las puntas aferrados al cuello bulboso y al torso. Flexibilidad sorprendente a pesar de su gran dureza.

En la parte inferior del torso existen contrapartidas de los arreglos de la cabeza, ásperas pero con un funcionamiento diferente. Un seudocuello bulboso de color gris claro, sin indicios de branquias, sostiene una disposición verdosa en forma de estrella de mar de cinco puntas.

Brazos resistentes y musculosos de cuatro pies de largo y cónicos, desde un diámetro de siete pulgadas en la base hasta unos dos y medio en la punta. A cada punta se le adjunta el extremo pequeño de un triángulo membranoso verdoso de cinco venas, de ocho pulgadas de largo y seis de ancho en el extremo más alejado. Esta es la paleta, aleta o seudopie que había dejado huellas en las rocas de entre mil millones y cincuenta o sesenta millones de años de antigüedad.

De los ángulos internos de la disposición en forma de estrella de mar sobresalen tubos rojizos de dos pies que se estrechan desde un diámetro de tres pulgadas en la base hasta uno en la punta. Orificios en las puntas. Todas estas partes son infinitamente duras y coriáceas, pero extremadamente flexibles. Los brazos de cuatro pies con paletas se utilizaban indudablemente para la locomoción de algún tipo, marina o de otro tipo. Al moverse, muestran indicios de una muscularidad exagerada. Tal como se encontraron, todas estas proyecciones están fuertemente plegadas sobre el seudocuello y el extremo del torso, correspondiendo a las proyecciones del otro extremo.

Aún no se puede clasificar positivamente en el reino animal o vegetal, pero las probabilidades favorecen ahora al animal. Probablemente representa una evolución increíblemente avanzada de los Radiata sin pérdida de ciertos rasgos primitivos. Los parecidos con los equinodermos son inconfundibles a pesar de las pruebas locales contradictorias.

La estructura de las alas desconcierta en vista del probable hábitat marino, pero puede tener utilidad para la navegación acuática. La simetría es curiosamente vegetal, sugiriendo la estructura esencial de arriba a abajo propia de los vegetales en lugar de la estructura de adelante hacia atrás propia de los animales. La fecha fabulosamente temprana de evolución, que precede incluso a los protozoos arqueanos más simples conocidos hasta ahora, desconcierta cualquier conjetura sobre su origen.

Los especímenes completos tienen un parecido tan inquietante con ciertas criaturas del mito primigenio que la sugerencia de una existencia antigua fuera de la Antártida se vuelve inevitable. Dyer y Pabodie han leído el Necronomicón y han visto las pinturas de pesadilla de Clark Ashton Smith basadas en el texto, y comprenderán cuando hablo de los Antiguos que se supone crearon toda la vida terrestre como una broma o un error. Los estudiantes siempre han pensado que la concepción se formó a partir de un tratamiento imaginativo y mórbido de Radiata tropicales muy antiguas. También se parecen a las cosas del folclore prehistórico de las que ha hablado Wilmarth: apéndices del culto a Cthulhu, etc.

Se abre un vasto campo de estudio. Los depósitos son probablemente del Cretácico tardío o del Eoceno temprano, a juzgar por los especímenes asociados. Estalagmitas masivas depositadas sobre ellos. Trabajo duro para cincelarlas, pero la dureza evitó daños. Estado de conservación milagroso, debido evidentemente a la acción de la piedra caliza. No se han encontrado más hasta ahora, pero reanudaremos la búsqueda más tarde. La tarea ahora es llevar los catorce enormes especímenes al campamento sin los perros, que ladran furiosos y en los que no se puede confiar cerca de ellos.

Con nueve hombres —tres se quedaron a vigilar a los perros— deberíamos apañarnos bastante bien con los tres trineos, aunque el viento es malo. Debemos establecer comunicación por avión con McMurdo Sound y empezar a enviar material. Pero tengo que diseccionar una de estas cosas antes de descansar. Ojalá tuviera un laboratorio de verdad aquí. Más le vale a Dyer darse puntapiés por haber intentado detener mi viaje hacia el oeste. Primero las montañas más grandes del mundo y luego esto. Si esto último no es el punto culminante de la expedición, no sé qué lo es. Estamos consagrados científicamente. Felicidades, Pabodie, por la barrena que abrió la cueva. ¿Podrá Arkham repetir la descripción ahora?

Las sensaciones de Pabodie y mías al recibir este informe fueron casi indescriptibles, y nuestros compañeros no nos fueron a la zaga en cuanto a entusiasmo.

McTighe, que había traducido apresuradamente algunos pasajes destacados a medida que salían del monótono aparato receptor, pasó a limpio todo el mensaje a partir de su versión taquigráfica tan pronto como el operador de Lake se despidió.

Todos apreciaron la importancia trascendental del descubrimiento, y le envié felicitaciones a Lake tan pronto como el operador del Arkham hubo repetido las partes descriptivas según lo solicitado; y mi ejemplo fue seguido por Sherman desde su estación en el depósito de suministros del estrecho de McMurdo, así como por el capitán Douglas del Arkham .

Más tarde, como jefe de la expedición, añadí algunos comentarios para que fueran transmitidos a través del Arkham al mundo exterior. Por supuesto, el descanso era un pensamiento absurdo en medio de tanta emoción; y mi único deseo era llegar al campamento de Lake lo más rápido posible. Me decepcionó que enviara un recado diciendo que un vendaval de montaña en aumento imposibilitaba los vuelos tempranos.

Pero en menos de una hora y media el interés volvió a resurgir para desterrar la decepción. Lake, enviando más mensajes, informó sobre el transporte totalmente exitoso de los catorce grandes especímenes hasta el campamento.

Había sido una tarea ardua, pues los objetos eran sorprendentemente pesados; pero nueve hombres lo habían logrado con gran pulcritud.

Ahora algunos miembros del grupo construían apresuradamente un corral de nieve a una distancia segura del campamento, al cual se podrían llevar los perros para mayor comodidad en su alimentación. Los especímenes fueron dispuestos sobre la nieve dura cerca del campamento, a excepción de uno en el cual Lake estaba realizando intentos rudimentarios de disección.

Esta disección parecía ser una tarea mayor de lo que se había esperado pues, a pesar del calor de una estufa de gasolina en la tienda de campaña del laboratorio recientemente levantada, los tejidos engañosamente flexibles del espécimen elegido —uno poderoso e intacto— no perdieron nada de su dureza más que reseca. Lake estaba desconcertado sobre cómo podría hacer las incisiones necesarias sin una violencia lo suficientemente destructiva como para alterar todas las sutilezas estructurales que buscaba.

Tenía, es verdad, otros siete ejemplares más perfectos; pero estos eran muy pocos para gastarlos imprudentemente a menos que la cueva rindiera más tarde un suministro ilimitado.

En consecuencia, retiró el espécimen y arrastró dentro uno que, aunque conservaba restos de las disposiciones de estrella de mar en ambos extremos, estaba muy aplastado y parcialmente deshecho a lo largo de uno de los grandes surcos del torso.

Los resultados, transmitidos rápidamente por radio, resultaron en verdad desconcertantes y provocadores. No era posible ninguna delicadeza o precisión con instrumentos apenas capaces de cortar el tejido anómalo, pero lo poco que se logró nos dejó a todos atónitos y perplejos.

La biología existente tendría que ser totalmente revisada, pues esta cosa no era producto de ninguna ciencia del crecimiento celular conocida.

Apenas había habido reemplazo mineral y, a pesar de una antigüedad de quizá cuarenta millones de años, los órganos internos estaban completamente intactos.

La cualidad coriácea, inalterable y casi indestructible era un atributo inherente a la forma de organización de la cosa, y pertenecía a algún ciclo paleoceno de evolución invertebrada totalmente más allá de nuestras facultades de especulación.

Al principio todo lo que Lake halló estuvo seco, pero a medida que la tienda calentada produjo su efecto descongelante, se encontró humedad orgánica de olor acre y ofensivo hacia el lado intacto de la cosa.

No era sangre, sino un fluido espeso de color verde oscuro que al parecer cumplía la misma función.

Para cuando Lake llegó a esta etapa, los treinta y siete perros habían sido llevados al corral aún inconcluso cerca del campamento y, aun a esa distancia, comenzaron a ladrar salvajemente y a mostrar inquietud ante el olor acre y penetrante.

Lejos de ayudar a ubicar a la extraña entidad, esta disección provisional no hizo más que profundizar su misterio.

Todas las conjeturas sobre sus miembros externos habían sido correctas, y a juzgar por estos uno difícilmente dudaría en calificar a la cosa de animal, pero la inspección interna sacó a la luz tantos indicios vegetales que Lake quedó completamente desorientado.

Poseía digestión y circulación, y eliminaba los desechos a través de los tubos rojizos de su base en forma de estrella de mar.

A primera vista, se diría que su aparato respiratorio procesaba oxígeno en lugar de dióxido de carbono; y había extraños indicios de cámaras de almacenamiento de aire y métodos para trasladar la respiración desde el orificio externo a por lo menos otros dos sistemas respiratorios completamente desarrollados: branquias y poros.

Clearly, it was amphibian and probably adapted to long airless hibernation periods as well.

Vocal organs seemed present in connection with the main respiratory system, but they presented anomalies beyond immediate solution.

  • Articulate speech, in the sense of syllable utterance, seemed barely conceivable, but musical piping notes covering a wide range were highly probable.

The muscular system was almost pre-naturally developed.

El sistema nervioso era tan complejo y de un desarrollo tan elevado que dejó a Lake consternado. Aunque excesivamente primitivo y arcaico en ciertos aspectos, el bicho poseía un conjunto de centros ganglionares y conectivos que denotaban los extremos mismos de un desarrollo especializado.

Su cerebro de cinco lóbulos era sorprendentemente avanzado, y había indicios de un equipo sensorial, provisto en parte por los cilios filamentosos de la cabeza, que involucraba factores ajenos a cualquier otro organismo terrestre. Probablemente tenía más de cinco sentidos, de modo que sus hábitos no podían predecirse a partir de ninguna analogía existente.

Debió de ser, pensó Lake, una criatura de aguda sensibilidad y funciones delicadamente diferenciadas en su mundo primigenio, muy parecida a las hormigas y abejas de hoy en día. Se reproducía como las criptógamas vegetales, especialmente las Pteridophyta; poseía estuches de esporas en las puntas de las alas y evidentemente se desarrollaba a partir de un talo o prótalo.

Pero darle un nombre en esta etapa era una mera insensatez.

Parecía un radiado, pero era claramente algo más. Era en parte vegetal, pero poseía las tres cuartas partes de los elementos esenciales de una estructura animal.

Que era de origen marino lo indicaban claramente su contorno simétrico y ciertos otros atributos; sin embargo, uno no podía ser exacto en cuanto al límite de sus adaptaciones posteriores.

Las alas, después de todo, conservaban una persistente sugerencia de lo aéreo.

Cómo había podido sufrir su enormemente compleja evolución en una tierra recién nacida a tiempo para dejar impresiones en rocas arqueanas superaba tanto la imaginación que hacía que Lake recordara caprichosamente los mitos primigenios sobre los Grandes Antiguos que se filtraron desde las estrellas y concibieron la vida terrestre como una broma o un error; y los relatos desaforados sobre seres cósmicos de las colinas venidos de fuera contados por un colega folklorista del departamento de inglés de Miskatonic.

Naturalmente, consideró la posibilidad de que las huellas precámbricas hubieran sido hechas por un antepasado menos evolucionado de los especímenes actuales, pero rechazó rápidamente esta teoría demasiado fácil al considerar las avanzadas cualidades estructurales de los fósiles más antiguos. Si acaso, los contornos posteriores mostraban decadencia más que una evolución superior.

El tamaño de los seudopies había disminuido, y toda la morfología parecía embrutecida y simplificada. Además, los nervios y órganos recién examinados albergaban singulares indicios de regresión a partir de formas aún más complejas. Las partes atrofiadas y vestigiales predominaban de manera sorprendente. En conjunto, poco podía decirse que se hubiera resuelto; y Lake recurrió a la mitología en busca de un nombre provisional, bautizando jocosamente a sus hallazgos como «Los Antiguos».

A eso de las dos y media de la madrugada, tras haber decidido posponer el trabajo y descansar un poco, cubrió el organismo disecado con una lona, salió de la tienda-laboratorio y examinó los especímenes intactos con renovado interés.

El incesante sol antártico había empezado a ablandar un poco sus tejidos, de modo que las puntas de las cabezas y los tubos de dos o tres mostraban indicios de desplegarse; pero Lake no creía que hubiera peligro de descomposición inmediata en aquel aire casi bajo cero.

No obstante, apartó todos los especímenes sin diseccionar para acercarlos entre sí y los cubrió con una tienda de campaña sobrante a fin de protegerlos de los rayos directos del sol.

Eso también ayudaría a ocultar su posible olor a los perros, cuya inquieta hostilidad empezaba a ser un verdadero problema, incluso a la considerable distancia a la que estaban y tras los cada vez más altos muros de nieve que un número mayor de hombres se apresuraba a levantar alrededor de sus alojamientos.

Tuvo que poner pesados bloques de nieve en las esquinas de la lona de la tienda para mantenerla en su sitio en medio del creciente vendaval, pues las montañas titánicas parecían a punto de desatar ráfagas sumamente severas.

Renacieron los temores iniciales sobre los repentinos vientos antárticos y, bajo la supervisión de Atwood, se tomaron precauciones para proteger con bloques de nieve las tiendas, el nuevo corral para perros y los rudimentarios hangares para aeroplanos en el lado que daba a la montaña.

Estos últimos refugios, comenzados con bloques de nieve dura en ratos libres, no eran ni mucho menos tan altos como debían; y Lake acabó apartando a todos los hombres de sus otras tareas para que trabajasen en ellos.

Eran más de las cuatro cuando Lake por fin se dispuso a terminar la comunicación y nos aconsejó a todos que aprovecháramos el período de descanso que su grupo tomaría cuando las paredes del refugio estuvieran un poco más altas. Mantuvo una charla amistosa con Pabodie por radio y reiteró sus elogios a las perforadoras realmente maravillosas que lo habían ayudado a hacer su descubrimiento. Atwood también envió saludos y elogios.

Le di a Lake una cálida palabra de felicitación, reconociendo que tenía razón respecto al viaje por el oeste, y todos acordamos comunicarnos por radio a las diez de la mañana. Si para entonces la tormenta había cesado, Lake enviaría un avión por el grupo de mi base. Justo antes de retirarme, envié un último mensaje al Arkham, con instrucciones sobre cómo suavizar las noticias del día para el mundo exterior, ya que los detalles completos parecían lo suficientemente radicales como para suscitar una ola de incredulidad hasta que fueran corroborados.

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