Es un hecho lamentable que los hombres relativamente desconocidos como yo y mis colegas, vinculados únicamente a una pequeña universidad, tengamos pocas posibilidades de causar impresión cuando se trata de asuntos de naturaleza sumamente estrafalaria o altamente controversial.
Juega también en nuestra contra el hecho de que no somos, en el sentido más estricto, especialistas en los campos de los que principalmente hubo de ocuparse la expedición.
Como geólogo, mi objetivo al dirigir la Expedición de la Universidad Miskatonic era exclusivamente el de obtener muestras de roca y suelo de gran profundidad en varias zonas del continente antártico, con la ayuda de la notable barrena diseñada por el profesor Frank H. Pabodie, de nuestro departamento de ingeniería.
No tenía ningún deseo de ser un pionero en ningún otro campo que no fuera este, pero sí esperaba que el uso de este nuevo aparato mecánico en diferentes puntos a lo largo de rutas previamente exploradas sacara a la luz materiales de una clase hasta entonces inalcanzables por los métodos ordinarios de recolección.
El aparato perforador de Pabodie, como el público ya sabe por nuestros informes, era único y radical por su ligereza, portabilidad y capacidad de combinar el principio de la perforación artesiana ordinaria con el de la pequeña barrena de roca circular de tal manera que pudiera lidiar rápidamente con estratos de dureza variable.
Cabeza de acero, varillas articuladas, motor de gasolina, cabria de madera plegable, parafernalia de dinamita, cordaje, barrena para remover escombros y tubería seccional para perforaciones de cinco pulgadas de ancho y hasta de mil pies de profundidad formaban, junto con los accesorios necesarios, una carga que no superaba la que tres trineos de siete perros podían transportar.